domingo, 9 de diciembre de 2018

LOS QUE LUCHAMOS EN MEDIO DEL MUNDO



Jesús al encarnarse, le dio un valor divino a lo humano. Santificar lo corriente significaría tener la mente en el cielo y los pies en la tierra. Por eso para los que estamos llamados a lo ordinario, nuestro ideal es aunar el trabajo de Marta con el espíritu de María. 

Es conocido que san Josemaría –al que la Iglesia ha definido como “el santo de lo ordinario”– cuidaba con esmero todo lo referente a la liturgia. Repasaba las normas que la autoridad de la Iglesia daba, para vivirlas con exquisita delicadeza. Por eso, cuando alguien quería hacerle algún regalo, si lo conocía de cerca, era fácil acertar: le encantaba todo lo que pudiera servir para agradecerle al Señor, que se hubiera quedado en la Eucaristía. Como aquella mujer que obsequió al Señor un frasco de perfume.

Quien conozca la vida de san Josemaría, sabrá de su atención a los pobres y a los enfermos, y de las iniciativas, que llevó a cabo por todo el mundo, en favor de los más necesitados, como recordó Juan Pablo II el día de su Beatificación. Todo lo hacía con el mismo espíritu de María, la hermana pequeña del amigo del Señor, pues lo que pretendía este santo moderno, era ser contemplativo, igual que aquella chica de hace más de veinte siglos.

Y cuando alguien le preguntó, en cierta ocasión, qué oratorio de los que había proyectado en Roma le ayudaba más a rezar, rápidamente dijo: –¡La calle! (Pilar Urbano, El hombre de Villa Tevere, Barcelona 1995, p.186).

Es que él era un “contemplativo itinerante”. Había recibido de Dios esa llamada: proclamar que todos los caminos de la tierra –si son honestos– pueden conducirnos a la amistad con el Señor. Por eso, ningún trabajo puede ser considerado de poca categoría, porque el Hijo de Dios, al encarnarse, ha transformado todo lo humano en divino. 

sábado, 1 de diciembre de 2018

LA PALABRA DE DIOS QUE ALIMENTA AL HOMBRE


La palabra de Dios, la Eucaristía y la fe tienen mucha relación. La Iglesia habla del alimento de la Palabra y del alimento de la Eucaristía como de las dos mesas que se celebran en el Sacrificio del Altar, que llamamos Santa Misa.

Con la primera tentación el demonio quiere que Jesús fije su mirada en primer lugar en las cosas de la tierra; y que utilice todo su poder para alcanzarlas.

Pero la fe nos indica que no solo las cosas materiales tienen importancia, también hay realidades que no se ven; también esas proceden de Dios: No solo de pan vive el hombre.

Ya lo hemos dicho, al demonio le interesa debilitar nuestra visión sobrenatural, por eso va a por la fe, porque las heridas contra la fe son profundas ya que destruyen la raíz. Aunque pudiera haber algún fruto, perdida la fe, el alma se secará tarde o temprano por falta de savia.

Y precisamente el alimento de nuestra alma es la fe en Dios, la confianza en Cristo, que se ha hecho Pan, para alimentarnos espiritualmente.

La respuesta de Jesús en las tentaciones, se completa con otros pasajes de la vida del Señor relacionados con el pan. Uno es el de la multiplicación de ese alimento para saciar el hambre de los miles de personas que le habían seguido: ¿por qué hace ese milagro si anteriormente había rechazado ese hecho como una tentación?

Indudablemente, habían cambiado las circunstancias. El milagro no se hacía en beneficio de Jesús, sino de esas personas que dejaron todo para escuchar la palabra de Dios.

Ya se ve que Jesús no es ajeno a las necesidades materiales de los hombres, pero las sitúa en el contexto adecuado y les concede la prioridad que se les debe dar.

domingo, 25 de noviembre de 2018

EL NÚCLEO DE TODA TENTACIÓN



Es muy humano ser tentado. Nuestro paso por esta tierra tiene mucho de tiempo de prueba. Todos los hombres han pasado por esta experiencia, así que no tiene nada de extraño que el mismo Jesús sufriese tentaciones, porque es un hombre auténtico, semejante a nosotros, que incluso nos enseña a ser mejores humanos. Por eso, el comportamiento de Jesús frente a las tentaciones nos enseña cómo debemos superarlas.

Jesús ora antes y durante la tentación. Porque el ser humano necesita esta ayuda de Dios, como el comer. Para que no entren en nuestro corazón las malas yerbas que intenta sembrar el diablo. La auténtica oración es el mejor insecticida que Dios nos da para evitar que arraigue esa cizaña. Como perfecto hombre, Jesús nos enseña a utilizar la oración mental y el ayuno (oración del cuerpo) como protección contra nuestro enemigo.

