viernes, 22 de marzo de 2019

POR FIN UN NUEVO PROFETA

 

Conocer la vida del Señor nos ayuda a conocer la nuestra, pues muchas cosas de la vida de Jesús se repiten. En nuestra existencia terrena –como en la del Señor– las cosas no ocurren por que sí, están pensadas por la Providencia. 

Nuestro paso por la tierra depende en gran medida de la historia que hace siglos ocurrió en Palestina. Si meditáramos los misterios del Señor, encontraríamos luz para nuestra vida corriente.

Un día, los habitantes de Nazaret vieron como Jesús abandonó el pueblo, y se dirigía hacia Judea. Luego se supo que fue en busca de Juan el Bautista. Iba a empezar una nueva etapa en su vida. 

También nos sucederá a nosotros que, después de largos años trabajando donde ya estábamos hechos a esa tarea, el Señor quiere que pasemos página. Lo anterior formará parte de nuestro pasado.

María recordaba que el primer viaje del Señor en esta tierra fue también en busca de Juan. En aquel entonces la Virgen, embarazada, llevaba a Jesús en su interior, y el Bautista, que tampoco había nacido, saltó de gozo dentro de Isabel, su madre, al notar la presencia del Señor en el vientre de María.

Pero había pasado el tiempo, y Juan ya era famoso. La gente se decía que por fin Dios había enviado un nuevo profeta. 

En ese momento, con la predicación del Bautista, se hacen realidad las antiguas esperanzas: se anuncia algo grande. Ahora con Juan, muchedumbres iban a ser bautizadas por él, que predicaba la conversión mediante ese signo, el lavado. 

Había que reconocer los propios pecados, y llevar en adelante una nueva vida. El bautismo de Juan simboliza la limpieza de la suciedad de la vida pasada y, de esta forma, prepararse para la llegada del Enviado de Dios. El bautismo era un reconocimiento de los propios pecados, y el propósito de poner fin a la vida anterior. 

La Virgen sabía perfectamente que su Hijo no necesitaba de penitencia, y sin embargo Él fue también a ser bautizado por Juan. Pero el Bautista se negaba a hacerlo, porque sabía que en Jesús no había pecado. 

Después, María conoció las palabras del Señor cuando Juan se resistía a bautizarle: Cumplamos toda justicia (Mt 3, 15), dijo Jesús. 

viernes, 15 de marzo de 2019

JESÚS ES EL CRISTO


Durante mi estancia en la universidad, me contaron que un profesor pidió voluntarios para hacer trabajos sobre diversos temas. Y como era un “anticristiano combativo”, al enunciar en su clase el título de “la Moral Católica”, se produjo entre sus alumnos un silencio que se cortaba. Pero un chico se levantó y dio su nombre para hacerlo.

Y el día señalado para la exposición oral del trabajo, había cierta
expectación, y todos esperaban que ese alumno “criticase a la Iglesia” para congraciarse con el profesor.

La sorpresa fue grandísima cuando el estudiante hizo una exposición muy clara del catolicismo, sin que faltasen las res-puestas, a lo que el profesor había ido diciendo en sesiones anteriores. Y al terminar, ese alumno dijo: –No he hecho nada más que documentarme, porque, yo personalmente, soy judío.

La clase finalizó sin más comentarios. Pero por lo visto el profesor se permitía, de vez en cuando, ridiculizar, como de pasada, algunos puntos del cristianismo.

Y en una de esas ocasiones, este chico –que era uno de sus mejores alumnos– le interrumpió: –Oiga, yo vengo aquí para aprender historia, no para sufrir su falta de respeto a las creencias de algunos.

Según él mismo contaba, sus inquietudes espirituales fueron en aumento... Casi todas las preguntas que se hacía tenían el mismo objeto: la divinidad de Jesús.

Por lo visto, aunque sus padres eran judíos no practicantes, él –cuando tenía catorce años– había sentido un gran deseo de buscar a Dios. Y empezó a recibir clases de un rabino, ya anciano, que le tenía mucho cariño.

