sábado, 19 de septiembre de 2020

LA PROPINA


Al hablar de algún monarca se dice que es «su graciosa majestad». 

Y no es que la reina de Inglaterra sea especialmente divertida, sino porque algunas cosas las concede, gratuitamente, graciosamente. 

Al no tener obligación de hacerlo: lo realiza movida por su generosidad. 

El Evangelio nos habla de un señor que da una propina generosa a algunos que trabajan para él (Mt 20,1-16). 

Pero los compañeros que no han recibido la gratificación se quejan de que sólo los que ganan menos han recibido un plus. 

Les parece injusto porque aquellos no han trabajado a jornada completa y acaban recibiendo lo mismo. 

Quizá muchos de nosotros hubiéramos dicho lo mismo que esos trabajadores del campo que protestaban. 

Y por eso el profeta Isaías dice que Dios tiene otra forma de pensar distinta a la nuestra (Primera lectura de la Misa: Is 55,6-9): «mis planes no son vuestros planes». 

El caso es que Dios no da porque tenga obligación, sino porque le da la gana. En definitiva es porque nos quiere. 

Amar es regalar, tienen como lema algunos grandes almacenes. Y ojalá que nos regalaran algo cuando vamos, en vez de tener que pagar. Pero el Señor no nos incita a regalar, para sacar negocio. Nos invita a pensar en los demás. 

Así actuaron los santos (cfr. Segunda lectura: Flp. 1,20c-24.27a). Nos imaginamos a la Virgen siempre dando, sin esperar nada: Ella si que es graciosa. 

viernes, 11 de septiembre de 2020

EXALTACIÓN DE LA GUILLOTINA



Sólo pensar que alguien pueda exaltar la horca o la guillotina nos llena de repugnancia.

Así podría pasarle a algunos cristianos de la primera hora: sentirían desosiego cada vez que nombraban el suplicio de cruz. Porque el Señor murió injustamente en él. Pero San Pablo no rechaza hablar de los padecimientos del Señor: los ve como un motivo de gloria (cfr. Segunda lectura de la Misa: Flp 2,6-11). 

Dice el refrán que es de mal gusto nombrar la soga en casa del ahorcado. Sin embargo los cristianos veneramos la cruz. Y si Jesús hubiera muerto en la revolución francesa hoy hablaríamos de la Santa Guillotina. Porque el patíbulo de la cruz, fue el trono desde donde el Señor nos manifestó que nos quería hasta ese extremo horrible. No porque sea una cosa agradable, sino porque fue el arma que utilizó para ganar nuestro amor. 

Jesús fue levantado por encima de la tierra, suspendido en un madero, y gracias a eso, nosotros tenemos la vida eterna (cfr. Evangelio: Jn 3,13-17).

Por eso la Iglesia exalta la Cruz de Cristo, la levanta como un estandarte. Porque los que la miren con ojos agradecidos serán salvados (cfr. Primera lectura: Nm 21,4b-9).

Los primeros cristianos hablaban de «padecer con Cristo». La Cruz se veía como una espada que se le arrebataba al Maligno: el Señor utiliza el arma del enemigo –el dolor– para vencerle. Y así nosotros si padecemos juntamente con el Señor, también con él ayudaremos a la salvación del mundo. 

sábado, 5 de septiembre de 2020

¿CANTAR LAS CUARENTA?

El cariño lleva a las madres a corregir continuamente a sus hijos. Cansarse de corregir es cansarse de querer. En el Evangelio vemos como el Señor corrige y reprende a sus amigos. Y enseña a hacerlo así (cfr. Evangelio de la Misa: Mt 18,15-20). 

El que ama la corrección ama la sabiduría. La persona inteligente es la que admite las correcciones. Por eso vemos que el Señor no entiende cómo no se corrige al que actúa mal (Ez 33,7-9: Primera lectura de la Misa). 

Ojalá escuchemos la voz de Dios (cfr. Salmo responsorial: 94) cuando alguien nos corrija: la voz de Dios que nos llega por muchos conductos. Se trata de escuchar lo que nos dicen y no querernos justificar rápidamente. Porque los cristianos debemos decir las cosas como las madres, no porque nos guste cantar las cuarenta, sino porque le queremos (cfr. Rm 13,8-10). 

Dice el poeta: 

Me duele el corazón cuando tu sufres pero no puedo dejar de corregirte.

La indiferencia juzga y no comprende. 

Un padre comprende, exige: por eso no puedo dejar de corregirte.

viernes, 28 de agosto de 2020

LÓGICA DIFUSA

 

Pedro no acepta que Jesús tenga que sufrir y morir (cfr. Evangelio de la Misa Mt 16,21-27) Hoy también el sufrimiento es la asignatura pendiente del Estado del bienestar. Este nuevo mesianismo tampoco entiende el valor de la cruz. Mucha gente se enfada con Dios porque permite el sufrimiento: no se entiende el valor de la contrariedad. Indudablemente muchas cosas no salen como Dios querría, pero todas (también las que Él no desea) sabe utilizarlas para el bien. La sabiduría de Dios sabe convertir las situaciones malas en buenas. Así debemos hacer nosotros en vez de quejarnos tanto. Ya se ve que su lógica es distinta a la nuestra. Hay profetas que se han quejado mucho, por ejemplo Jeremías (cfr. 20,7-9: Primera lectura). Y esto nos consuela, porque los santos tenían defectos, como nosotros. Ya se ve que en la tierra nuestra lógica siempre será un tanto difusa: por eso dice San Pablo que tenemos que renovar nuestra mente (cfr. Rom 12,1-2: Segunda lectura). Cada día necesitamos un plan renove del alma. Hemos de hacer como los santos, que aunque no siempre acertaban, hablaban frecuentemente con Dios. Y el Señor les corregía. María meditaba en su corazón las cosas que no entendía, y así se iba haciendo al querer de Dios, que como es bueno siempre acierta.