Para vencer esas sugestiones del maligno hace falta un clima de oración. Y también de mortificación, de abstenerse de cosas lícitas. Si lo entendemos así, el ayuno (oración del cuerpo) es otra manera de orar.

Elevamos nuestra alma al dirigirnos a Dios con nuestra mente, porque somos seres espirituales. Pero al ser hombres también podemos orar con nuestros sentidos. Entendido de este modo el ayuno de Jesús –y el nuestro– es también otra manera de orar.

Precisamente hacer penitencia es como decirle al Señor con hechos: –Te ofrezco esta privación porque Tú estás en mi vida por encima de esta satisfacción. Te quiero a ti más que a la comida, que a la bebida...

De esta forma, la oración del hombre se realiza con el alma y con el cuerpo. Y es un momento privilegiado de unión con nuestro Padre Dios. Nuestro enemigo lo sabe por eso no es de extrañar que acuda en esos momentos para estorbamos, como hizo con Jesús.

En cierta ocasión, leí un libro escrito por una autora italiana que imaginaba la escena de las tentaciones de Jesús. Ahora no podría citar ese relato con exactitud. Recuerdo que me sirvió para hacerme una idea de lo que podría haber sucedido. De forma más o menos novelada, la historia decía así:

Jesús está muy delgado y pálido con los codos apoyados en las rodillas. Medita. De vez en cuando, levanta la mirada y la dirige a su alrededor y mira al sol... De vez en cuando cierra los ojos...

Veo aproximarse a Satanás. Parece un beduino. En la cabeza, el turbante que le cubre parte de la cara, pero pueden verse sus labios delgados y sus ojos negrísimos y hundidos, llenos de destellos magnéticos.

Dos pupilas que te leen en el fondo del corazón, pero en las que no lees nada.

Lo opuesto a los ojos de Jesús, también muy fascinantes, que te lee en el corazón, pero en los que tú lees también que en su Corazón hay amor hacia ti.

Los ojos de Jesús son una caricia para el alma. Los de Satanás son como un doble puñal que te perfora y quema.

Se acerca a Jesús: –¿Estás solo?
Jesús le mira y no responde.
–¿Cómo es que estás aquí? ¿Te has perdido?
Jesús vuelve a mirarle y calla... aprieta las manos en muda oración.
–¡Ah, entonces eres Tú! ¡Hace mucho que te busco! Te vengo observando. Desde el momento en que fuiste bautizado...”

Hasta aquí lo imaginado. Lo que sí sabemos de cierto por que nos lo cuenta san Marcos (cfr. 1, 13) es que Jesús en aquel momento vivía entre fieras salvajes.

En este caso las fieras salvajes –que representan la rebelión de la creación– se convierten en amigas como lo eran en el Paraíso (cfr. Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, Ibidem, p. 51).

Es la paz que Isaías anuncia para los tiempos del Mesías: Ha-bitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito (11, 6). Con la victoria final sobre el pecado la creación volverá a ser un lugar de paz. Porque nuestro cielo, también será un lugar material.

Por eso no es muy aventurado pensar que el movimiento ecológico tiene raíces cristianas. Dios es el autor del mundo, Él nos ha puesto para que lo amemos y cuidemos.

Muchos santos han dado testimonio del amor por los animales, la naturaleza y todo el mundo material: san Francisco, san Ignacio, san Josemaría, san Juan Pablo II, entre otros. Nada más hay que leer la primera encíclica del Papa Francisco para darse cuenta de la importancia que los cristianos le damos a este tema.

En la naturaleza, o en su desorden, también puede verse la mano del hombre, y por tanto del pecado, que es precisamente la transgresión del orden querido por el Autor de la naturaleza, el causante de todo el daño realizado en el mundo (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n.400).

Si tuviéramos que definir el pecado, podríamos hacerlo como una “desconfianza” con respecto a Dios, que lleva al ser humano a abusar de la libertad que recibió de su mismo Creador (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn.397 y 387).

En definitiva, que el hombre se prefiere a sí mismo y rompe su vínculo con Dios y con lo que Él ha creado (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 386 y 398).

La Iglesia dice en su Catecismo:
El hombre tentado por el diablo, dejó morir en su corazón la confianza hacia su creador y, abusando de su libertad, des-obedeció al mandamiento de Dios. En esto consistió el primer pecado del hombre. En adelante, todo pecado será una desobediencia a Dios y una falta de confianza en su bondad (Ibidem, n. 397).