Pero este chico buscaba más, y no encontraba respuesta. Se preguntaba: – ¿y las promesas de Dios a Israel?, ¿Y el Mesías?

Aquel rabino anciano le dio entonces un consejo sorprendente, que no se le olvidaría. Le dijo: –Busca a Cristo. Yo ya soy viejo; si tuviera tu edad buscaría al Jesús de los cristianos.

Y pasado algún tiempo fue a charlar con el sacerdote católico que él conocía, y tuvo un buen rato de conversación. Después, buscó a uno de sus más íntimos amigos y le comunicó: –He decidido bautizarme: tengo la fe, creo que Jesús es Dios.

Lo que le sucedió a este chico puede que, de otra forma, nos suceda también a nosotros. Pues la Palabra de Dios se ha hecho Hombre para todos, y es lógico que quiera una respuesta de nuestra parte, si estamos en disposición de escucharle.

Estando en Cesarea de Filipo, Jesús hizo una especie de encuesta entre los apóstoles, para ver lo que la gente pensaba sobre Él (cfr. Mt 16, 13-16).

Quizá, si la realizáramos entre nuestros amigos, seguro que muchos dirían que fue un personaje excepcional, un adelantado a su tiempo, un pacifista o cosas por el estilo.

Incluso, algunos acabarían por confesarnos que “creen en Jesucristo, pero en la Iglesia no”. Lo que vendría a significar que piensan que Jesús dijo e hizo cosas admirables, pero que “no sigue vivo” entre los cristianos, o sea, que no es Dios.

Después de responder a Jesús sobre lo que pensaban los demás. El Señor les preguntó a ellos:
–Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Respondió Simón Pedro:
–Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. (Mt 16, 15-16).

sábado, 9 de marzo de 2019

EL NÚCLEO DE TODA TENTACIÓN



Es muy humano ser tentado. Nuestro paso por esta tierra tiene mucho de tiempo de prueba. Todos los hombres han pasado por esta experiencia, así que no tiene nada de extraño que el mismo Jesús sufriese tentaciones, porque es un hombre auténtico, semejante a nosotros, incluso más humano. Además el comportamiento de Jesús frente a las tentaciones nos enseña cómo debemos superarlas.

El pecado consiste en la transgresión del orden querido por el Autor de la naturaleza, el causante de todo el daño realizado en el mundo. Y las tentaciones que acechan al hombre son las causantes de que haya caído en ese estado.

En el Evangelio aparece con toda claridad el núcleo de toda tentación: apartar a Dios de nuestra vida, ponerlo en un plano inferior; pasa a ser algo secundario, o incluso superfluo y molesto, en comparación con todo lo que parece más urgente.

La tentación consiste en querer poner orden en nuestro mundo por nosotros mismos, sin Dios, contando únicamente con nuestras capacidades, reconocer como verdaderas sólo las realidades humanas y materiales, y dejar a Dios de lado, como si Él solo existiese en un mundo ideal.

sábado, 16 de febrero de 2019

A VER SI NOS TOCA LA LOTERÍA


De forma desconcertante Jesús dice que los pobres son afortunados (cfr. evangelio de la Misa: Lc 6, 17.20-26). ¿Pero entonces para que jugamos a la lotería, para que está el cuponazo?

En el año del 150º aniversario de la marcha al cielo del Santo Cura de Ars, el Papa dijo de él que «a pesar de manejar mucho dinero», porque mucha gente se lo daba para sus obras de caridad, «era rico para dar a los otros y era pobre para sí mismo».

Jesús en su predicación da la vuelta a lo que la gente piensa habitualmente, y lo que parece malo pasa a ser bueno. Se invierten los criterios del mundo cuando se ven las cosas como las ve Dios.

Poner la confianza en Dios es lo que nos recomienda el salmo (39, 5a) y  es lo que nos hace felices, porque el hombre por muy santo que sea se puede equivocar. Por eso nos dice el profeta que maldito el que confía en el hombre (Primera Lectura: Jeremías 17, 5-8)

La Virgen era pobre: todo lo que había recibido lo entregó Dios. Decidió darse en  cuerpo y alma a Dios, convencida de que nadie la llamaría madre. Pero ha sido la mujer en la historia de la humanidad que más la han llamado así: madre. Es un consuelo saber que los santos se equivocan: porque a Dios no le podemos ganar en generosidad. Felices los que se entregan a Dios, porque el Señor los hará ricos.