viernes, 21 de agosto de 2020

EL PODER O LA GLORIA


Actualmente las luchas más encarnizadas entre hermanos se suelen dar por el mando de la televisión: de alguna forma simboliza el poder disfrutar de lo que a uno le apetece. El profeta Isaías habla de que el Señor elige a una persona para darle la llave de un palacio (22,19-23: Primera lectura Misa). En otros tiempos era la llave lo que simbolizaba el poder. En el Evangelio, Jesús le promete a Pedro que le dará las llaves del reino (Mt 16,13-20). Y no precisamente para que fuese el portero sino para hiciese cabeza en la Iglesia. Humanamente no es comprensible que el Señor eligiera, para un puesto tan importante, a una persona que no tenía estudios, sino que era un trabajador manual. Por eso nos dice San Pablo que Dios no funciona con nuestros esquemas (cfr. Segunda lectura: Rm 11,33-36). Hay gente que se ve con vocación de liderazgo, porque son inteligentes, tienen buena presencia, gozan de excelente posición. En definitiva piensan que los demás deben estar por debajo (rara vez lo dicen con palabras, muchas con los hechos). Entre los cristianos no debe ser así. El que quiere el mando es precisamente el que no debe tenerlo: aunque diga que lo quiere para servir. El que se pelea por el mando (aunque sea el de la televisión) no es precisamente para agradar a los demás. El Señor da el poder a los humildes, no a los que se sirven de su estatus para salirse con la suya. María en esta tierra no buscó el poder: por eso ahora tiene la gloria.

viernes, 14 de agosto de 2020

EL TRAMPOLÍN DE VERANO


Hoy celebramos el triunfo de la Virgen. Es la Mujer que está más alta en el cielo.
El libro del Apocalipsis (Primera lectura de la Misa: 11,19ª;12,1-6ª) nos la presenta con «la luna como pedestal», y «vestida» con un traje impresionante, nada menos que «de sol». María está a la derecha del Rey del Universo, «enjoyada con oro» de la mejor calidad (Salmo Responsorial: 44). Podríamos decir sin temor a equivocarnos que más que Ella sólo Dios (cfr. Camino, n. 496). Primero va Jesús, que es la «primicia» (cfr. Segunda lectura: 1Co 15,20-27) y después María. Si hubiéramos preguntado en Nazaret a las personas que la trataron habitualmente. Quizá nos hablarían de una persona buena, e inteligente. Pero seguramente muchas de que vivieron cerca de Ella se quedarán extrañados al verla donde ahora está. ¿Cuál es el secreto de que haya llegado tan arriba? ¿Cuál fue su trampolín que la lanzó tan alto? En el Evangelio se nos da la explicación (Lc 1,39-56). En esta tierra Ella llegó muy bajo. Fue la Madre de un condenado a muerte por blasfemia. Vio a su Hijo en el patíbulo más humillante: la cruz. Además en la vida corriente, ni Dios, ni Ella quisieron que tuviese ningún tipo de reconocimiento. Su misión en esta tierra fue servir en cosas materiales. Con su inteligencia, y el resto de sus cualidades podría haber querido sobresalir. Y sin embargo sólo buscó que se luciera Dios. Gracias a su humildad a llegado tan alto. En esta solemnidad tan importante, que celebramos en agosto, podemos pedirle a nuestra Madre que Ella sea nuestro trampolín de verano.

viernes, 7 de agosto de 2020

TACONES LEJANOS

Hay personas que no aguantan que el Señor esté silencioso en el sagrario. Con lo que está cayendo querrían que su voz poderosa paralizase el mal. Parece que Dios en la actualidad no dice nada. No hace milagros como hacía en tiempos de los santos: ahora no habla. Pedro, que era el Apóstol de la fe –hemos leído en el Evangelio (cfr. Mt 14,22-23)– pidió al Señor poder andar sobre las olas en un mar revuelto. Y lo consiguió. Pero se hundió al ver que el viento venía en contra. Su poca fe interrumpió el milagro. Y el Señor le habló: –¿Por qué has dudado? En la actualidad para oír la voz de Dios necesitamos silencio. Pues Dios habla bajito. Su voz se hace sentir, como experimentó Elías, entre el murmullo de un vientecillo tenue (cfr. Primera lectura de la Misa: 1Re 19,9a.11-13ª). Cuentan que estaban en Torreciudad un grupo de chicas haciendo un rato de oración en la Capilla del Santísimo. Allí hay un crucifijo de gran tamaño, de bronce dorado, con una expresión de serenidad y viveza tan grande que parece que habla al que mira. Allí estaban estas chicas rezando en silencio, mientras se oía a lo lejos el ruido que producían unas señoras que visitaban el Santuario: con el típico sonido que hacen los tacones lejanos. Hasta que ese grupo de mayores decidió inspeccionar la Capilla del Santísimo, donde las chicas empezaban a ponerse nerviosas por el trasiego de las señoras. Iban entrando a la Capilla, mientras abrían la puerta y cuchicheaban. Y una de ellas, que parecía ser la más enterada, refiriéndose al crucifijo dijo a media voz, pero perceptible a todo el mundo, no sólo a la persona que le estaba enseñando: –Mira, ese es el Cristo que dicen que habla... Y en aquel momento, una de las chicas que había oído lo del «Cristo que dicen que habla», replicó con gracia: –Señora, habla si ustedes le dejan. Pues esto es lo que tenemos que hacer: dejar que el Señor pueda hablarnos. Para que no nos suceda como dice San Pablo, con pena, de «los de su raza».(cfr. Segunda lectura: Rm 9, 1-5). Aquellos elegidos que –en su gran mayoría– dejaron de oír a Dios, aunque pasaba muy cerca, pero sin tacones

