sábado, 11 de julio de 2020

PAROLE



Palabras, palabras, palabras, así dice la letra de una canción italiana. Y así decimos cuando las palabras sólo significan sonidos de poco valor.

Sin embargo hay otras palabras que se clavan como puñales, para bien o para mal. Unas son las palabras de amor sinceras y bellas, y otras son flechas envenenadas.

Pero de Dios sólo nos pueden venir palabras sinceras y buenas, porque Él es bueno. Y si hieren, es porque estamos enfermos, y ellas nos pueden sanar (cfr. Primera lectura de la Misa: Is 55,10-11).

Por eso cuando la palabra de Dios cae en buena tierra siempre da fruto (cfr. Respuesta del Salmo de la Misa: Lc 8,8).

Aunque el fruto de nuestra conversión, no se da sin esfuerzo. En esta tierra la semilla tiene que morir para que dé fruto .

La palabra de Dios no se siembra sin esfuerzo, ni da fruto sin sufrimiento. San Pablo habla de dolores de parto, hasta que nos transformemos, hasta que nos convirtamos en otra criatura (cfr. Segunda Lectura de la Misa: Rom 8,18-23).

Además para que haya fruto la tierra tiene que ser buena. Esta es nuestra misión: conseguir que nuestro corazón este preparado (cfr Evangelio de la Misa: 13,1-23).

La tierra de nuestro corazón puede estar llena de piedras que hace que no arraigue la palabra de Dios cuando hay dificultades. Pero las verdaderas dificultades están dentro, no fuera de nosotros.

También están las zarzas de las preocupaciones excesivas por lo material, que ahogan la voz de Dios.

Y también la superficialidad, porque nuestro corazón se ha convertido en un lugar de paso, un camino que puede transitar cualquier idea. La palabra de Dios no arraiga en un alma de portera. Esto es un modo de decir, porque las porteras suelen parar muchas goles, que quiere colarnos los intrusos.

Todo lo que nos cuenta nuestro Señor en el Evangelio puede resultar interesante, pero sonarnos como palabras bonitas: parole, parole, parole, que dice la canción.

Pero no olvidemos que son palabras de honor, puesto que nuestro señor murió por mantenerlas. Así fue, la Palabra de Dios murió crucificada. Pero resucitó. La semilla tuvo que morir para dar fruto.

domingo, 5 de julio de 2020

LOS SECRETOS DEL REINO



Jesús es Rey (cfr. Salmo responsorial: 144). Pero de un Reino especial, que tiene sus secretos.

Los reinos de este mundo nos hablan de poder. Cuando uno manda se dice que es Rey: los Reyes del petróleo, el Rey de la tierra batida es el número uno en el tenis. Un rey manda en su parcela de poder: por eso se habla del rey del cuadrilátero.

Sin embargo el reino de Jesucristo es distinto: no se caracteriza por el mando sino por la mansedumbre. Dios es un rey que no se enfada, que no quiere imponer su autoridad, ni siquiera nos obliga a quererle.

Su reinado se basa en la libertad. Dios no quiere siervos sino hijos, que hacen la voluntad de su padre porque les da la real gana.

Por eso la Sagrada Escritura nos habla de un rey que no viene montado en una lujosa carroza, sino que su trono es un borriquillo manso (cfr. Primera lectura de la Misa: Za 9,9-10).

Y precisamente son la gente de corazón sencillo los que entienden «los secretos» de este reino especial (Evangelio: Mt 11,25).

Los sencillos de corazón son los que no tienen el corazón dividido. Los que no intentan servir a Dios haciéndolo compatible con otros reinados.

Eso se sabe porque el reinado de Jesús en el alma da paz: el Amor de Dios llena el corazón (cfr. Segunda lectura: Rom 8,9.11-13).

Y entonces se quiere incluso a los enemigos. Y nadie en la tierra nos puede hacer malos y así somos realmente libres, como reyes verdaderos. Como Dios, que no nos quiere porque nosotros seamos buenos, sino porque Él es bueno

sábado, 27 de junio de 2020

UN PROYECTO COMÚN



El próximo día 29 celebraremos la fiesta De San Pedro y San Pablo (cfr. Mt 16, 13-19: Evangelio de la Misa del día).

La verdad, es que los dos Apóstoles eran muy distintos.

Tenían diferencias por nacimiento (San Pablo no era de Palestina), por culturas. Incluso también las profesiones que desarrollaban no se parecían en nada.