En el caso de las tentaciones de Jesús, san Mateo y san Lucas hablan de tres pruebas, en las que se va a reflejar su lucha interior por cumplir la misión encomendada por su Padre.

Y aparece con toda claridad el núcleo de toda tentación: apartar a Dios de nuestra vida, ponerlo en un plano inferior; así pasa a ser algo secundario, o incluso superfluo y molesto, en comparación con todo lo que parece más urgente (cfr. Ibidem, n. 385 ss).

La tentación consiste en querer poner orden en nuestro mundo por nosotros mismos, sin Dios, contando únicamente con nuestras capacidades, en reconocer como verdaderas solo las realidades humanas y materiales, y dejar a Dios de lado, como si Él solo existiese en un mundo ideal.

Como dice la Iglesia: “Por la seducción del diablo [el hombre] quiso ser ´como Dios´, pero ´sin Dios´, antes que Dios y ´no según Dios´ ” (Catecismo de la Iglesia Católica, n398).

Es propio de la tentación adoptar una buena apariencia: el diablo no nos incita directamente a hacer el mal, porque se notarían demasiado sus intenciones.

Finge mostrarnos lo mejor: sugiere abandonar “el idealismo” y emplear nuestras fuerzas en mejorar el mundo, que es lo que tenemos a mano.

Según el relato del que antes hablábamos, Satanás al ver a Jesús en oración le dice:
“–¿Llamas al Eterno? Está lejos. Ahora estás en la tierra, entre los hombres. Y sobre los hombres reino yo. Pero quiero ayudarte, porque eres bueno y has venido a sacrificarte por nada.

Los hombres te odiarán por tu bondad. No entienden más que de oro, comida y sensualidad. Sacrificio, dolor, obediencia, son para ellos palabras muertas. Vámonos. No merece la pena sufrir por ellos. Los conozco más que Tú. 

Satanás se ha sentado frente a Jesús, le escudriña con su mirada tremenda y sonríe con su boca de serpiente. Jesús sigue callado y ora mentalmente. El demonio sigue hablando...”.

sábado, 17 de noviembre de 2018

JESÚS ES UNGIDO POR EL ESPÍRITU


Cuando Jesús sale del agua (cfr. Mc 1, 10-11), se oyen las palabras de satisfacción de Dios Padre, que ante la obediencia de Jesús exclama: Tú eres mi Hijo, el amado, en ti me he complacido

Y una paloma reposa sobre Él. Es en este momento en el que como Hombre recibe la “unción” reservada a los sacerdotes, a los reyes y a los profetas en Israel (cfr. Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, Ibidem, pp. 49-50). 

Pero Jesús no es ungido con aceite, sino con el Espíritu Santo, que en ese momento aparece en forma de una criatura pacífica. Jesús recibe la unción del Espíritu Santo en el momento del Bautismo; por eso es el Ungido, el Cristo, que habían esperado las personas piadosas de Israel. 

En la vida del Señor, el Bautismo es un momento de especial trascendencia. El cielo se rasga para manifestar la personalidad del Hijo de Dios. En el Bautismo aparece toda la Trinidad desvelando el misterio más grande de nuestra fe

También nuestro bautismo tiene mucha importancia. Entramos a formar parte de la vida íntima de la Trinidad. Por medio de Jesucristo, de su pasión, muerte y resurrección, Dios Padre ha querido identificarnos como hijos suyos. 

En el rito romano, después del bautismo, tiene lugar la unción con el sagrado Crisma, en el que el celebrante hace referencia a que, mediante el bautismo, hemos recibido una nueva vida, y como miembros de Cristo recibimos esa unción, como Jesús, que es sacerdote, profeta y rey. 

Somos humanos como Jesús, y gracias a los méritos obtenidos por Él, hemos sido elevados a su misma categoría divina. 

En la sangre de Cristo somos lavados y ungidos, con el Espíritu Santo, y adoptados por el Padre, que nos reconoce como hijos suyos. 

Tendría yo unos ocho años cuando mi madre me comunicó que yo era adoptado. Dicen que lo conveniente es irlo diciendo poco a poco. Pero recuerdo que, antes de recibir la Primera Comunión, mi madre me lo dijo. Me reveló que aunque ella y mi padre me habían estado cuidando hasta esa fecha, no eran mis verdaderos padres. Ellos eran solo mis padres biológicos, porque en realidad mi Padre era Dios. Yo me llevé una gran sorpresa, y fue una satisfacción, que el mismo Dios quisiera adoptarme. Precisamente es el bautismo la ceremonia de nuestra adopción. 

