sábado, 18 de enero de 2020

EL CORDERO




La tarjeta de presentación

Juan el Bautista, estando en la orilla del Jordán, vio a Jesús y dijo de él: «Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). Ésta es la tarjeta de presentación del Señor.

Aunque a nosotros nos resulta familiar esta expresión, porque la utilizamos en Misa, quizá te puede parecer extraño que San Juan Bautista llame a Jesús «Cordero». Pero en cambio los judíos entendían perfectamente a qué se refería y, estas palabras del Bautista impactaron mucho en los que estaban allí. En tiempo de Pascua sacrificaban cada año un cordero, en recuerdo de que con la sangre de este animal fueron librados de la muerte y de la esclavitud en Egipto. El Señor murió precisamente en la Pascua, y con su muerte nos amó hasta el fin. Con su sangre, nos libró de la esclavitud del pecado.
  
Si te paras a pensarlo, el pecado es la única cosa que hemos inventado los hombres. Cuentan que una niña pequeña que tenía muy mal genio, cogió una rabieta monumental: le tiró del pelo a su hermana y le escupió en la cara. Su mamá, que lo disculpaba todo, dijo que era el demonio quien había hecho todo eso. Pero la niña más sensata dijo: –Puede ser que me sugiriera tirarle del pelo, pero lo de escupirle fue idea mía.

Nosotros podemos decir lo mismo: el diablo nos enseñó a pecar, pero luego hemos aprendido nosotros solos... y muy bien por cierto. De hecho cometemos pecados todos los días. Por eso necesitamos al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Jesús es el Cordero que vino a perdonar. La misericordia es el arma secreta de Dios para salvarnos. Por su misericordia conocemos el amor que Dios nos tiene. Los pecadores estaban a gusto con Jesús, por eso muchos cambiaron. Y le siguieron con valentía, como la Magdalena o el mismo San Pedro despu
és que le negó tres veces.

El Señor tambi
én se ha quedado con nosotros para perdonarnos. Los santos han sido personas que han tenido esto muy claro. San Josemaría, por ejemplo, se confesaba dos o tres veces por semana durante algunas temporadas, porque así experimentaba el amor de Dios, y eso le impulsaba a ser mejor. La confesión es el mejor remedio para alejar la tibieza, el desamor. Es bueno que acudamos a este sacramento aunque sea por cosas pequeñas, porque eso nos ayuda a querer más al Señor.
  
María Magdalena y San Pedro llegaron a ser íntimos amigos de Dios por las veces que le pidieron perdón. Se equivocarían mucho y otras tantas el Señor les perdonó. –Señor, concede la gracia de nunca ofenderte. O de no cometer sino «faltas que no te ofendan», que no te causen pena, sino que sólo sirvan para humillarme y fortalecer mi amor.

En nuestra vida hacemos cosas malas y buenas. Hay cosas que hacemos y dejan huella, y otras que no. Si uno tira una piedra a una piscina, se forman unas ondas que al poco tiempo desaparecen y todo queda como antes, parece que no ha ocurrido nada. Si, en cambio, tiramos un aceite sobre una alfombra, no pasa lo mismo; el aceite deja una mancha que habr
á que lavar, y vete tú a saber si eso se quita.

Un pecado no es como tirar una piedra a una piscina, sino como la mancha aceite, eso deja huella. El pecado deja una mancha en nuestras almas que deja de ser la misma de antes. Y, cuando Dios nos perdona, esa mancha desaparece.

El fruto de la confesión es descubrir la verdad de nosotros mismos, vemos las cosas como son en realidad. Todo se hace más real y aut
éntico. Además, la confesión es el mejor remedio para alejar la pereza, el egoísmo, la envidia, la sensualidad. Pensemos ahora si acudimos a este sacramento siempre que nos haga falta como un medio eficaz para vencer nuestros defectos.

No solo perdona

Cada vez que nos confesamos le pedimos al Señor: –¡dame fuerzas para luchar! Y
Él nos las da porque quiere ayudarnos. Por eso, la persona que se confiesa con frecuencia, aunque siempre tenga los mismos pecados, los controla de alguna manera, no deja que crezcan. Quien no se confiesa, acaba siendo esclavo de sus pecados, ellos le dominan.