viernes, 31 de julio de 2020

EL CATERING

Los judíos tenían fama de trabajadores, hábiles para las finanzas, y amigos del ahorro.

Por eso que diga el profeta Isaías que comerían sin pagar, era la señal más clara para indicarles que había llegado el tiempo mesiánico (cfr. Is 55,1-3: Primera lectura de la Misa). Y efectivamente en el Evangelio se nos cuenta como Jesús, el Mesías anunciado por los Profetas dio de comer a más de cinco mil personas (cfr. Mt 14,13-21: Evangelio de la Misa). Y podríamos decir que con la distribución de esos bocadillos –seguramente de sardinas– se inauguraría el primer y más espectacular catering de la historia. 

Como se lee en el Salmo (144,16: Responsorial de la Misa) el Señor abre su mano y nos sacia. Pero no sólo de cosas espirituales. 

Muchos de los milagros que hizo Jesús eran materiales. Porque es el Dueño de todo, también de la materia. Por eso cuando Dios no envía cosas materiales buenas es porque nos quiere. Y cuando nos encontramos en la escasez, quizá es porque quiere que demostremos que le queremos a Él. 

Ya lo decía San Pablo: ninguna cosa puede separarnos del amor de Cristo: ni el hambre, ni la desnudez. Y podemos añadir: ni tampoco la crisis (cfr. Rm 8,35.37-39). Porque Dios para hacernos felices es capaz de inventar lo que sea, y además gratis. 

Por eso cuando en la vida nos lleguen los momentos difíciles, podemos pensar que es, precisamente entonces, cuando estamos saciando el hambre que Dios tiene de nuestro amor: es el momento de nuestro catering.

sábado, 25 de julio de 2020

EL CAMINO DE SANTIAGO

Como se lee en el libro de los hechos de los apóstoles (12, 2: Primera lectura de la Misa) el camino de Santiago fue un camino de martirio. Su vida cristiana no fue una excursión, sino una novela de aventuras.

Era uno de los amigos íntimos de Dios, y en esta tierra selló esa amistad dando la vida por el Señor (cfr. Antífona de Comunión).

Por el Evangelio (cfr. Mt 20,20-20) sabemos que Jesús le había preguntado si podría beber el cáliz de la pasión. Él dijo que sí, pero quizá no era muy consciente de lo que decía.

En alguna ocasión me he preguntado – escribió San Josemaría– qué martirio es mayor: el del que recibe la muerte por la fe, de manos de los enemigos de Dios; o el del que gasta sus años trabajando sin otra mira que servir a la Iglesia y a las almas, y envejece sonriendo, y pasa inadvertido...
Para mí, el martirio sin espectáculo es más heroico... Ese es el camino tuyo. (Vía Crucis, VII estación).

Santiago y su hermano querían ser los primeros en Reino del Mesías, y como buenos gallegos no lo pidieron directamente, sino a través de su madre.

Efectivamente los primeros puestos estaban ya adjudicados. No hay que ser muy inteligentes para saber que a la derecha estaría la Virgen y a la izquierda san José.

De todas formas el Señor aprovecha esta anécdota, para hablarles de que los que quieran ser los primeros tienen que servir no mandar: así fue la Vida de María y del Santo Patriarca.

Sabemos que en Zaragoza, Santiago se vino a bajo por la tozudez de los hispanos de aquella región. Tuvo que venir la Virgen para animarle.

sábado, 18 de julio de 2020

EFECTOS COLATERALES


Los colaboradores de Dios, primero se quedan dormidos, y luego quieren resolver el problema drásticamente (Cfr Evangelio de la Misa: Mt 13,24-43).

Así somos a veces: primero pereza y falta de vigilancia, y después nos entra la ira disfrazada de celo.

Dios sin embargo actúa de otra forma: su arma secreta siempre es la misericordia. Y esa se la enseña a su amigos (Cfr. Aleluya de la Misa: Mt 11,25).

Dios es bueno, y lo primero que tiene en cuenta es que ninguno de sus hijos sufra injustamente. El Señor no quiere imponer su voluntad de forma agresiva, también tiene en cuenta los efectos colaterales. (Cfr. Salmo Responsorial: 85).

Su táctica no consiste en desarraigar el mal sin más, sino que tiene muy en cuenta el modo. Como han dicho los santos: todo por amor, nada por la fuerza.

Porque el Señor no busca un enfrentamiento, sino la conversión (cfr. Primera Lectura de la Misa: Sb 12,13.16-19).

