sábado, 20 de abril de 2019

HOMILÍA DOMINGO DE RESURRECCIÓN


Lo lógico hubiera sido pensar que el Señor resucitaría. Pero eso no ocurrió. Como nos dice el Evangelio (de la Misa de hoy: Jn 20, 1-9) los discípulos de Jesús no pensaban en esa posibilidad.

Hay gente que escribe que la resurrección no es un hecho verdadero, sino que surgió de los primeros cristianos.

Pero lo que escriben esto no ponen su fundamento en el Evangelio, sino en su falta de fe.

Esos llamados teólogos, igual que los primeros discípulos, tampoco creen. Pero ya se encontrarán al Señor resucitado, a la vuelta de su vida, o de su muerte.

Por nuestra parte, aunque no nos llamemos teólogos preferimos ser marianos, y seguir el ejemplo de la Virgen. Ella mantuvo la fe de la Iglesia en esas horas difíciles.

Hay personas que hablan de la fe del carbonero: del que cree porque su familia era creyente, pero sin preguntarse por más. Es una fe que cada vez se da menos.

Efectivamente ya no van quedando carboneros. Porque esos, que creían si fundamento, acaban creyendo en unas cosas si y en otras no. En definitiva no creen. Pues el motivo de su fe son motivos personales, como la fe de los primeros discípulos aquel sábado santo.

El Papa explica que ahora estamos en la historia en un gran sábado santo, lleno de gente buena pero incrédula.

En este domingo de Resurrección, pedirle al Señor la fe de San José, la fe del carpintero, que no vio milagros pero que sirvió a Jesús y a su Madre, como queremos hacer nosotros, en la vida corriente.

jueves, 18 de abril de 2019

HOMILÍA VIERNES SANTO


Nos dice el profeta Isaías hablando del Viernes Santo, que el Señor se entregó porque quiso (cfr. Is 53, 8). Sufrió todo aquello (la flagelación tremenda, el peso de la cruz, la muerte…) voluntariamente y sin merecerlo... Se entregó porque quiso.


Muchas veces se piensa que Jesús fue víctima del odio de los judíos. No fue solo víctima de los judíos también es nuestra víctima, son nuestros pecados los que le mataron. Somos la causa de su entrega. Recibió el castigo destinado a nosotros. Hasta sus verdugos se dieron cuenta de esto. El mismo Caifás, el que le juzgó y condenó, dijo refiriéndose al Señor: -Conviene que uno muera para que se salve todo el pueblo. Caifás estaba diciendo la verdad, si no llega a ser porque quiso morir en la Cruz, ahora no tendríamos fuerzas para combatir el pecado.

Se entregó porque quiso… Esa es la clave del Viernes Santo. Dios podía haber cambiado los planes de los judíos, le hubiera sido muy fácil. Podía haber enviado a sus ángeles, los mismos que mandó en Belén el día en que nació, podía haber terminado con sus enemigos en pocos segundos, pero no lo hizo. Sabía exactamente lo que le iba a ocurrir, por eso sudo sangre en la noche del jueves Santo en el Huerto de los Olivos. Los días anteriores predicaba con libertad en el Templo de Jerusalén. Y cuando terminaba se iba a pasar la noche a Betania, un pueblecito cercano. Era un lugar seguro, allí estaba con sus amigos Marta, María y Lázaro.

Pero la noche del Jueves Santo, cuando le cogieron, curiosamente decidió quedarse en Jerusalén. Esa fue su peor decisión, si lo vemos con ojos humanos. Al terminar la Última Cena podía haber huido y haberse escondido de sus enemigos… Ni siquiera Judas le habría encontrado. Pero no, se va justo al sitio donde sabe que le van a buscar: al Huerto de los Olivos. Parece como si se hubieran puesto de acuerdo con Judas. Y estando allí rezando, durante la oración, fue cuando le dijo a su Padre que no quería morir en la Cruz.

Tenía mucho miedo, tanto que le temblaba todo solo de pensarlo. Pero, aún así, aceptó la llamada que Dios le hizo y quiso su voluntad. Entonces aparecieron las antorchas de los que le buscaban. Él se queda quieto, no huye, espera sin moverse, se deja coger sin poner resistencia.