Jesús, al recibir el bautismo junto con la unción del Espíritu Santo, asume la dignidad de Rey y de sacerdote en Israel. Desde aquel momento, se le asigna una misión peculiar como Mesías, el Ungido de Dios. (cfr. Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, Ibidem, p. 49). 

Para sorpresa nuestra, la primera “disposición del Espíritu Santo lo lleva al desierto para ser tentado por el diablo (Mt, 4, 1)” (cfr. Ibidem, p. 50). 

Jesús tiene que superar allí una gran prueba. Y para prepararse, reza. Es precisamente en el recogimiento de la oración donde recibe las armas para luchar interiormente y ser capaz de no desviarse de su misión. 

Jesús tiene que reinar, pero no a través del poder, sino por medio de la humillación de la cruz. Y como Sacerdote debía realizar el sacrifico en su propio cuerpo. Jesús ora y se mortifica para aceptar su camino de Rey crucificado. Satanás le presentará las glorias de los triunfos humanos, pero Él las rechaza. Porque le desviarían de su misión: salvar a los hombres, con su bautismo de sangre y con su resurrección. 

Al ver tantos fracasos en la vida de los buenos cristianos podemos rebelarnos, sentir que son los fieles a Jesucristo los que tendrían que tomar el poder, y ser premiados en esta vida. Pero la mayoría de las veces no es así. No hay que intranquilizarse si la verdad sale mal parada algunas veces, porque Dios de los males saca bienes. Y el fracaso de los Santos no es la última palabra. 

Tenemos que ser bautizados con la misma sangre de Cristo, beber de su cáliz. Ya vendrá la resurrección de las almas. Pero no el poder y la gloria humana. Esto lo iría entendiendo poco a poco la Virgen. Según se iban desarrollando los misterios de su Hijo, Ella iba meditando, como siempre.

viernes, 9 de noviembre de 2018

EL QUE LIMPIARÍA NUESTROS PECADOS


Efectivamente, los cristianos creemos que el Hijo de Dios se hizo Hombre en el tiempo. Precisamente la Historia se ha divido en dos mitades, antes y después de su “encarnación”. Hay muchos testimonios de su vida y de su muerte. Nació en una nación, que después de tantos siglos y persecuciones, todavía pervive, la hebrea.

Sabemos que los creyentes judíos, aun en el día de hoy, esperan la llegada del Mesías. Un rey que tendría que nacer en Belén y provendría de la familia de David.

Pues bien, los cristianos creemos que Jesús de Nazaret, nacido hace más de dos mil años, descendiente de ese rey es precisamente el Mesías, que es lo mismo que decir Ungido o Cristo (son palabras que significan lo mismo).

Desde muy antiguo, el nombre de Jesús se unió precisamente al de Cristo, porque los primeros fieles creían firmemente que Jesús era el Ungido de Dios, su Hijo y además descendiente de David, según la carne. Y por eso le llamaban entonces, como también hacemos hoy: “Jesucristo”, que venía a decir “Jesús es el Cristo”.

Jesús no es solo Dios, sino también perfecto Hombre. El último concilio ecuménico ha dejado constancia de que solo Él puede enseñar al hombre a ser hombre. No simplemente porque es nuestro Creador, sino porque ha querido encarnarse en el vientre de una mujer. En todo es semejante a nosotros, menos en el pecado.

Lo que no significaba que no tuviese tentaciones. Porque es muy humano ser tentado. Por eso, para explicar cómo podemos vencerlas, es también necesario conocer, cómo el Mejor de los hombres derrotó al enemigo.

Precisamente, esa era su misión al encarnarse: salvarnos de la esclavitud de Satanás. De hecho en su Nombre ya se declara qué es lo que venía a realizar. Pues “Jesús” significa “Yahveh salva”. Tendría que llamarse de alguna manera y ese era el nombre que más le cuadraba: era Dios y el Salvador.

Desde el inicio de su vida pública, queda claro que su Misión y su Persona estaban unidas: el Hijo de Dios que viene a quitar el pecado del mundo.

La Iglesia ha pensado que el bautismo de Jesús nos da “luz” sobre su vida. Y por eso, algún evangelista comienza el relato en ese momento, porque vendría a explicar todo el conjunto.

Porque el bautismo viene a significar lo que luego realizaría con su muerte y resurrección. Él anunció, que tenía que ser bautizado con un bautismo de sangre y al tercer día resucitaría de entre los muertos.

Con el bautismo de penitencia en el río Jordán, Jesús se sumerge, cargando con nuestros pecados, no con los suyos. El agua simbolizaba un sepulcro líquido, y el surgir de nuevo de ella, era símbolo de la resurrección de entre los muertos.

FORO DE HOMILÍAS

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