El Señor siempre hace lo mismo: cuando quiere hacernos un regalo importante, primero nos pide lo poco que tenemos, la calderilla. Nos sirve pensar que María no era pobre porque no tuviera, sino porque lo poco que tuvo, todo, lo entregó. Por eso fue dichosa.

Se ha dicho que «un santo es un avaricioso que va llenándose de Dios, a fuerza de vaciarse de sí».

No es absurdo pensar eso porque Jesús no es un difunto, sino que vive, resucitó para confirmar con hechos su palabra: (Segunda Lectura: Corintios 15, 12. 16-20)

«Un santo es un pobre que hace su fortuna desvalijando las arcas de Dios». Con Él siempre nos toca la lotería.

domingo, 10 de febrero de 2019

LA LLAMADA QUE NOS HACE DIOS


El Señor nos ha llamado a cada uno en unas circunstancias propias, distintas a las de los demás. En algunos casos subiendo a la montaña, y en otros bajando a la playa... Como a los apóstoles que estaban en una barca y lo dejaron todo para seguirle (cfr. Evangelio de Primera de la Misa: Lucas 5, 1-11).

Somos los que trabajamos cerca de Él. Los de su séquito. Caminamos juntos desde hace más o menos años: nos ha hecho compañeros para enviarnos a ayudar a otras personas (cfr. Primera lectura de la Misa: Isaías 6, 1-2a. 3-8). 

Y, como los Doce, nosotros nos sentimos privilegiados por estar tan cerca del Señor.

Había tantos a nuestro alrededor más apropiados para recibir la llamada del Señor... Con más condiciones humanas de inteligencia, de virtudes, de simpatía...

Y, sin embargo nos ha elegido a ti y a mí... por la razón más sobrenatural: porque le dio la gana.

Hace unos años decía Juan Pablo II: Todos sabemos cuán necesarias son las vocaciones. Y sabemos también que la disminución de las vocaciones es a menudo consecuencia de la reducción de la fe y del fervor espiritual.

Es una realidad que escasean la vocaciones de entrega total a Dios en el mundo que llamamos civilizado.

Parece un círculo vicioso: cuanta menos fe y amor a Dios, menos vocaciones de entrega. Y cuantas menos vocaciones, menos fe y amor.

Pero lo podemos convertir en un círculo virtuoso: si tenemos cada uno de nosotros fe y amor, habrá más vocaciones que “producirán” más fe y amor... y así sucesivamente.

domingo, 3 de febrero de 2019

JESÚS NO ES PROFETA EN SU ALDEA





Sus paisanos le conocían

La gente que había convivido con Jesús en su pueblo no tenía duda. Por eso, aquellos que le conocían bien, porque eran sus vecinos, le rechazaron cuando el Señor les dijo que venía del cielo, del Padre, de allá arriba (Jn 8,23).

Sería la misma impresión que nos haría en la actualidad, si una persona que realiza los trabajos de  conservación de las instalaciones de un hotel o de un colegio, de buenas a primeras se creyese con más autoridad que el Papa. Y saliese en televisión pontificando sobre asuntos de teología.

Es lógico que dijéramos: Pero si este es Paco, ¿qué hace ahí hablando de esas cosas?... Todavía la impresión sería más fuerte si notásemos que ese hombre al que vemos diariamente –sin estar loco– se cree Dios.

Por eso no es de extrañar que se preguntaran, como dice el evangelio de la Misa de hoy: ¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo (Jn 6,42).

En la sinagoga de Nazaret, Jesús no predica  como lo hacía todo el mundo, sino que dice, como acabamos de oír, que lo que allí está escrito se está refiriendo a Él (cf. Lc 4,21).

Entonces se ponen tan furiosos que intentan despeñarlo por un barranco, como hemos leído hace un momento  (cf. Lc 4,29).