Se entregó porque quiso… Lo llevaron para juzgarlo y todo parecía que iba a salir bien porque no había hecho nunca nada malo. Esa era la fama que tenía ante su pueblo. El tribunal es incapaz de condenarle a pesar de tener testigos falsos. Mientras lo juzgan Jesús calla, está en silencio, hasta que el Sumo Sacerdote le pregunta: ¿Eres Tú el Hijo de Dios? (Mt 26, 63). El Señor podía haber permanecido callado, podía no haber dicho nada, estaba en su perfecto derecho. Pero no, Él mismo se condena cuando responde: Sí, yo soy. Esa contestación fue lo que le llevó a la muerte. Y después, cuando está con Pilato tampoco dice gran cosa. Podría haberse defendido con facilidad…

Solo habla para empeorar las cosas al manifestar que Él era un Rey. Al decir eso, que era Rey, estaba dando la razón a los que le acusaban por ser un peligro para el Imperio Romano. -Señor justo en los momentos en los que te estás jugando la vida, cada vez que dices algo empeoran las cosas. 

Se entregó porque quiso… Y quiso hasta las últimas consecuencias. Ya en la cruz, cuando los soldados le dan a beber un líquido que lo anestesiaba un poco para que no sufriera tanto, dio un sorbo sólo para agradecer el detalle, pero no se lo bebió. -Es un misterio verte colgado por tres clavos, destrozado… y queriendo estar ahí. ¡Cómo se entienden ahora aquellos conocidos versos del poeta cuando, mirando a Cristo crucificado, escribió!:
No me mueve mi Dios para quererte el cielo que me tienes prometido.
Ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte… 
Tú me mueves Señor, muéveme ver tu cuerpo tan herido, muéveme tus afrentas y tu muerte....

Había decidido entregarse totalmente, se lo había dicho a Dios Padre en el Huerto de los Olivos, durante su oración. -Señor nos impresiona pensar que lo has hecho por nosotros. Podías habernos redimido de mil modos, podías haber muerto de otra manera menos dolorosa…

Un día que Jesús visitó Nazaret , durante su vida pública quisieron despeñarlo pero no ocurrió nada porque, dice la Escritura, que todavía no había llegado su hora… llegó con su muerte en la Cruz. Ese es el Viernes Santo. Pero la entrega de Jesús no terminó allí.

El aparente fracaso de su vida fue solo aparente. Muy poco después, pasados tres días, resucitó. La Resurrección es la fiesta más importante del año. Por eso lo celebraremos durante siete días con la Semana de Pascua. Entregarse a Dios parece que es cerrarse otros caminos, es como malgastar la vida, pero eso es solo apariencia. Si uno se decide y da el paso, si le dice a Dios que sí en su oración, aunque le cueste mucho viene una alegría que ya no te deja.

En un estudio que se ha hecho sobre la famosa escultura de la Pietà de Miguel Ángel que, como sabes, está en la Basílica de San Pedro, entrando a la derecha, se descubre algo curioso:
miras desde arriba el rostro de Jesús te das cuenta de que está sonriendo, tiene una ligera sonrisa en los labios, casi imperceptible… Es como si el autor nos quisiera decir que el Señor a pesar de todo estaba contento por haber hecho lo que Padre Dios quería. La entrega da alegría. No una alegría hueca y ruidosa, sino profunda y silenciosa.

En la Pasión hay un hecho que llama la atención, y es este: que la Virgen estuviera allí. El Señor podía haber previsto las cosas para que su Madre no se enterara de nada hasta después de su muerte. Podía, sin más, haberla dejado en casa y evitarle todo aquello. Pero no, también quiso su entrega total. La quiso en el Calvario. San Josemaría decía que la gente que se entregaba a Dios
venía al Calvario, a darse sin límites como Jesús y María. Podemos preguntarnos hoy Viernes Santo, cuando el Señor ha muerto en la cruz:-¿Quieres que yo también me entregue así, totalmente?