Muchas cosas los separaban en lo humano, y también en los espiritual: Pedro había vivido con el Señor, y Pablo había sido enemigo declarado de los cristianos.

Pablo era un experto en la Escritura, y Simón tenía una cultura teológica elemental.

Todo esto es complementario, porque tenían un proyecto común.

«Pedro fue el primero en confesar la fe, Pablo, el maestro insigne que la interpretó» (Prefacio de la Misa).

Participaban de la misma empresa aunque tuviesen puntos de vista diferentes. Mejor: así se adaptaban a todas las sensibilidades.

Los dos estaban en la tierra para lo mismo: salvar almas. Pero de distinta forma: Pedro «fundó la primitiva iglesia con el pueblo de Israel, Pablo la extendió a todas las gentes» (Prefacio).

Hoy le damos gracias a Dios por haber hecho a los santos tan diferentes y tan amigos.

Porque no se fijaban en lo que les separaba sino en lo que les unía: la amistad con el Señor.

Siendo distintos quieren lo mismo: salvar almas, como San Pedro y San Pablo.

Al comenzar hoy el año de San Pablo, hacemos el propósito de aprender a hacer apostolado en nuestro ambiente, cada uno a su manera de ser. Sin miedos.

En la Iglesia hay maneras muy distintas de actuar. Lo importante no son las diferencias, sino tener un mismo proyecto común. Nuestro proyecto común es llevar almas al Cielo.

La manera, quizá, más frecuente de hacerlo es hablando de Dios de tú a tú, a través de la amistad: este es el mejor regalo que le podemos hacer a las personas que queremos.

Para eso hemos nacido, para ser santos y hacer apostolado.

–¡Reina de los Apóstoles, San Pedro y San Pablo ayudádnos en nuestro proyecto común!

sábado, 20 de junio de 2020

EL CUCHICHEO DE LA GENTE


Todos los que han querido hacer el bien han encontrado dificultades.

El profeta Jeremías habla del «cuchicheo de la gente» (Primera lectura de la Misa: cfr. 20,10-13).

En la actualidad el bien no es aplaudido, es cierto. Pero esto ha ocurrido siempre.

De todas formas nuestro Señor nos dice a los cristianos, que no es para tanto: «que no tengamos miedo» a los que nos quieran hacer daño (cfr. Evangelio de la Misa: Mt 10,26-33).

Y la razón que nos da Jesús es que el Señor cuida de nosotros: estamos en buenas manos, en manos de nuestro Padre.

Desgraciadamente cuando la familia de un paciente le pregunta a un médico sobre el estado de salud del pariente, y el doctor responde que estamos en manos de Dios, parece entonces que las cosas están muy mal para el enfermo, que la medicina no puede hacer nada.

Pero tranquilo «hasta los cabellos de nuestra cabeza» los tenemos contados. Por eso dice el salmo que el «Señor escucha» a los necesitados (cfr. Responsorial: Sal 68).

Ya se ve que en esta tierra si uno quiere hacer el bien casi siempre encontrará dificultades.

Pero esos obstáculos no los ha puesto el Señor sino el pecado, como nos dice San Pablo (cfr. Segunda lectura: Rom 5,12–15).

Por eso, si somos inteligentes, el miedo al que dirán no nos ha de mover. Lo que en realidad ha de preocuparnos es lo que puede dañar el alma: el cáncer que nos hace malos.

sábado, 13 de junio de 2020

DESDE QUE TE CONOZCO, COMO MÁS

En el libro del Deuteronomio, Dios nos habla de un alimento misterioso.

En aquel tiempo el Señor dio de comer a su pueblo un pan que nadie conocía.

Este pan era símbolo de otro, el de la fiesta que celebramos hoy.

Dice la Escritura que el hombre no sólo vive del pan natural, sino de otro tipo que es el pan sobrenatural.

A este alimento del cielo le llamamos Corpus Christi: el Cuerpo de nuestro Señor que se nos da como «verdadera comida» (Jn 6, 55: Evangelio de la Misa).

Este Cuerpo se compone de cabeza y miembros, que están unidos.

Esto lo explica muy bien san Pablo: «aunque somos muchos formamos un solo cuerpo» (1 Cor 10, 17: Segunda lectura de la Misa).