–Oiga, (preguntaba una adolescente a un sacerdote mayor) ¿porqu
é siempre me dice que no tarde mucho en volver a confesarme? Y el cura, entrado en años y en experiencia, le responde: Muy fácil, si un reloj no tiene pila se para, y no sirve para dar la hora. Así le ocurre al cristiano, sin la ayuda de Dios no es feliz, ni ayuda a los demás. Sin los sacramentos nos ponemos mustios. La chica responde: –No, si tiene razón, pero a veces pienso que para qué molestarle por tonterías. Cuando tenga un buen saco de pecados entonces vengo. –Entonces, (siguió diciendo el cura) dile a tu madre que sólo te de de comer cuando tengas mucha hambre… una vez al mes, si aguantas claro.

La confesión frecuente nos hace mucho bien, aunque pensemos que no tenemos suficientes pecados, que son siempre los mismos o que son una tontería. Precisamente queremos pedir perdón al Señor porque nos duelen. Y no queremos que se repitan más. Porque, cuando hay amor, las pequeñas ofensas hacen daño. Pero somos humanos.

A veces pasa que las madres, por curiosidad le preguntan a sus hijos de qu
é se han confesado. Y lo hijos normalmente no le responden. Pero hubo un chaval que si le respondió y le dijo: –Yo siempre me confieso de lo mismo, de que tiro barro a los autobuses y de que no creo en el Espíritu Santo.
Pues a este niño, aunque diga siempre lo mismo, Dios le ayuda más, le da más gracia que a otros que se confiesan menos. –Señor, que venzamos la vergüenza de pedirte perdón en cosas repetidas.

Hablábamos al principio de San Pedro. No era un hombre perfecto. Fíjate, Jesús, en una ocasión le llamó Satanás (
«apártate de mí, Satanás» Mt 16,23). Traicionó al Señor tres veces en público, discutió con los demás Apóstoles para ver quién iba a ser el mayor en el Reino de los cielos.

Cometió pecados, grandes y pequeños, pero seguro que estaba acostumbrado a pedir perdón al Señor, por eso no es extraño que despu
és de negarle tres veces saliera fuera y llorara desconsolado por lo que había hecho. Y la gracia de Dios le llegaba con frecuencia por eso cambió y fue Santo.

San Juan y Santiago tambi
én recibieron la gracia del perdón, y eso les cambió hasta el carácter. Al principio de estar con Jesús se enfadaban y pedían que cayera fuego sobre los pueblos que no querían acogerlos, y el Señor les tenía que corregir. Santiago murió mártir, por amor a Dios, y San Juan, con el pasar de los años y la acción de la gracia, llegó a escribir cosas maravillosas sobre el amor a los demás. Te leo una: «queridos hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios» (1 Jn 4,7). Y qué me dices de San Pablo. Dice la Escritura que mientras mataban a san Esteban a pedradas, que fue el primer mártir, san Pablo estaba allí de pie viendo todo y aprobando lo que estaban haciendo. Pero la gracia de Dios fue más fuerte que sus pecados y por eso es Santo. Con Dios, todos pudieron. –Señor, levanta el peso de mis pecados, igual que levantaste la cruz por mi.

Más alegría por 99 faltas

Por algo dijo el Señor que hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por 99 santos. Menos mal, porque nosotros estamos muy lejos de la santidad. Y tenemos la capacidad de alegrar a Dios, cada vez que nos convertimos.

En el cielo hay más alegría por 99 cosas que hacemos mal y nos arrepentimos, que por una cosa que hemos hecho bien.

Jesús sufrió mucho con Judas. Estuvo el mismo tiempo con el Señor que los demás, y sin embargo terminó mal. Robaba de la bolsa pero no pedía perdón. Se fue haciendo duro. Jesús lo intentó hasta el último momento, pero él no quiso. Si hubiera ido a la Virgen a contarle todo...

sábado, 11 de enero de 2020

EL AGUA


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Desde el principio tenía que quedar claro

Al empezar su vida pública, Jesús empieza a pedir perdón a su Padre en nombre de toda la Humanidad, y lo hace yendo a recibir el bautismo de penitencia.