María con el cuerpo de su Hijo en brazos. Así termina este día. María con su Hijo entregado. Ella sabe que dentro de poco resucitará, sabe que ese final es un principio. ¡Ojalá, Madre mía, terminarás también así este día: con mi entrega!

lunes, 15 de abril de 2019

HOMILÍA MARTES SANTO



EL QUE COMPARTÍA MI PAN

El anuncio de la traición produjo revuelo y curiosidad entre los discípulos (cfr. Jn 13, 23ss). Lo habitual es que los comensales estuvieran recostados sobre el lado izquierdo; y el brazo derecho quedaba libre para poderlo usar. Por eso el discípulo que estaba a la derecha de Jesús tenía su cabeza inmediatamente delante de Él. Y podía hablar confidencialmente con el Maestro. Pero el suyo no era el puesto de honor, pues este era el de la izquierda. De todas formas, el lugar ocupado por Juan era el de un íntimo amigo (cfr. Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, ob.cit., p. 84).

En esa ocasión la respuesta de Jesús fue totalmente nítida. Pero el evangelista nos hace saber que los apóstoles no entendieron a quién se refería. Más tarde, Juan, meditando lo sucedido, lo comprendió. Por eso añade un comentario que Jesús dijo (13, 18): Tiene que cumplirse la Escritura: “El que compartía mi pan me ha traicionado” (Sal 41, 10; cfr. Sal 55, 14) (cfr. Ibídem, p. 85).


Qué tristeza da la traición de un hermano, de un amigo, de un esposo... Cuanto duele si es de nuestra sangre, y todavía es más incomprensible si lo has elegido tú como confidente.

El corazón humano a veces se comporta como una veleta: en poco tiempo los íntimos se pueden volver los enemigos más peligrosos, porque tienen la llave de nuestros secretos.

Que duro es que el mismo que te arropa cada noche sea también el que publique tus cartas reservadas.

Es una manera de hablar muy de Jesús: citar palabras de la Escritura para describir cosas, que con el paso del tiempo se harían transparente, aunque en el momento en el que se pronunciaban parecían enigmáticas (cfr. Ibídem).

Pero de todas formas lo que quedaba claro es que uno de los comensales traicionaría a Jesús.

La traición. Este es el destino por el que pasaría el Justo. Y que aparece sobre todo en los Salmos. El Señor experimentó la incomprensión, la infidelidad dentro del círculo más íntimo de los amigos. Y así se cumplió la la Escritura (cfr. Ibídem).

Jesús se presenta como el verdadero protagonista de los Salmos. Es el Hijo de “David”, del que provienen esos poemas, y en el Señor adquirirán su sentido auténtico. En este caso la traición de un apóstol (cfr. Ibídem, pp. 86-87).

No es que la vocación de Judas fuese la de traidor, sino muy al contrario, había sido elegido para algo grande, igual que Pedro. Los dos eran frágiles: pero se arrepintieron de distinta forma, pues los dos eran libres. Jesús los conocía –al ser Dios todo lo tiene en presente– y los creó a pesar de todo. 

Este es misterio de su Amor y de la malicia humana. Pero incluso el mal sirve al Señor para su propósito: salvar al hombre.

Es cierto: Dios de los males saca bienes. Y de los grandes males, grandes bien, pues mayor es su poder. Aunque siempre es respetuoso con nuestra libertad, porque el amor no se puede imponer, se ofrece. 

Y Dios no solo intuye nuestra reacción –como le ocurre a los padres de la tierra– sino que realmente la conoce, y deja hacer.

domingo, 14 de abril de 2019

HOMILÍA LUNES SANTO


EL AMOR ES RADICAL

Como nos cuenta el Evangelio de María es un modelo de amor radical. Se lo echa en los pies al Señor, y los seca con sus cabellos.

El amor está lleno de contrastes. No consiste en quedarse sin nada (eso piensa el egoísta), sino en darlo todo (eso piensa el que ama). 
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Amar es correr un riesgo. Es aceptar la inseguridad, la incertidumbre de dar sin esperar nada a cambio.