El Corpus es alimento para que crezcamos, nos hace vivir una vida distinta y eterna. «El que come de este pan vivirá para siempre» nos dice Jesús (Jn 6, 58).

Este alimento nos lo deja el Señor para tener fuerza y superar las dificultades: los desánimos, el cansancio.

En definitiva, nos lo da para llevar una mejor calidad de vida sobrenatural.

Nos deja un pan de esta vida que nos lleva a la otra. No solo eso, sino que quería estar con nosotros hasta el fin de los tiempos.

Dios quería ser nuestro. Y para eso, se hace alimento, algo que se come y que llega a formar parte íntima de cada uno, se hace uno con nosotros.
Y, luego dicen que el verbo comer no es poético. El amor nos lleva a comer al Señor.

Este Cuerpo se formó en la Virgen María. De alguna manera misteriosa Ella también está presente en la Eucaristía.

sábado, 6 de junio de 2020

DIOS ES UNA FAMILIA




Hoy celebramos el misterio principal de nuestra fe, que no hubiéramos conocido si el Señor no nos lo hubiera contado. Es la vida íntima de Dios la que viene a revelar Jesús.

Que Dios es Padre, que Dios es Hijo y que Dios es Espíritu Santo.

El Señor ha tenido paciencia hasta que ha podido decírnoslo. Si lo hubiera dicho antes, seguramente se hubiera pensado que hay tres dioses.

Al principio, Yavhé quería remarcar a su pueblo que era un solo Dios, que no había varios dioses.

Nos cuenta el libro del Éxodo (34, 4b–6. 8–9: Primera lectura de la Misa) como Moisés le pide a Dios que les acompañe siempre.

Moisés le dice que Israel es un pueblo duro de entendimiento, de «dura cerviz». Efectivamente, el pueblo elegido, no hubiera entendido en ese momento toda la verdad a cerca de Dios.

Una vez que asimilaron que Yavhé era Uno, Jesús revela que es un solo Dios pero que tiene tres Personas.

Esto es difícil de entender si uno no tiene fe. Lo dice el Señor en el Evangelio para que el mundo crea (cfr. Jn 3, 16–18: Evangelio de la Misa).

Hay muchas personas que ven con facilidad que Dios sea Uno. Son los creyentes de las tres religiones monoteístas: junto con los cristianos están los hebreos y los musulmanes. Los tres procedemos de la fe de Abraham.

En la Alhambra hay un poema en el que se explica, con mucha claridad, la fe de los musulmanes. El poeta dice que allí, la oración se dirigía «a un Dios solo».

Efectivamente, los musulmanes creen que Dios es Uno. Tanto lo remarcan que piensan que está solo. Y sin embargo Dios es una familia.

El misterio de la Santísima Trinidad no es un invento de la teología.

Claramente,  San Pablo en una de sus cartas desea que recibamos «la gracia» que nos ganó Dios Hijo muriendo en la cruz, «el amor» de Dios Padre que nos regaló la vida, y la unión con el Espíritu Santo (cfr. 2 Cor 13, 11–13: Segunda lectura de la Misa).

Esto es lo que deseamos a todos los que lean esto.

sábado, 30 de mayo de 2020

BORRACHOS SIN FRONTERA




Hace años se reunieron en Granada miles de personas para celebrar la llegada de la primavera haciendo un macrobotellón.

También se reunían miles de personas en Jerusalén el día de Pentecostés para celebrar la fiesta de la cosecha que se tenía cincuenta días después de la Pascua.

En ese día los discípulos del Señor estaban reunidos en un mismo lugar, unidos por el miedo que es lo más penoso que puede unir. Y, de repente, llegó el Amor de Dios (cfr. Primera lectura de la Misa: Hch 2, 1-11)

«Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar». Se llenaron del Espíritu Santo que produce los efectos del vino y empezaron a hablar.

Así pasaron aquellos primeros cristianos del miedo y la tristeza a la ilusión, a la ilusión de la juventud y así nació la iglesia (cfr. Prefacio de la Misa).

En cambio, en el botellón de Granada algunos pasaban del punto al coma, del puntillo al coma etílico.

Hay un filósofo español que ha escrito un libro que se titula: Breve tratado sobre la ilusión.

En castellano la palabra «ilusión» tiene varios significados. Se habla de un «iluso» cuando una persona tiene ideas que no están fundadas en la realidad.