La vida del Señor no tiene sentido si no está en relación con el pedir perdón. Por eso si algunos negasen la existencia del pecado no le encontrarían sentido al sacrificio que Jesús aceptó. No encontrarían sentido a toda la vida del Señor.

Precisamente esa es la tarjeta de presentación que empleó Juan cuando quiso presentar a Jesús a los que le seguían. Juan, cuando presenta a Jesús, dice a sus discípulos: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29).

La sangre del Cordero

Jesús es el Cordero que moriría por Pascua. Juan acertó, la sangre de Jesús –el Cordero pascual– iba a ser la que lavara los pecados del mundo.

Jesús, en una ocasión preguntó a dos, que también había sido discípulos de Juan: «¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber, y ser bautizado con el bautismo con el que yo he de ser bautizado?»( Mc 10, 38). Jesús se refería a su muerte en la cruz como un bautismo de sangre con el que nos iba a salvar.

Como Juan el Bautista

También nosotros podemos no entender los planes de Dios, que parece que quiere humillarse ante el mundo. Quizá nos escandalizamos de las humillaciones que recibe la Iglesia de Cristo.

Quizá nos desconcierta que los buenos ocupen el lugar de los pecadores. Por favor, meditemos el Bautismo del Señor. Todo eso forma parte de un plan. Los mejores miembros de la Iglesia de Cristo llevarán los pecados de sus hermanos. Así se salvarán.

«Por el momento hemos de actuar con toda justicia» y aceptar su voluntad, llena de sabiduría y misericordia. Ya vendrá, después la resurrección.

Y después de ser bautizado por Juan, también  Jesús es  ungido por el Espíritu Santo.

Jesús es el Ungido

Cuando Jesús «sale del agua» (cfr. Mc 1,10-11) se oyen las palabras de satisfacción de Dios Padre, que ante la obediencia de Jesús exclama: «Tú eres mi Hijo, el amado, en ti me he complacido».

Y una paloma reposa sobre Él. Es en este momento en el que como Hombre recibe la «unción» reservada a los sacerdotes y a los reyes de Israel (cf. Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, pp. 49-50).

Pero Jesús no es ungido con aceite, sino con el Espíritu Santo, que  en ese momento aparece en forma de una criatura pacífica. Jesús recibe la unción del Espíritu Santo en el momento del Bautismo, por eso es el Ungido, el Cristo, que habían esperado las personas piadosas de Israel.

Hijos De Dios

En la vida del Señor, el Bautismo es un momento de especial trascendencia. El cielo se rasga para manifestar la personalidad del Hijo de Dios. En el Bautismo aparece toda la Trinidad desvelando el misterio más grande de nuestra fe.

También nuestro bautismo tiene mucha importancia. Entramos a formas parte de la vida intima de la Trinidad. En la sangre de Cristo somos lavados, con el Espíritu Santo somos ungidos, y en ese momento somos adoptados por el Padre, que nos reconoce como hijos suyos.

La primera misión

Jesús recibe en el Bautismo la unción del Espíritu Santo, con la que se le concede la dignidad de Rey y de sacerdote en Israel. Desde aquel momento recibe una misión peculiar, es el Mesías, el Ungido de Dios.

Para sorpresa nuestra, la primera indicación que se le da es que vaya al desierto «para ser tentado por el diablo» (Mt, 4, 1). Jesús tiene que superar allí una gran prueba, y para prepararse reza. Es precisamente en el recogimiento de la oración donde recibe las armas para luchar interiormente, y ser capaz de no desviarse de su misión.

Jesús tiene que reinar, pero no a través del poder, sino por medio de la humillación de la cruz. La peor de las tentaciones es la del poder: mediante

Y como Sacerdote debía realizar el sacrifico en su propio cuerpo. Jesús ora y se mortifica para no desviarse de su camino de Rey crucificado. Satanás le presentará las glorias de los triunfos humanos, pero Él las rechazó, porque les desviaría de su misión: salvar a las almas con su bautismo de sangre y con su resurrección.

Al ver tantos fracasos en la vida de los buenos cristianos podemos rebelarnos, sentir que son los fieles a Jesucristo los que tendrían que tomar el poder, y ser premiados en esta vida. Pero la mayoría de las veces no es así. No hay que intranquilizarse si la verdad salga mal parada algunas veces.