Yendo desde Granada a Roma, en un alto en el camino, en la cafetería de una estación de servicio, un amigo me relató una historia con la indicación de que la contase muchas veces.
Dios es amor», nos dice San Juan. Eso quiere decir que se da del todo, de manera radical.

«El que pretenda guardar su vida, la perderá; y el que la pierda la recobrará» (Lc 17, 33), dijo un día Jesús.

Curiosamente, la gente que se entrega a Dios casi toda es joven, porque hay que estar un poco loco para darlo todo sin esperar nada.  

Y, las que son mayores, son especiales, tienen una chispa juvenil. San Josemaría decía a los 70 años que estaba loco… de amor

Las Actas de los mártires nos hablan de chicas adolescentes que mueren por las dentelladas de un leopardo o de otra fiera salvaje.

En Europa esto no sucede hoy en día, porque los leones son otros.

sábado, 13 de abril de 2019

HOMILÍA DOMINGO DE RAMOS



Comenzamos esta Semana que los cristianos llamamos Santa. Son los siete días más importantes de la Historia de la Humanidad.

La Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús marcó un antes y un después. Por eso, por poco que nos empeñemos, meditando despacio lo que ocurrió, saldremos de estos días mejor de como estamos ahora.

Dios no sólo quiso hacerse hombre, sino que decidió implicarse en la vida humana.

Aunque sabía que, si se portaba con sinceridad, con Verdad, la malicia de los hombres acabaría con su vida.

Aceptó esa humillación, sabía que los hombres se portarían así, y no obstante consintió que los seres humanos lo trataran con saña, con una vileza increíble.

Esto, a simple vista, no se entiende bien. Incluso, aunque lo medites en la presencia de Dios, no es fácil comprender por qué quiso llegar hasta ese extremo y pasarlo tan mal.

El paso del Señor por la tierra fue un camino sangriento, un via crucis.Y precisamente con su Sangre nosotros nos íbamos a salvar de la esclavitud de nuestros pecados.

El profeta Isaías describe cómo iba a ser tratado el Mesías: sería un esclavo, un siervo, llevado a una muerte especialmente cruel (cfr. Is 50,4-7: Primera lectura).

Cuando un animal es llevado al lugar donde lo van a degollar, de alguna manera se da cuenta, lo sabe, y se resiste todo lo que puede. Jesús no se resistió. Entró montado en un borrico sabiendo que lo iban a torturar.

Las masas que lo aclamaban a su entrada triunfal en Jerusalén, pocos días después iban a pedir que lo torturaran.

Dice el salmo de la Misa: me acorrala una jauría de mastines (Sal 21: responsorial).

El Señor va hacia la muerte rodeado de gritos en su contra y alaridos de sus enemigos. Como una presa que corre acorralada por sus asesinos, en medio de ladridos y dentelladas. No tiene escapatoria. Muere humillado y en medio de un dolor tremendo.

San Pablo nos habla de la humillación de Jesús, que siendo Dios fue despojado de toda dignidad, para acabar clavado en un madero (cfr. Phil 2,6-11: Segunda lectura).

Gracias al abajamiento de Dios el hombre ha sido salvado. Nada en lo que interviene Dios acaba en tragedia. Porque de los males saca bienes, y de los grandes males grandes bienes.

La Semana Santa empieza con la exaltación del Mesías. Pero esto dura poco: al cabo de unos días el que era aclamado se ve totalmente en desamparo.

No podemos esperar nada de este mundo. Todo lo bueno viene de Dios. Lo que, en principio nos parece rechazable, una muerte así, en el fondo nos hace mejores.

Y después de que Dios es humillado por nuestro amor, vendrá lo que nadie esperaba: la Resurrección.

Sin embargo la Virgen se fió siempre de Dios. La primera Eva ante un árbol desconfió de Dios. María ante el madero de la cruz, aceptó ser humillada.

El primer pecado fue iniciado por el orgullo y la desobediencia de una mujer. La salvación nos vino también por la humildad y la aceptación de una Mujer: por su hágase.


FORO DE HOMILÍAS

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