Sus paisanos no le conocían

Los de su pueblo sabían que Jesús era uno como ellos, pero curiosamente alardeaba de ser algo grande.

La gente de Nazaret no salía de su asombro, decían algo así como: ¿Pero este quien se ha creído que es? Está convencido de que es el gran Profeta esperado.

El desconcierto sería mayor porque sabían perfectamente que la aldea de Jesús no había recibido ninguna promesa de parte de Dios, como era el caso de Belén.

Se sabe que un pescador llamado Felipe le dijo a un colega suyo, de nombre Natanael: Hemos encontrado a Aquel de de quien escribieron Moisés en la Ley y los profetas: Jesús, hijo de José, de Nazaret. La respuesta de Natanael es bien conocida: ¿De Nazaret puede salir algo bueno?(Jn 1,45s).

Y los fariseos, que no veían con buenos ojos a Jesús decían: Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ése [Jesús] no sabemos de dónde viene (Jn 9,29).

Buscar a Jesús

Hay personas que pueden haber oído hablar de Jesús durante años y no conocerlo realmente (cf. Mc 6,2).

Cuentan que hace unos años un rabino anciano le dio un consejo sorprendente un chico joven. Le dijo el rabino: «Busca a Cristo. Yo ya soy viejo; si tuviera tu edad buscaría al Jesús de los cristianos».

Lo que le sucedió a este chico también nos sucede a todos, pues la Palabra de Dios se ha hecho Hombre y quiere una respuesta de nuestra parte.

En esta historia podemos actuar como los de Nazaret que pesaban conocer a Jesús perfectamente, como los apóstoles que le seguían pero con muy poca fe.

O podemos actuar  como María, su Madre...

sábado, 26 de enero de 2019

¿QUÍEN ES JESÚS DE NAZARET?


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Un conocido desconocido

Al oír a Jesús sus paisanos se asustan... Y entre sus oyentes el miedo se transformará en oposición (Mc 6,3), tanto es así que intentan despeñarlo por un barranco (cf. Lc 4,29).

Los de su pueblo sabían que Jesús era uno como ellos, pero curiosamente alardeaba de ser algo grande.

La gente de Nazaret no salía de su asombro, decían algo así como: ¿Pero este quien se ha creído que es? Está convencido de que es el gran Profeta esperado.

La encuesta

Lo cierto es que en aquella época Jesús era conocido y a la vez desconocido. Igual que hoy. Hay personas que pueden haber oído hablar de Jesús durante años y no conocerlo realmente (cf. Mc 6,2).

En la actualidad podríamos hacer la misma encuesta que hizo Jesús hizo a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que soy yo?... Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? (Mc 8,27ss).

Es el Mesías, el Ungido, Dios mismo

En la sinagoga de Nazaret, Jesús no predica  como lo hacía todo el mundo, sino que dice, nada menos que lo que acaba de leer –no existe la casualidad– está  escrito refiriendo a Él (cf. Lc 4,21).

¿Quién es Jesús? Lo que pretenden los cuatro Evangelios es contestar esta pregunta.

Pero los Evangelios fueron escritos hace muchos siglos. No es fácil captar su significado leyéndolos simplemente. ¿Cómo podemos entenderlos si nadie nos los explica?

martes, 15 de enero de 2019

2019, TIEMPO ORDINARIO, Ciclo C

LA BODA



La boda de Dios 
En Cana (Evangelio de la Misa: cfr. Jn 2,1-11), una boda se convierte en una imagen: la boda de Dios con su pueblo (primera lectura de la Misa:cfr. Is 62,1-5).

 Jesús en alguna ocasión se presenta como el «novio» (cf. Mc 2, 18s). Dios y el hombre celebran unas bodas, se hacen uno: eso significa el matrimonio.

Dios y el hombre se hacen uno en Jesús, que es Dios y hombre a la vez. Y el vino nos habla de esta fiesta definitiva que Dios ha preparado. En esta boda en la que Dios se une con el hombre el agua tiene un significado.