Tenemos que ser bautizados con la misma sangre de Cristo, beber de su cáliz. Ya vendrá la resurrección de las almas. Pero no el poder y la gloria humana.



martes, 17 de diciembre de 2019

LA DECISIÓN





La vida consiste en tomar decisiones

Ya desde niños vamos ya tomando decisiones: comernos la verdura, levantarnos puntualmente, poner la mesa... ir a ver a la abuela aunque no nos dé dinero. Decisiones pequeñas pero que van haciéndonos por dentro de una forma o de otra.

Desde luego el que se equivoca en el matrimonio, a la hora de elegir el compañero para toda la vida, falla en un asunto transcendente. El que yerra en el casar, ya no tiene en qué errar, dice el refrán, porque si se ha equivocado en esto, lo demás ya no importa demasiado.

Y a lo largo de nuestra vida hemos tomando muchas decisiones: cuando son correctas tienen la cualidad de aumentarnos la felicidad. Acertar en la profesión, en el matrimonio es importante. Pero son las buenas decisiones en lo pequeño las que se convertirán en hábitos positivos para acertar también en las importantes.

Nuestras decisiones nos cambian: uno se hace así mismo según las que va tomando, y la intimidad con Dios nos facilita acertar en las correctas. En el Antiguo Testamento a las personas que tenían amistad con el Señor –y Él las orientaba– se les llamaba "justos". Sus decisiones, al ser tomadas en la presencia de Dios, eran acertadas, y conseguían mejorarlos, llevar una vida buena, hacerlos felices.

El Papa Francisco (cfr. VIS 7 mayo 2014) ha hablado sobre el don de consejo con el Espíritu Santo nos capacita para tomar decisiones concretas siguiendo la lógica de Dios.

El Espíritu nos ayuda a no caer en el egoísmo ni en nuestra forma de ver las cosas. ''La condición esencial para conservar este don es la oración'' ha dicho Francisco, explicando que todos podemos rezar las oraciones que hemos aprendido de pequeños, pero también dirigirnos a Dios con nuestras palabras: ''Señor, ayúdame, aconséjame: ¿Qué tengo que hacer ahora?"

''En la intimidad con Dios y escuchando su palabra, dejamos de lado, poco a poco, nuestra lógica personal..." Y en nosotros madura una sintonía con el Señor que nos lleva, a preguntarnos cual es su voluntad. Es Dios el que nos aconseja, pero nosotros tenemos que dejarle espacio para que lo haga. Dar espacio y rezar para que nos ayude siempre''.

El Papa cita el Salmo 16 que dice: "Yahvé me aconseja; aún de noche me instruye interiormente".

La decisión de San José

José en su vida tomó decisiones importantes. San Mateo nos cuenta los primeros momentos de la vida de Jesús desde el punto de vista de san José.

Dicen que las cosas que de verdad nos preocupan son las que están en el ámbito de nuestra influencia. Nos afecta más la boda de una hermana que la situación política internacional. Aunque esto último tenga más transcendencia, a muy pocos le quita el sueño si están alejados del conflicto. Nadie en España pregunta en el desayuno: –Papá, ¿que te parece que hagamos con lo de Ucrania?

En el caso de José estos acontecimientos le afectaron muchísimo pues se trataba de su propia boda. Además había un asunto de más trascendencia, que tenía que ver con  Dios, con su país, con su familia, y sobre todo con él mismo.

Los preparativos de una boda suelen ser bastante laboriosos y largos. Preparar la casa y la celebración, teniendo pocos recursos, requiere tiempo. Mateo nos dice en primer lugar que María era prometida de José. Según el derecho judío –entonces vigente– María podía ser llamada ya la mujer de José, aunque aún no se había producido el acto de recibirla en casa, que iniciaba la vida matrimonial.

Como dice Benedicto XVI, José ha de suponer que María había roto el compromiso y –según la ley– debe abandonarla. Pero podía elegir entre hacerlo públicamente o de forma privada: puede llevar a María ante un tribunal o entregarle una carta privada de repudio. José escoge el segundo procedimiento para no «denunciarla» (Mt 1,19). En esa decisión, san Mateo ve un signo de que José era un «hombre justo» (cfr. Jesús de Nazaret, p. )

Un hombre justo

Que a José se le llame "justo" (zaddik) no es solo por la decisión que tomó en un momento. Pues como ocurre también con otras grandes figuras de la Antigua Alianza a las que se da ese título se le llama así por el conjunto de una vida.