Pero también el término «ilusión» tiene una carga positiva, por eso hay cosas que llamamos «ilusionantes». Es la ilusión tan propia de los niños, los locos y los borrachos.

Precisamente uno de los efectos de alcohol es transformar la realidad y hacerte más expansivo. Me contaron que algunos locutores de radio, antes de salir en antena se toman un copazo, para tener así más facilidad de palabra.

Pues el Amor de Dios, el Espíritu Santo, es como el vino que enardece, ilusiona y nos hace hablar con el lenguaje que la gente entiende, el lenguaje del corazón.

«Se llenaron del Espíritu Santo y hablaron de las maravillas de Dios», nos dice el Libro de los Hechos (2, 4).

La civilización antigua creó una torre que acabó separando a los hombres de Dios, y a los hombres entre sí, porque no hablaban el mismo lenguaje.

Eso fue Babel, el orgullo que condujo a la separación. Es lo contrario de Pentecostés. Porque el Amor de Dios no tiene barreras. Nos lleva a hablar en el lenguaje que todo el mundo entiende: el lenguaje del afecto.

Pero el lenguaje es un vehículo, lo importante es el contenido. El mensaje que nosotros tenemos que transmitir es que tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su Hijo. Esta es la maravilla de Dios (cfr. Hch 2, 11).

sábado, 23 de mayo de 2020

NUEVA NORMALIDAD




Últimas conversaciones

Todos los que hemos sufrido en estos días, queremos volver a nuestra vida normal. Y la cosa se ha organizado por fases hasta que lleguemos a una situación sin excesivos riesgos, que llaman “nueva normalidad”, pero que en realidad lo que querríamos es volver es a la vida de antes, no otra distinta y nueva.

Los apóstoles después de la pasión, una vez que resucitó el Señor, se dieron cuenta que a partir de entonces su vida no iba a ser igual que antes: Jesús había preparado unas fases de desescalada hasta el momento de marcharse. Fue entonces cuando inaguró una nueva normalidad en la vida de sus amigos. Todos hubieran preferido que la cosa volviera a ser como antes, pero no fue así.

Jesús, después de su resurrección, estuvo preparando a sus apóstoles para la tarea que debían realizar en esa nueva normalidad. Por espacio de cuarenta días fue visto por ellos y les habló de las cosas concernientes al reino de Dios (Act 1, 3).

No sería ya el tiempo de concederles gracias especiales sino de dar indicaciones para el gobierno y desarrollo de la Iglesia.

Algo similar ocurre en la época que nos ha tocado vivir. Ciertamente se da algún milagro, pero no suele ser una realidad tan corriente, como sucedió durante la vida pública de Jesús.

También hoy los milagros son excepcionales. El Señor nos escucha pero no hace milagrerías, sino que nos ayuda en la vida corriente para hacer mejor nuestras obligaciones.

Ahora el Señor nos pide la misión de llevar a cabo su Iglesia en este tiempo. Somos nosotros los continuadores de aquellos que escuchaban hablar a Jesús después de la resurrección.

En Israel, la cuarentena tiene un cierto simbolismo. Moisés había ayunado unos días antes de promulgar la ley; Elías ayunó cuarenta días antes de la restauración de la ley; y ahora, al cabo de cuarenta días de haber resucitado, el Señor dejó asentada la nueva ley del evangelio.

Y aquellos cuarenta días fueron de trato de Jesús con los apóstoles. El Señor les habló de lo divino y de lo humano: como ocurre en nuestra oración. La conversación con Él en esos ratos, nos ayuda a asentar la ley del evangelio en nuestra vida. Aunque no sea de modo milagroso sino a través de los muchos argumentos que el Señor nos inspira.

Además san Josemaría, al hablar de las tertulias, esas conversaciones familiares, en las que trataban de temas de la vida corriente, y que él aprovechaba para sacar punta espiritual de esos asuntos, él decía que se parecían a estas últimas conversaciones de Jesús con sus amigos.

Por eso para san Josemaría, el santo de lo ordinario, las charlas de familia eran como ratos de meditación. Y los que tuvimos la oportunidad de asistir a esas tertulias nos dábamos cuenta de que estaba haciendo oración mientras hablaba con nosotros.

En realidad todo se puede convertir en trato con Dios, pero especialmente esos momentos de vida de familia. En los que evitamos las discusiones, somos respetuosos con los demás e intentamos ser simpáticos. Y por supuesto, al sentir muy cerca al Señor, hablamos en su presencia. Y así, aunque tratemos de temas intrascendentes,  se notará que Jesús está en medio de nosotros.