San Josemaría decía que los cristianos hemos de ahogar el mal en abundancia de bien. Esto es lo que hizo María de forma discreta. Porque las madres son especialistas en corregir, evitando los efectos colaterales: saben amar.

sábado, 11 de julio de 2020

PAROLE



Palabras, palabras, palabras, así dice la letra de una canción italiana. Y así decimos cuando las palabras sólo significan sonidos de poco valor.

Sin embargo hay otras palabras que se clavan como puñales, para bien o para mal. Unas son las palabras de amor sinceras y bellas, y otras son flechas envenenadas.

Pero de Dios sólo nos pueden venir palabras sinceras y buenas, porque Él es bueno. Y si hieren, es porque estamos enfermos, y ellas nos pueden sanar (cfr. Primera lectura de la Misa: Is 55,10-11).

Por eso cuando la palabra de Dios cae en buena tierra siempre da fruto (cfr. Respuesta del Salmo de la Misa: Lc 8,8).

Aunque el fruto de nuestra conversión, no se da sin esfuerzo. En esta tierra la semilla tiene que morir para que dé fruto .

La palabra de Dios no se siembra sin esfuerzo, ni da fruto sin sufrimiento. San Pablo habla de dolores de parto, hasta que nos transformemos, hasta que nos convirtamos en otra criatura (cfr. Segunda Lectura de la Misa: Rom 8,18-23).

Además para que haya fruto la tierra tiene que ser buena. Esta es nuestra misión: conseguir que nuestro corazón este preparado (cfr Evangelio de la Misa: 13,1-23).

La tierra de nuestro corazón puede estar llena de piedras que hace que no arraigue la palabra de Dios cuando hay dificultades. Pero las verdaderas dificultades están dentro, no fuera de nosotros.

También están las zarzas de las preocupaciones excesivas por lo material, que ahogan la voz de Dios.

Y también la superficialidad, porque nuestro corazón se ha convertido en un lugar de paso, un camino que puede transitar cualquier idea. La palabra de Dios no arraiga en un alma de portera. Esto es un modo de decir, porque las porteras suelen parar muchas goles, que quiere colarnos los intrusos.

Todo lo que nos cuenta nuestro Señor en el Evangelio puede resultar interesante, pero sonarnos como palabras bonitas: parole, parole, parole, que dice la canción.

Pero no olvidemos que son palabras de honor, puesto que nuestro señor murió por mantenerlas. Así fue, la Palabra de Dios murió crucificada. Pero resucitó. La semilla tuvo que morir para dar fruto.

domingo, 5 de julio de 2020

LOS SECRETOS DEL REINO



Jesús es Rey (cfr. Salmo responsorial: 144). Pero de un Reino especial, que tiene sus secretos.

Los reinos de este mundo nos hablan de poder. Cuando uno manda se dice que es Rey: los Reyes del petróleo, el Rey de la tierra batida es el número uno en el tenis. Un rey manda en su parcela de poder: por eso se habla del rey del cuadrilátero.

Sin embargo el reino de Jesucristo es distinto: no se caracteriza por el mando sino por la mansedumbre. Dios es un rey que no se enfada, que no quiere imponer su autoridad, ni siquiera nos obliga a quererle.

Su reinado se basa en la libertad. Dios no quiere siervos sino hijos, que hacen la voluntad de su padre porque les da la real gana.

Por eso la Sagrada Escritura nos habla de un rey que no viene montado en una lujosa carroza, sino que su trono es un borriquillo manso (cfr. Primera lectura de la Misa: Za 9,9-10).

Y precisamente son la gente de corazón sencillo los que entienden «los secretos» de este reino especial (Evangelio: Mt 11,25).

Los sencillos de corazón son los que no tienen el corazón dividido. Los que no intentan servir a Dios haciéndolo compatible con otros reinados.

Eso se sabe porque el reinado de Jesús en el alma da paz: el Amor de Dios llena el corazón (cfr. Segunda lectura: Rom 8,9.11-13).

Y entonces se quiere incluso a los enemigos. Y nadie en la tierra nos puede hacer malos y así somos realmente libres, como reyes verdaderos. Como Dios, que no nos quiere porque nosotros seamos buenos, sino porque Él es bueno

sábado, 27 de junio de 2020

UN PROYECTO COMÚN



El próximo día 29 celebraremos la fiesta De San Pedro y San Pablo (cfr. Mt 16, 13-19: Evangelio de la Misa del día).

La verdad, es que los dos Apóstoles eran muy distintos.

Tenían diferencias por nacimiento (San Pablo no era de Palestina), por culturas. Incluso también las profesiones que desarrollaban no se parecían en nada.

Muchas cosas los separaban en lo humano, y también en los espiritual: Pedro había vivido con el Señor, y Pablo había sido enemigo declarado de los cristianos.

Pablo era un experto en la Escritura, y Simón tenía una cultura teológica elemental.

Todo esto es complementario, porque tenían un proyecto común.

«Pedro fue el primero en confesar la fe, Pablo, el maestro insigne que la interpretó» (Prefacio de la Misa).

Participaban de la misma empresa aunque tuviesen puntos de vista diferentes. Mejor: así se adaptaban a todas las sensibilidades.

Los dos estaban en la tierra para lo mismo: salvar almas. Pero de distinta forma: Pedro «fundó la primitiva iglesia con el pueblo de Israel, Pablo la extendió a todas las gentes» (Prefacio).