El agua además de para beber o lavarse era utilizada por los judíos para la purificación. Juan el Bautista emplea precisamente el agua como signo de conversión. Pues el agua que utilizaban los judíos para la purificación se transforma en un signo de alegría. El agua de nuestra vida se puede convertir en vino. Esta es la enseñanza.

El agua de la purificación, que mandaba la Ley, se transforma en símbolo de la caridad, el amor, que es el mayor don que hemos recibido de Dios (segunda lectura de la Misa: cfr. 1 Cor 12, 4-11).

El amor tiene como efecto –igual que el vino– dar alegría al corazón del hombre. Por eso a los que están en el cielo se les llama “bienaventurados”, felices.

Una niña le preguntaba a un sacerdote que si él sabía por qué los santos están tan contentos... Y la niña siguió diciendo: –Por la gracia de Dios. Y no es solo un chiste, es la realidad. Dios es muy simpático y llena hasta arriba de alegría a sus amigos, como hizo con las tinajas de la boda.

En nuestra vida tenemos que purificarnos, y el agua es también signo de limpieza, del arrepentimiento. Si se lo pedimos a María conseguirá  que las cosas de cada día se conviertan, cambien. Se transformen en cosas alegres, en este vino especial. Porque nosotros estamos invitados a esa boda.

Invitados a la boda
Además de San Juan, otro Apóstol que estuvo presente fue Natanael. Como es sabido, Natanael,  era del mismo Caná de Galilea. Aunque era un hombre muy recto, la verdad es que no tenía muy buena opinión de la gente de Nazaret.

Y su amigo Felipe no quiso contestarle sobre si de Nazaret podía salir algo bueno o no. No se iba a poner a discutir. Lo que hizo su amigo Felipe fue presentarle al Señor para que él juzgara por su cuenta si Jesús de Nazaret era el Mesías.

Como sabemos cuando Natanael se encontró con el Maestro desaparecieron inmediatamente todas sus dudas. Esto es lo que tenemos que hacer con la gente llevarla al Señor.

Pero, por si fuera poco, unos días después del encuentro de Natanael con Jesús, hubo una boda en su pueblo. Ya sabemos lo que pasó. Cuenta una leyenda1 que su amigo Felipe aunque era tímido y con un humor muy fino,  cuando apareció el vino nuevo, le arrimó un vasito a Natanael y le dijo: –Prueba, a ver si te parece que de Nazaret puede salir algo bueno...

Pero fue gracias a María por lo que Caná de Galilea estuvo a punto de llamarse Caná de la Frontera.




domingo, 13 de enero de 2019

EL CIELO SE RASGÓ



Un padre de la Iglesia explica que esta fiesta del Bautismo del Señor está muy unida a la de la Navidad (cfr. San Máximo de Turín, Sermón en la Epifanía 100,1,3).

Y también forma una unidad junto con la Epifanía, que es la manifestación de Dios a los gentiles, representados por los Magos de Oriente.

Termina así el tiempo de Navidad con el Bautismo del Señor, en el que parece que se rasga el cielo y se manifiesta la Persona y misión de Jesús.

Es un momento de gran importancia porque en el rio Jordán es públicamente aclamado como Hijo de Dios por el Padre del cielo. Y consagrado por el Espíritu Santo, como Rey, Sacerdote y Profeta (cfr. San Máximo de Turín, Sermón en la Epifanía 100,1,3).

También los cristianos en nuestro bautismo somos ungidos de igual forma, y hechos hijos de Dios, aunque sigamos siendo humanos, nuestro Padre ha querido que participemos de su naturaleza divina. Y en la ceremonia de nuestra bautismo “celebramos” nuestra adopción por parte de Dios.

Uno de los últimos papas nos decía que el celebraba el día de su bautismo tanto o más como el de su cumpleaños, y se entiende: porque es el día del verdadero nacimiento.

Los Evangelios indican que, al salir Jesús del agua, el cielo se rasgó (Mc), se abrió (Mt y Lc); y todos escriben que el Espíritu descendió sobre Él como una paloma.