Después de lo que José había descubierto, trató de interpretar y aplicar la ley de modo "justo". Él lo hizo con amor, por eso no quiso exponer públicamente a María a la vergüenza pública. La amaba incluso en el momento de la gran desilusión. Porque José busca la forma de unir la ley y el amor.

Está claro que ante un asunto imprevisto y que nos parece humillante la solución es consultar a Dios, para que nuestras decisiones no puedan volvernos malos. Para entender necesitamos la fe. Los santos se fiaban del Señor pues los mayores regalos nos los envía envueltos en papel cruz. Porque ya sabemos como termina esta historia.

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–Primera lectura:
Mirad: la virgen está en cinta.
Is 7, 10-14

–Segunda lectura:
Jesucristo, de la estirpe de David, Hijo de Dios.
Rom 1, 18-24

–Evangelio:
Jesús nacerá de María, desposada con José, hijo de David.
Mt 1, 18-24

viernes, 13 de diciembre de 2019

EL DESCONCIERTO DE UN SANTO



El nuevo Elías

El Señor dijo que Juan el Bautista era el nuevo Elías. También Juan, lo mismo que el otro Elías, pensaba que el pueblo de Israel tenía una gran importancia.

Fue enviado para predicar la conversión de ese pueblo, diciendo que el Reino de Dios estaba cerca.

La misión de Juan el Bautista tuvo un clamoroso éxito mediático. Miles de personas le siguieron al desierto.

Pero se equivocó al creer que ese Reino iba a ser el triunfo visible de los judíos sobre todos sus enemigos.

Él pensaba que para la conversión de la nación judía era de suma importancia que el cambio se produjera también en los gobernantes, porque eran los más influyentes políticamente hablando. Para eso, era muy importante que el rey Herodes se convirtiera.

Precisamente quien tenía trabajar en su conversión era él, Juan el Bautista, aclamado por todo el mundo como profeta, y por eso tenía una autoridad moral fuera de lo común. Lo intentó. La realidad es que Juan el Bautista acabó encerrado en un calabozo.

Dios quería otra cosa

No es extraño que Juan se desconcertara, y que mandase preguntar al a Jesús qué significaba todo lo que estaba ocurriendo.

Entonces a través de sus discípulos le envía el siguiente mensaje: –«¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro?» (Mt 11,3).

Lo mismo tenemos que hacer nosotros cuando nos desconcertamos: ir al Señor y preguntarle en la oración.

Y al pueblo judío, que el Bautista pensaba que triunfaría en el mundo, le ocurrió que lo invadieron sus enemigos. Cuarenta años después, vino Vespasiano, gobernador de Siria, y los arrasó.

Lo mismo que ocurrió en la época de Elías, en que también el pueblo de Israel fue conquistado por la autoridad siria.

Pero, aunque lo que pensaba Juan el Bautista fracasó, Dios preparaba entre el pueblo de Israel un pequeño grupo fiel, que había de formar el núcleo de la Iglesia Universal.

Lo que la historia de estos santos nos enseña es que es muy difícil saber lo que nos conviene. Esta es la tragedia de nuestra oración.

La respuesta de Jesús

Por eso Santiago nos aconseja que tengamos paciencia. Teresa de Jesús decía que esa virtud todo lo alcanza, y si estamos con el Señor nada debe asustarnos, porque con Él lo tenemos todo: “Solo Dios basta”.

Jesús da como respuesta, a los discípulos que vienen de parte de Juan, que los ciegos ven, los cojos andan, los mudos hablan... Que se estaba cumpliendo así la profecía de Isaías sobre los tiempos del Mesías.

A pesar de estar en la cárcel, Juan el Bautista debe alegrarse, porque su misión se ha cumplido. Preparó la llegada de Jesús y el reino de Dios ya estaba en medio de nosotros.

FORO DE HOMILÍAS

Homilías breves predicables organizadas por tiempo litúrgico, temas, etc.... Muchas se encuentran ampliadas en el Foro de Meditaciones