Hoy le damos gracias a Dios por haber hecho a los santos tan diferentes y tan amigos.

Porque no se fijaban en lo que les separaba sino en lo que les unía: la amistad con el Señor.

Siendo distintos quieren lo mismo: salvar almas, como San Pedro y San Pablo.

Al comenzar hoy el año de San Pablo, hacemos el propósito de aprender a hacer apostolado en nuestro ambiente, cada uno a su manera de ser. Sin miedos.

En la Iglesia hay maneras muy distintas de actuar. Lo importante no son las diferencias, sino tener un mismo proyecto común. Nuestro proyecto común es llevar almas al Cielo.

La manera, quizá, más frecuente de hacerlo es hablando de Dios de tú a tú, a través de la amistad: este es el mejor regalo que le podemos hacer a las personas que queremos.

Para eso hemos nacido, para ser santos y hacer apostolado.

–¡Reina de los Apóstoles, San Pedro y San Pablo ayudádnos en nuestro proyecto común!

sábado, 20 de junio de 2020

EL CUCHICHEO DE LA GENTE


Todos los que han querido hacer el bien han encontrado dificultades.

El profeta Jeremías habla del «cuchicheo de la gente» (Primera lectura de la Misa: cfr. 20,10-13).

En la actualidad el bien no es aplaudido, es cierto. Pero esto ha ocurrido siempre.

De todas formas nuestro Señor nos dice a los cristianos, que no es para tanto: «que no tengamos miedo» a los que nos quieran hacer daño (cfr. Evangelio de la Misa: Mt 10,26-33).

Y la razón que nos da Jesús es que el Señor cuida de nosotros: estamos en buenas manos, en manos de nuestro Padre.

Desgraciadamente cuando la familia de un paciente le pregunta a un médico sobre el estado de salud del pariente, y el doctor responde que estamos en manos de Dios, parece entonces que las cosas están muy mal para el enfermo, que la medicina no puede hacer nada.

Pero tranquilo «hasta los cabellos de nuestra cabeza» los tenemos contados. Por eso dice el salmo que el «Señor escucha» a los necesitados (cfr. Responsorial: Sal 68).

Ya se ve que en esta tierra si uno quiere hacer el bien casi siempre encontrará dificultades.

Pero esos obstáculos no los ha puesto el Señor sino el pecado, como nos dice San Pablo (cfr. Segunda lectura: Rom 5,12–15).

Por eso, si somos inteligentes, el miedo al que dirán no nos ha de mover. Lo que en realidad ha de preocuparnos es lo que puede dañar el alma: el cáncer que nos hace malos.

sábado, 13 de junio de 2020

DESDE QUE TE CONOZCO, COMO MÁS

En el libro del Deuteronomio, Dios nos habla de un alimento misterioso.

En aquel tiempo el Señor dio de comer a su pueblo un pan que nadie conocía.

Este pan era símbolo de otro, el de la fiesta que celebramos hoy.

Dice la Escritura que el hombre no sólo vive del pan natural, sino de otro tipo que es el pan sobrenatural.

A este alimento del cielo le llamamos Corpus Christi: el Cuerpo de nuestro Señor que se nos da como «verdadera comida» (Jn 6, 55: Evangelio de la Misa).

Este Cuerpo se compone de cabeza y miembros, que están unidos.

Esto lo explica muy bien san Pablo: «aunque somos muchos formamos un solo cuerpo» (1 Cor 10, 17: Segunda lectura de la Misa).

El Corpus es alimento para que crezcamos, nos hace vivir una vida distinta y eterna. «El que come de este pan vivirá para siempre» nos dice Jesús (Jn 6, 58).

Este alimento nos lo deja el Señor para tener fuerza y superar las dificultades: los desánimos, el cansancio.

En definitiva, nos lo da para llevar una mejor calidad de vida sobrenatural.

Nos deja un pan de esta vida que nos lleva a la otra. No solo eso, sino que quería estar con nosotros hasta el fin de los tiempos.

Dios quería ser nuestro. Y para eso, se hace alimento, algo que se come y que llega a formar parte íntima de cada uno, se hace uno con nosotros.
Y, luego dicen que el verbo comer no es poético. El amor nos lleva a comer al Señor.

Este Cuerpo se formó en la Virgen María. De alguna manera misteriosa Ella también está presente en la Eucaristía.

sábado, 6 de junio de 2020

DIOS ES UNA FAMILIA




Hoy celebramos el misterio principal de nuestra fe, que no hubiéramos conocido si el Señor no nos lo hubiera contado. Es la vida íntima de Dios la que viene a revelar Jesús.

Que Dios es Padre, que Dios es Hijo y que Dios es Espíritu Santo.

El Señor ha tenido paciencia hasta que ha podido decírnoslo. Si lo hubiera dicho antes, seguramente se hubiera pensado que hay tres dioses.

Al principio, Yavhé quería remarcar a su pueblo que era un solo Dios, que no había varios dioses.

Nos cuenta el libro del Éxodo (34, 4b–6. 8–9: Primera lectura de la Misa) como Moisés le pide a Dios que les acompañe siempre.

Moisés le dice que Israel es un pueblo duro de entendimiento, de «dura cerviz». Efectivamente, el pueblo elegido, no hubiera entendido en ese momento toda la verdad a cerca de Dios.