Último gesto

Cuando esos cuarenta días tocaban a su fin, Jesús los condujo cerca de Betania (Lc 50), que era donde tendría lugar la despedida; no en Galilea, sino en Judea, pues allí había sufrido y allí también  tendría lugar su ascensión a la casa del Padre.

Y en el momento de su acenso, Jesús los bendijo. Aquel gesto de las manos sería el último recuerdo que conservarían los apóstoles. Sus manos, con las heridas de los clavos, se elevaron primero hacia el cielo y luego bajaron a la tierra, como si quisiera hacer descender bendiciones sobre los hombres.

Parecía como si esas manos traspasadas por los clavos distribuyeran mejor las bendiciones. En nuestro caso también la cruz que soportamos por los demás hace que haya a nuestro alrededor más gracia. Así nuestras heridas, elevadas al cielo mediante la oración, suben hacia Dios y el Señor las convierte en gracia.

En nuestra vida actual tenemos enfermedades y también heridas en el alma. Pero no deben hacernos avinagrar nuestro carácter,  porque nada nos puede hacer malos si nosotros no queremos. Al contrario, esas heridas del alma o del cuerpo podemos mostrarlas en nuestra oración para ayudar a las personas que lo necesitan. Sobre todo si esas personas han sido las causantes de ese mal. Pues la oración por los que se consideran nuestros enemigos es la más eficaz delante de nuestro Padre Dios.

Nosotros –como decía san Josemaría– al ir tras los pasos del Señor, notamos que Dios nos bendice con la cruz (cfr. Amigos de Dios, 132).

Precisamente en el Levítico, después de hacer una profecía sobre el Mesías se hablaba de la bendición del sumo sacerdote. Todos las Sagradas Escrituras hablan de Él, por eso desconocer las Escrituras es desconocer a Jesús.

Ahora ocurre que una vez que ha mostrado  que todas las profecías se habían cumplido en Él, se dispuso a bendecir antes de entrar en el santuario del cielo. Las manos heridas que sostienen el centro del universo dieron la bendición final

Mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado arriba al cielo... (Lc 24, 51).

Y se sentó a la diestra de Dios (Mc 16, 19).

Y ellos, habiéndole adorado, se volvieron a Jerusalén con gran gozo; y estaban de continuo en el templo, alabando y bendiciendo a Dios (Lc 24, 52-53)

En su despedida de este mundo también estuvo presente  la cruz, como sucedía en cada detalle, por pequeño que fuera, de su vida. Por eso la ascensión se realizó en el monte de los olivos, a cuyo pie se encuentra Betania.

Llevó a sus apóstoles a través de ese pueblo, lo que quiere decir que tuvieron que pasar por Getsemaní y por el mismo sitio en que Jesús había llorado a ver a Jerusalén.

Y no desde un trono, sino desde un monte situado por encima del huerto de retorcidos olivos teñidos con su sangre, Jesús realizó la última manifestación de su poder.

Su corazón no estaba amargado por la cruz, puesto que la ascensión era el fruto de aquella crucifixión. Como Él mismo había declarado, era necesario que padeciera para poder entrar en su gloria.

No dejó de ser Hombre

Todos los misterios de la vida del Señor están conectados pero hay una relación muy especial entre el primero y el último, entre la encarnación y la ascensión. Pues al asumir la naturaleza humana se hizo posible que Jesús sufriera y nos salvara. Y al revés, en la ascensión se glorificó a la naturaleza humana que había sido humillada hasta la muerte.

Gloria y cruz están muy relacionadas hasta llegar a ser la misma cosa, según nos dice san Juan, al hablar de la muerte con la que iba a ser glorificado Jesús. También en nuestra vida los sufrimientos pueden convertirse en condecoraciones si los padecemos por amor de Dios. Nuestros momentos de gloria no son los que hemos obtenido un éxito humano, sino cuando en el día a día convertimos los pequeños fracasos en oración.

Pues, en la Ascensión Jesús no abandonó la carne; y de esa forma sería el modelo a seguir, por otros hombres para llegar a la gloria, por medio de la participación en su vida.