Y además se oyó una voz del cielo que, según san Marcos y san Lucas, se dirige a Jesús: Tú eres mi hijo...; y según san Mateo, se dijo de él: Éste es mi hijo, el amado, mi predilecto (3, 17).

En esta escena hay que destacar que el cielo está abierto sobre Jesús. Su unión con la voluntad del Padre –que le lleva a cumplir toda justicia– abre el cielo. Y por su propia esencia el cielo es precisamente donde se cumple la voluntad de Dios, que es siempre amorosa, y por eso es un estado de inmensa felicidad.

Además de abrirse el cielo, Dios Padre proclama que Jesús «es» el Hijo predilecto, que siempre le da satisfacciones. Precisamente la importancia de Jesús está en su «ser» Hijo: del que proviene su misión de Salvador, que viene indicada perfectamente el nombre que se le impuso: Yehsuah, «Dios que salva».

También la misión de los cristianos, nuestra vocación, la realización práctica de lo que Dios nos pide, tiene que estar fundada en que somos hijos de Dios. Este tiene que ser el fundamento de nuestra acción.

Escribe un autor espiritual sobre la frecuente «crisis de los cincuenta», que después de pasar años volcados en el activismo, a los cincuenta nos encontramos con un gran vacío interior, pues hemos vivido en el «hacer», olvidando nuestra verdadera identidad: la de un hijo de Dios amado no por lo que hace, sino por lo que «es».

Conviene estar en la realidad somos unos seres necesitados, pero también somos hijos de Dios. Ahí tiene que anclarse nuestra esperanza. Porque  la esperanza no es todo, necesita de una verdad en la que apoyarse. Somos hijos de un Padre misericordioso, este es nuestro apoyo, y a veces nuestro único apoyo.

Y en la escena del bautismo encontramos que junto con el Hijo, también aparece el Padre y el Espíritu Santo. Así se anticipa el anuncio de que en Dios hay tres Personas, cosa que se manifestará en profundidad en el transcurso completo de  vida de Jesús.

Y precisamente este comienzo de la vida pública enlazará con aquellas palabras del final, cuando Jesús resucitado envía a sus discípulos a recorrer el mundo: Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo (Mt 28, 19). 

sábado, 12 de enero de 2019

¿FRACASOS?



Como es lógico, en nuestra propia vida espiritual deseamos que los resultados sean positivos, que todo salga lo mejor posible, que haya fruto. Pero los resultados no pueden hacernos olvidar que en primer lugar está la búsqueda de Dios, no nuestra realización personal.

Si el éxito en la vida interior se viese como parte de la realización de nuestro “ego”, el batacazo sería grande. Ninguna parcela de nuestra vida debe de estar por encima de Dios y menos el terreno espiritual.

Porque el triunfo interior –por alcanzar cualquier virtud– debe ser una fuente para acercarnos más a Dios. Sin Él no podemos nada, y menos en las batallas espirituales. Y para descubrir quién ocupa el centro en nuestra vida, si es Dios o nuestro yo, basta con experimentar un fracaso en la lucha por mejorar. Los bajones ante nuestros fracasos suelen indicar que hemos contado mucho con nuestras fuerzas y poco con la gracia de Dios, y por eso se nos hace difícil asimilar la propia humillación.

Si ya es penoso que las cosas buenas de la vida nos oculten a Dios, todavía es más absurdo, que lo que nos separe de él sea la religiosidad. Incluso la teología podría separarnos de Dios si esa ciencia la tomásemos como un trampolín para nuestro éxito personal.

Es conocida la historia, que relata un autor irlandés, de un diablo inexperto que se inicia en su trabajo tentando a un ser humano. Pero el diablo novato fracasa en su intento; tanto es así, que aquel hombre tiene una conversión espiritual; entonces el diablo inexperto escribe una carta lacrimógena a su infernal tío, contándole el caso.

Y el diablo mayor le contesta, animándole: –No te preocupes, tiene arreglo. Ahora que cree en Dios, intenta que se haga una idea falsa de Dios.