Una vez que asimilaron que Yavhé era Uno, Jesús revela que es un solo Dios pero que tiene tres Personas.

Esto es difícil de entender si uno no tiene fe. Lo dice el Señor en el Evangelio para que el mundo crea (cfr. Jn 3, 16–18: Evangelio de la Misa).

Hay muchas personas que ven con facilidad que Dios sea Uno. Son los creyentes de las tres religiones monoteístas: junto con los cristianos están los hebreos y los musulmanes. Los tres procedemos de la fe de Abraham.

En la Alhambra hay un poema en el que se explica, con mucha claridad, la fe de los musulmanes. El poeta dice que allí, la oración se dirigía «a un Dios solo».

Efectivamente, los musulmanes creen que Dios es Uno. Tanto lo remarcan que piensan que está solo. Y sin embargo Dios es una familia.

El misterio de la Santísima Trinidad no es un invento de la teología.

Claramente,  San Pablo en una de sus cartas desea que recibamos «la gracia» que nos ganó Dios Hijo muriendo en la cruz, «el amor» de Dios Padre que nos regaló la vida, y la unión con el Espíritu Santo (cfr. 2 Cor 13, 11–13: Segunda lectura de la Misa).

Esto es lo que deseamos a todos los que lean esto.

sábado, 30 de mayo de 2020

BORRACHOS SIN FRONTERA




Hace años se reunieron en Granada miles de personas para celebrar la llegada de la primavera haciendo un macrobotellón.

También se reunían miles de personas en Jerusalén el día de Pentecostés para celebrar la fiesta de la cosecha que se tenía cincuenta días después de la Pascua.

En ese día los discípulos del Señor estaban reunidos en un mismo lugar, unidos por el miedo que es lo más penoso que puede unir. Y, de repente, llegó el Amor de Dios (cfr. Primera lectura de la Misa: Hch 2, 1-11)

«Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar». Se llenaron del Espíritu Santo que produce los efectos del vino y empezaron a hablar.

Así pasaron aquellos primeros cristianos del miedo y la tristeza a la ilusión, a la ilusión de la juventud y así nació la iglesia (cfr. Prefacio de la Misa).

En cambio, en el botellón de Granada algunos pasaban del punto al coma, del puntillo al coma etílico.

Hay un filósofo español que ha escrito un libro que se titula: Breve tratado sobre la ilusión.

En castellano la palabra «ilusión» tiene varios significados. Se habla de un «iluso» cuando una persona tiene ideas que no están fundadas en la realidad.

Pero también el término «ilusión» tiene una carga positiva, por eso hay cosas que llamamos «ilusionantes». Es la ilusión tan propia de los niños, los locos y los borrachos.

Precisamente uno de los efectos de alcohol es transformar la realidad y hacerte más expansivo. Me contaron que algunos locutores de radio, antes de salir en antena se toman un copazo, para tener así más facilidad de palabra.

Pues el Amor de Dios, el Espíritu Santo, es como el vino que enardece, ilusiona y nos hace hablar con el lenguaje que la gente entiende, el lenguaje del corazón.

«Se llenaron del Espíritu Santo y hablaron de las maravillas de Dios», nos dice el Libro de los Hechos (2, 4).

La civilización antigua creó una torre que acabó separando a los hombres de Dios, y a los hombres entre sí, porque no hablaban el mismo lenguaje.

Eso fue Babel, el orgullo que condujo a la separación. Es lo contrario de Pentecostés. Porque el Amor de Dios no tiene barreras. Nos lleva a hablar en el lenguaje que todo el mundo entiende: el lenguaje del afecto.

Pero el lenguaje es un vehículo, lo importante es el contenido. El mensaje que nosotros tenemos que transmitir es que tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su Hijo. Esta es la maravilla de Dios (cfr. Hch 2, 11).

sábado, 23 de mayo de 2020

NUEVA NORMALIDAD




Últimas conversaciones

Todos los que hemos sufrido en estos días, queremos volver a nuestra vida normal. Y la cosa se ha organizado por fases hasta que lleguemos a una situación sin excesivos riesgos, que llaman “nueva normalidad”, pero que en realidad lo que querríamos es volver es a la vida de antes, no otra distinta y nueva.

Los apóstoles después de la pasión, una vez que resucitó el Señor, se dieron cuenta que a partir de entonces su vida no iba a ser igual que antes: Jesús había preparado unas fases de desescalada hasta el momento de marcharse. Fue entonces cuando inaguró una nueva normalidad en la vida de sus amigos. Todos hubieran preferido que la cosa volviera a ser como antes, pero no fue así.

Jesús, después de su resurrección, estuvo preparando a sus apóstoles para la tarea que debían realizar en esa nueva normalidad. Por espacio de cuarenta días fue visto por ellos y les habló de las cosas concernientes al reino de Dios (Act 1, 3).

No sería ya el tiempo de concederles gracias especiales sino de dar indicaciones para el gobierno y desarrollo de la Iglesia.

Algo similar ocurre en la época que nos ha tocado vivir. Ciertamente se da algún milagro, pero no suele ser una realidad tan corriente, como sucedió durante la vida pública de Jesús.

También hoy los milagros son excepcionales. El Señor nos escucha pero no hace milagrerías, sino que nos ayuda en la vida corriente para hacer mejor nuestras obligaciones.