Así dice san León Magno que con la Ascensión, nuestra naturaleza fue elevada por encima de todas las categorías de ángeles hasta compartir el trono de Dios (cfr. Sermón sobre la Ascensión del Señor 2,1-4). Seguramente esto humilló mucho a los ángeles soberbios. Su envidia sería muy grande porque un Hijo del hombre, inferior a ellos en naturaleza, ocupo el trono del Hijo de Dios.

Igual ocurre en esta vida, los más cercanos al Señor no son siempre los más inteligentes, los que ocupan cargos importantes, sino los más humildes. La humildad es el trampolín de Dios para llegar alto. A veces en esta vida y, siempre, en la otra. Así el primer Papa no fue un teólogo sabio sino el jefe de una cooperativa de Pesca, de un lugar desconocido, de un país sin excesiva importancia.

Por eso, meditar la Ascensión, puede servir para que nuestras mentes y corazones tengan perspectiva de eternidad; para que busquemos las cosas de allá arriba, donde está nuestro Señor. Pero sin olvidar que las cosas terrenas son muy importantes, porque con ellas podemos obtener méritos para ganarnos la gloria.

De todas formas, resultaba muy difícil creer que Él, el Varón de dolores, familiarizado con la angustia, fuese el amado Hijo en quien el Padre se complacía. Era difícil creer que, quien no había bajado de la cruz, pudiera subir ahora al cielo. Pero la ascensión disipaba todas estas dudas porque introdujo su naturaleza humana en una comunión íntima con Dios.

Igual nos puede suceder a nosotros: es difícil creer que una persona que ha perdido su trabajo y tiene que hacer cola en Cáritas es un hombre amado por Dios. Nos resulta muy costoso pensar que una persona aquejada por la Covid-19 haya sido un agraciado del cielo.

En el caso de Jesús se burlaron de Él cuando los soldados le vendaron los ojos y le pedían que adivinara quién le golpeaba. Se mofaron de Él al ponerle un vestido real y por cetro una caña. Finalmente se burlaron de Él como sacerdote al desafiarle a que bajase de la cruz. Por eso, con la Ascensión se le aclamará según las humillaciones que había recibido como Profeta, como rey y como sacerdote.

También en nuestra vida hay quien se burla de nosotros cuando hablamos de Dios, o cuando hieren nuestra fama, o cuando se ríen porque rezamos. Pero por la pasión del Señor y la Ascensión formamos un pueblo de sacerdotes, de reyes y de profetas. Y lo mostramos al rezar, al trabajar y a hablar de Dios.

Otro motivo de la ascensión era que Jesús pudiera abogar en el cielo ante su Padre con una naturaleza humana común al resto de los hombres. Ahora podía, mostrar las llagas no sólo como insignias de victoria, sino también de petición por nosotros. Jesús elevó al Padre nuestras necesidades. Sería nuestro abogado delante de Él.

Por eso dice la Carta a los Hebreos: Ya que tenemos un Sumo Sacerdote que ha entrado en los cielos Jesús, el Hijo de Dios... Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino que, de manera semejante a nosotros, ha sido probado en todo, excepto en el pecado (4, 14-15).

Jesús, ya que eres humano como nosotros y además eres poderosísimo en cuanto Dios: ayúdanos a ser tan humanos como Tú, para llegar al cielo: eso si que sería una nueva normalidad.


sábado, 16 de mayo de 2020

Y LA CAJERA DE CARREFOUR



Con la Ascensión de Jesús al cielo, podría parecer que nos había dejado huérfanos (cfr. Evangelio de la Misa: Jn 14, 15-21).

Pero el Señor prometió que cuando se fuese junto al Padre, nos enviaría desde allí su Espíritu (cfr. Jn 15, 26 y 16, 7).

Es el Espíritu de Jesús y también el del Padre. Y nosotros le llamamos Espíritu Santo. (cfr. Primera lectura de la Misa: Hch 8, 5-8. 14-17). Y por eso decimos en el Credo que procede del Padre y del Hijo.

Recibir el Espíritu Santo es lo mismo que recibir el Amor de Dios.

El Amor es por definición un regalo. Una cosa que no es obligatoria, pero Dios nos regala porque él es bueno, no porque necesite darnos para su felicidad.

Hace poco unos recién casados me preguntaban precisamente eso: que si Dios necesita de nuestro amor. Le dije que en realidad no lo necesita. Si lo necesitase no sería Dios.