Podríamos decir que lo que busca el demonio, es que ya que el hombre tiene la Palabra de Dios, que la lea de tal forma que su lectura le impida ver a Dios. Por eso, no es extraño que el mismo diablo cite la Sagrada Escritura para hacer caer al mismo Jesús en la trampa. En este caso es el Salmo 91, que habla de la protección que Dios ofrece al hombre fiel. Satanás, utiliza la Biblia porque a las personas espirituales las tienta a través de las cosas espirituales.

El diablo muestra ser un gran conocedor de las Escrituras. Y es así. Satanás tiene una inteligencia privilegiada y una gran fe en Dios, pero desconoce la humildad y el amor.

Precisamente, la segunda tentación aparece como un debate entre dos expertos, porque los dos lo eran. Esto es un aviso para nosotros: lo importante no es tener un conocimiento profundo de los libros sagrados, sino que nos sirvan para nuestra salvación y la de los demás. Que el Señor no tenga que reprocharnos que sabemos mucho y no actuamos según nuestras creencias, como dijo a los que escuchaban a los doctores de la ley: haced lo que dicen, pero no lo que hacen (cfr. Mt 23, 3).

sábado, 5 de enero de 2019


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ADORARON A JESÚS  

Después de que los Magos escuchan la palabra de Dios, que les llega por los sacerdotes, entonces  la estrella les vuelve a brillar.

San Mateo utiliza superlativos para describir la reacción de los Magos: Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría (2,10).

Es la alegría  de quien ha encontrado a Dios y ha sido encontrado por Él.

Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron (Mt 2,11).

Durante la adoración a Jesús encontramos sólo a María, su madre.

Probablemente san Mateo al no citar a san José quiere recordar que el nacimiento de Jesús se hizo sin intervención de varón, y describir a Jesús solo como Hijo de Dios Padre (cfr. Joseph Ratzinger, ob. cit. p. 40).

Ante el rey Niño, los Magos (adoptan la proskýnesis) se postran ante él. Éste es el homenaje que se rinde a un Dios-Rey.

De aquí se explica que los regalos ofrecidos por los los Magos no fuesen del todo prácticos. Quizá otras cosas hubieran sido más útiles para la Sagrada Familia.
     
La tradición de la Iglesia ha visto representados, en esos tres dones que los Magos entregan, tres aspectos del misterio de nuestro Señor: el oro haría referencia a la realeza de Jesús, el incienso al ser Hijo de Dios y la mirra al misterio de su Pasión (cfr. Jn 19,39).
     
Muchos vieron en Jesús a un niño semejante a los demás. Los Magos, en cambio supieron ver en él al Salvador.

Al reconocerle le presentaron los dones más preciosos del Oriente. También nosotros podemos  entregarle los dones mejores que puede ofrecer un hombre: la fe, la esperanza y el amor.

Estos son los regalos que más le gustan, pues Él, aun siendo el Señor, no los posee.

Jesús, tiene necesidad de nuestra fe, que hace posible la oración. Y es el incienso humeante que une la tierra con el cielo, y que nosotros aportamos para completar su acción de Sumo Sacerdote.

La mirra de nuestra esperanza, nos hace ver que las penalidades de esta vida sirven completan lo que falta a la pasión del Señor.

Pero lo más precioso es el oro de nuestro amor.  Con él, Jesús extiende su reino espiritual. Lo comenzó con su sacrificio en la cruz, como indicaba la inscripción, y lo renueva cada vez que se celebra un Misa, ofrecida por nosotros y por muchos.

Como siempre, Herodes, «quien–no–debe–ser–nombrado», intentó engañar a los Magos,  pero ellos se escabulleron por arte de magia.

Buen ejemplo para nosotros que debemos utilizar los dones de Dios –fe, esperanza y caridad–  para vencer al Maligno.

Junto a nosotros está la Virgen para recoger el oro, el incienso y la mirra que ofreceremos,  y ponerlo todo cerca del Niño para que lo vea. Por eso le decimos hoy:

Tú eres la Estrella de Oriente, que surges cuando te necesitamos.


FORO DE HOMILÍAS

Homilías breves predicables organizadas por tiempo litúrgico, temas, etc.... Muchas se encuentran ampliadas en el Foro de Meditaciones