Ahora el Señor nos pide la misión de llevar a cabo su Iglesia en este tiempo. Somos nosotros los continuadores de aquellos que escuchaban hablar a Jesús después de la resurrección.

En Israel, la cuarentena tiene un cierto simbolismo. Moisés había ayunado unos días antes de promulgar la ley; Elías ayunó cuarenta días antes de la restauración de la ley; y ahora, al cabo de cuarenta días de haber resucitado, el Señor dejó asentada la nueva ley del evangelio.

Y aquellos cuarenta días fueron de trato de Jesús con los apóstoles. El Señor les habló de lo divino y de lo humano: como ocurre en nuestra oración. La conversación con Él en esos ratos, nos ayuda a asentar la ley del evangelio en nuestra vida. Aunque no sea de modo milagroso sino a través de los muchos argumentos que el Señor nos inspira.

Además san Josemaría, al hablar de las tertulias, esas conversaciones familiares, en las que trataban de temas de la vida corriente, y que él aprovechaba para sacar punta espiritual de esos asuntos, él decía que se parecían a estas últimas conversaciones de Jesús con sus amigos.

Por eso para san Josemaría, el santo de lo ordinario, las charlas de familia eran como ratos de meditación. Y los que tuvimos la oportunidad de asistir a esas tertulias nos dábamos cuenta de que estaba haciendo oración mientras hablaba con nosotros.

En realidad todo se puede convertir en trato con Dios, pero especialmente esos momentos de vida de familia. En los que evitamos las discusiones, somos respetuosos con los demás e intentamos ser simpáticos. Y por supuesto, al sentir muy cerca al Señor, hablamos en su presencia. Y así, aunque tratemos de temas intrascendentes,  se notará que Jesús está en medio de nosotros.

Último gesto

Cuando esos cuarenta días tocaban a su fin, Jesús los condujo cerca de Betania (Lc 50), que era donde tendría lugar la despedida; no en Galilea, sino en Judea, pues allí había sufrido y allí también  tendría lugar su ascensión a la casa del Padre.

Y en el momento de su acenso, Jesús los bendijo. Aquel gesto de las manos sería el último recuerdo que conservarían los apóstoles. Sus manos, con las heridas de los clavos, se elevaron primero hacia el cielo y luego bajaron a la tierra, como si quisiera hacer descender bendiciones sobre los hombres.

Parecía como si esas manos traspasadas por los clavos distribuyeran mejor las bendiciones. En nuestro caso también la cruz que soportamos por los demás hace que haya a nuestro alrededor más gracia. Así nuestras heridas, elevadas al cielo mediante la oración, suben hacia Dios y el Señor las convierte en gracia.

En nuestra vida actual tenemos enfermedades y también heridas en el alma. Pero no deben hacernos avinagrar nuestro carácter,  porque nada nos puede hacer malos si nosotros no queremos. Al contrario, esas heridas del alma o del cuerpo podemos mostrarlas en nuestra oración para ayudar a las personas que lo necesitan. Sobre todo si esas personas han sido las causantes de ese mal. Pues la oración por los que se consideran nuestros enemigos es la más eficaz delante de nuestro Padre Dios.

Nosotros –como decía san Josemaría– al ir tras los pasos del Señor, notamos que Dios nos bendice con la cruz (cfr. Amigos de Dios, 132).

Precisamente en el Levítico, después de hacer una profecía sobre el Mesías se hablaba de la bendición del sumo sacerdote. Todos las Sagradas Escrituras hablan de Él, por eso desconocer las Escrituras es desconocer a Jesús.

Ahora ocurre que una vez que ha mostrado  que todas las profecías se habían cumplido en Él, se dispuso a bendecir antes de entrar en el santuario del cielo. Las manos heridas que sostienen el centro del universo dieron la bendición final

Mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado arriba al cielo... (Lc 24, 51).

Y se sentó a la diestra de Dios (Mc 16, 19).

Y ellos, habiéndole adorado, se volvieron a Jerusalén con gran gozo; y estaban de continuo en el templo, alabando y bendiciendo a Dios (Lc 24, 52-53)

En su despedida de este mundo también estuvo presente  la cruz, como sucedía en cada detalle, por pequeño que fuera, de su vida. Por eso la ascensión se realizó en el monte de los olivos, a cuyo pie se encuentra Betania.

Llevó a sus apóstoles a través de ese pueblo, lo que quiere decir que tuvieron que pasar por Getsemaní y por el mismo sitio en que Jesús había llorado a ver a Jerusalén.

Y no desde un trono, sino desde un monte situado por encima del huerto de retorcidos olivos teñidos con su sangre, Jesús realizó la última manifestación de su poder.

Su corazón no estaba amargado por la cruz, puesto que la ascensión era el fruto de aquella crucifixión. Como Él mismo había declarado, era necesario que padeciera para poder entrar en su gloria.

No dejó de ser Hombre

Todos los misterios de la vida del Señor están conectados pero hay una relación muy especial entre el primero y el último, entre la encarnación y la ascensión. Pues al asumir la naturaleza humana se hizo posible que Jesús sufriera y nos salvara. Y al revés, en la ascensión se glorificó a la naturaleza humana que había sido humillada hasta la muerte.