El Amor de Dios consiste en dar sin contrapartida. De lo contrario no sería regalo sino comercio.

Nadie piensa que en Carrefour regalan cosas, porque luego hay que pagar en la caja.

Pero Dios regala sin que necesite que le abonemos un ticket.

La aspiración de todo poeta es darse uno mismo, no dar una cosa: Como me gustaría ser lo que te doy, y no quien te lo da.

Esto que no lo puede hacer el ser humano lo hace Dios: nos entrega su ser, se nos entrega a si mismo, al Amor en Persona, que es el Espíritu Santo.

sábado, 9 de mayo de 2020

OBISPOS TAMBIÉN




Algunos dicen: Jesucristo sí, Iglesia no. Que es lo mismo que decir que Jesucristo no es Dios.

Los cristianos creemos que el Señor ha resucitado y que vive porque es Dios. En el Evangelio nos dice que es «el camino» (Misa de hoy: Jn 14,1-12).

Esto es así: Jesucristo es el camino que nos conduce al cielo pasando por Roma.

Es impensable que el Señor hubiera fundado una Iglesia y se le hubiera ido de las manos. La Iglesia de Jesucristo no ha cambiado, porque la sigue gobernando su cabeza, que es Cristo.

Y el romano pontífice es su representante, por eso escribe San Pedro, como primer Papa, que Jesús es la «piedra angular» del edificio de la Iglesia (Segunda lectura de la Misa: 1P 2,4-9).

Ese Templo del Espíritu Santo, que es la Iglesia también tiene otras «piedras vivas», que somos cada uno de nosotros.

También hay columnas que son los Apóstoles, los primeros obispos.

Como en cualquier familia, también en la Iglesia de Jesucristo, desde el primer momento hubo distintas sensibilidades (Primera lectura: Hch 6, 1–7).

Pero eso no es ningún problema, porque el Señor eso nos gobierna a través de los pastores de la Iglesia.

Por eso los que creemos decimos:  Jesucristo sí, obispos también.

viernes, 1 de mayo de 2020

MI MONITOR DE ESQUÍ




Es una realidad que en esta vida el Señor va con nosotros. No es cierto que vayamos solos. Jesús vive en estos momentos.

Palestina es un lugar estupendo para ir a ver como vivió durante treinta y pocos años. Pero después de la Resurrección de Jesús el resto del Planeta se ha convertido también en la Tierra Santa: donde Jesús se mueve, escucha, habla... y va con nosotros.

El Señor es mi pastor, nada me falta, dice el Salmo (22. Responsorial de la Misa)... Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo.

Efectivamente, tenemos a Jesús a nuestro lado: va delante de nosotros como hace un pastor (cfr. Segunda lectura: 1 Pe 2,25).

Así dice el Evangelio (en la Misa de  hoy: Jn 10, 1-10). Al hablar a aquellas personas  que trabajaban en el campo el Señor emplea la figura del pastor, para explicar que el va delante para facilitarnos el camino.

Hoy vivimos en ciudades y la gente no se hace idea de lo que representaba un pastor en otros tiempos. Pero es cierto que también hay un gusto por la naturaleza y el deporte.

Hace unos meses me decía una persona que había subido a la Sierra (Nevada) para esquiar, y que tuvo la suerte de tener a un profesor que con mucha paciencia le enseñó a manejarse.

Quizá tendríamos que traducir el salmo, diciendo: el Señor es mi monitor de esquí, yendo a su lado todo es más sencillo.

Aunque no sea literariamente muy correcto decir esto, nos puede servir para entender, lo que San Pedro dijo el día del nacimiento de la Iglesia: «convertios» (Primera lectura: Hch 2, 14ª.36-41).

Eso es lo que debemos hacer «cambiar» y no pensar que estamos solos, cuando en realidad el Señor nos acompaña hasta a hacer deporte.

sábado, 25 de abril de 2020

EL ASOMBRO





La presencia inesperada

Nos dice el evangelio de la Misa: Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron (Lc 24, 31).

Lo que tú y yo pretendemos es reconocer a nuestro Señor en el camino de la vida ordinaria. Cuando estamos desesperanzados porque pensábamos que ser cristiano consistía en otra cosa más deslumbrante.

Por eso le decimos ahora: ¡Señor, que te vea! ¡Que te contemple, que te quiera!

¡Que me asombre ante las cosas grandes que hace tu Amor!

Los llamados discípulos de Emaús se maravillan ante esa presencia inesperada del Señor. Hoy pedimos que también nosotros sepamos descubrir el Amor escondido.

San Josemaría contemplaba la Eucaristía como esa Rosa escondida.

¡Señor, que yo sienta ese perfume divino! ¡Que me atraiga, y entonces correré por el camino de tu amor!

Contemplar al Señor en la Eucaristía. A eso vamos hoy a la oración. Ese fue el «programa» que nos indicó Juan Pablo II al comienzo del tercer milenio. Y realmente el milenio ha comenzado en el 2020: una año que supondrá un antes y un después en la historia de los hombres.

Contemplar a Cristo implica saber reconocerle donde se manifieste. Por eso vamos a la oración a escuchar en silencio. Queremos que Él nos habrá su intimidad como hizo con aquellos dos que iban tristes y desanimados. Con Jesús nunca estaremos solos, porque nos escucha cuando le pedimos que se quede con nosotros. Y realmente se ha quedado en la Eucaristía.

Él se manifiesta, sobre todo en el Sacramento vivo de su cuerpo y de su sangre. De ahí que la Iglesia vive del Cristo eucarístico: nosotros también. Nuestra vida interior y nuestra misión daría un cambio impresionante si fuéramos  almas de Eucaristía.

Juan Pablo II en una de sus últimas Cartas deseaba suscitar en nosotros el «asombro» eucarístico. Asombro ante la Eucaristía: revivir de algún modo la experiencia de los dos discípulos de Emaús: Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron.

Fomentar el asombro

El asombro tiene que ver con la novedad y con lo inesperado. Los niños se asombran mucho. Podemos pedirle al Señor: ser como niños para no tonarnos las cosas de forma cansina y rutinaria.

Tengo la suerte de tener una sobrina que a sus cuatro años ya manifiesta la herencia artística de sus padres. Ahora que está confinada, al mirar por la ventana, ante la vista de un árbol, se queda extasiada.

La verdad es que en mi vida he aprendido mucho de los niños. Durante años fui capellán de un colegio de Granada. Mirando al babi que llevaban encima del uniforme se sabía lo que habían comido ese día, porque lo llevaban “impreso” allí mismo. En la tela estaban las manchas de tomate, pues de primero habían comido macarrones, también estaba la mayonesa del segundo plato, y de postre un yogur, porque se veían, y casi tocaban, los restos en el babi.

Con muy buen criterio las seños les decía a los de infantil que entraran en el oratorio sin el babi. Y como señal de respeto ellos se lo quitaban para ver a Jesús.

Los niños ya me conocían porque iba a sus clases vestido con mi traje talar. Incluso los más pequeños decían, mientras me señalaban: –Mira el Papa. O apuntando con el dedo: –Mira Dios.

La cosa más curiosa me pasó un día, a la entrada del oratorio. Allí, junto a la puerta había un tiesto grande con unas flores. Y, al intentar pasar la puerta, note que se me había enganchado los bajos de la sotana. Mire hacia la maceta, pero era un niño el que me había cogido la tela del hábito... y con unos ojos enormes me miraba. Y muy extrañado me dijo:

 –Y ¿tú, porqué entras al oratorio con babi?

El asombro de un niño ante la Eucaristía, es también cariño: dejan sus regalos. Con frecuencia antes de salir del colegio me dirigía al sagrario y veía un pequeño caramelo de los buenos, un sugus de Suchard.  Y con mucha ternura me los guardaba.

A la mañana siguiente los niños iban a ver lo que había pasado, porque pensaban que Jesús abría la puerta y los cogía. Su extrañeza era grande, no porque no estuviese el caramelo sino porque no había dejado ni siquiera el papel.

Realmente los hombres nos acostumbramos a todo, tanto a las cosas buenas como a las cosas malas, esa es nuestra capacidad de adaptación: hasta nos aburrimos de vivir en un palacio...

Vamos a pedirle al Señor que se nos ha quedado en la Eucaristía:
Que no me acostumbre jamás a tratarte.

Reconocer a nuestro Señor eso es lo que nosotros pretendemos: ¡Señor, que te vea! ¡Que te contemple, que te quiera!

FORO DE HOMILÍAS

Homilías breves predicables organizadas por tiempo litúrgico, temas, etc.... Muchas se encuentran ampliadas en el Foro de Meditaciones