Gloria y cruz están muy relacionadas hasta llegar a ser la misma cosa, según nos dice san Juan, al hablar de la muerte con la que iba a ser glorificado Jesús. También en nuestra vida los sufrimientos pueden convertirse en condecoraciones si los padecemos por amor de Dios. Nuestros momentos de gloria no son los que hemos obtenido un éxito humano, sino cuando en el día a día convertimos los pequeños fracasos en oración.

Pues, en la Ascensión Jesús no abandonó la carne; y de esa forma sería el modelo a seguir, por otros hombres para llegar a la gloria, por medio de la participación en su vida.

Así dice san León Magno que con la Ascensión, nuestra naturaleza fue elevada por encima de todas las categorías de ángeles hasta compartir el trono de Dios (cfr. Sermón sobre la Ascensión del Señor 2,1-4). Seguramente esto humilló mucho a los ángeles soberbios. Su envidia sería muy grande porque un Hijo del hombre, inferior a ellos en naturaleza, ocupo el trono del Hijo de Dios.

Igual ocurre en esta vida, los más cercanos al Señor no son siempre los más inteligentes, los que ocupan cargos importantes, sino los más humildes. La humildad es el trampolín de Dios para llegar alto. A veces en esta vida y, siempre, en la otra. Así el primer Papa no fue un teólogo sabio sino el jefe de una cooperativa de Pesca, de un lugar desconocido, de un país sin excesiva importancia.

Por eso, meditar la Ascensión, puede servir para que nuestras mentes y corazones tengan perspectiva de eternidad; para que busquemos las cosas de allá arriba, donde está nuestro Señor. Pero sin olvidar que las cosas terrenas son muy importantes, porque con ellas podemos obtener méritos para ganarnos la gloria.

De todas formas, resultaba muy difícil creer que Él, el Varón de dolores, familiarizado con la angustia, fuese el amado Hijo en quien el Padre se complacía. Era difícil creer que, quien no había bajado de la cruz, pudiera subir ahora al cielo. Pero la ascensión disipaba todas estas dudas porque introdujo su naturaleza humana en una comunión íntima con Dios.

Igual nos puede suceder a nosotros: es difícil creer que una persona que ha perdido su trabajo y tiene que hacer cola en Cáritas es un hombre amado por Dios. Nos resulta muy costoso pensar que una persona aquejada por la Covid-19 haya sido un agraciado del cielo.

En el caso de Jesús se burlaron de Él cuando los soldados le vendaron los ojos y le pedían que adivinara quién le golpeaba. Se mofaron de Él al ponerle un vestido real y por cetro una caña. Finalmente se burlaron de Él como sacerdote al desafiarle a que bajase de la cruz. Por eso, con la Ascensión se le aclamará según las humillaciones que había recibido como Profeta, como rey y como sacerdote.

También en nuestra vida hay quien se burla de nosotros cuando hablamos de Dios, o cuando hieren nuestra fama, o cuando se ríen porque rezamos. Pero por la pasión del Señor y la Ascensión formamos un pueblo de sacerdotes, de reyes y de profetas. Y lo mostramos al rezar, al trabajar y a hablar de Dios.

Otro motivo de la ascensión era que Jesús pudiera abogar en el cielo ante su Padre con una naturaleza humana común al resto de los hombres. Ahora podía, mostrar las llagas no sólo como insignias de victoria, sino también de petición por nosotros. Jesús elevó al Padre nuestras necesidades. Sería nuestro abogado delante de Él.

Por eso dice la Carta a los Hebreos: Ya que tenemos un Sumo Sacerdote que ha entrado en los cielos Jesús, el Hijo de Dios... Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino que, de manera semejante a nosotros, ha sido probado en todo, excepto en el pecado (4, 14-15).

Jesús, ya que eres humano como nosotros y además eres poderosísimo en cuanto Dios: ayúdanos a ser tan humanos como Tú, para llegar al cielo: eso si que sería una nueva normalidad.


sábado, 16 de mayo de 2020

Y LA CAJERA DE CARREFOUR



Con la Ascensión de Jesús al cielo, podría parecer que nos había dejado huérfanos (cfr. Evangelio de la Misa: Jn 14, 15-21).

Pero el Señor prometió que cuando se fuese junto al Padre, nos enviaría desde allí su Espíritu (cfr. Jn 15, 26 y 16, 7).

Es el Espíritu de Jesús y también el del Padre. Y nosotros le llamamos Espíritu Santo. (cfr. Primera lectura de la Misa: Hch 8, 5-8. 14-17). Y por eso decimos en el Credo que procede del Padre y del Hijo.

Recibir el Espíritu Santo es lo mismo que recibir el Amor de Dios.

El Amor es por definición un regalo. Una cosa que no es obligatoria, pero Dios nos regala porque él es bueno, no porque necesite darnos para su felicidad.

Hace poco unos recién casados me preguntaban precisamente eso: que si Dios necesita de nuestro amor. Le dije que en realidad no lo necesita. Si lo necesitase no sería Dios.

El Amor de Dios consiste en dar sin contrapartida. De lo contrario no sería regalo sino comercio.

Nadie piensa que en Carrefour regalan cosas, porque luego hay que pagar en la caja.

Pero Dios regala sin que necesite que le abonemos un ticket.

La aspiración de todo poeta es darse uno mismo, no dar una cosa: Como me gustaría ser lo que te doy, y no quien te lo da.

Esto que no lo puede hacer el ser humano lo hace Dios: nos entrega su ser, se nos entrega a si mismo, al Amor en Persona, que es el Espíritu Santo.

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