miércoles, 25 de noviembre de 2020

LA PARADA DEL BUS



La palabra adviento significa «venida». Y la Iglesia quiere que durante este tiempo nos preparemos especialmente para la llegada del Señor.

Los cristianos de todos los tiempos han pedido: –Ven Señor, no tardes.

San Pablo escribió a los de Corinto que los cristianos aguardamos, esperamos, que el Señor regrese la segunda vez (Segunda lectura de la Misa:1 Cor 1, 3-9).

Se enteró de que algunos cristianos de esa ciudad no creían en la vida eterna. Por eso les escribe hablando de la Resurrección de Jesús, y de la nuestra, que tendrá lugar «el día del Señor».

En un ambiente tan superficial cabía el peligro de no pensar nada más que en lo que tenían entre manos. San Pablo les anima a levantar la vista, y que pensasen que el Señor vive, y volverá.

Desde luego no sabemos cuando vendrá Jesús y por eso tiene interés para nosotros seguir el consejo del Señor: «velad» (Evangelio de la Misa: Mc 13, 37).

Con ese concepto se resume nuestro modo de estar en este mundo. Por eso nuestra vida en la tierra se podría comparar a una parada de autobús. Todos estamos esperando alguna línea.

Sería como para preguntarle a la persona del al lado: –¿Tú qué número esperas?

La mayoría de la gente está en la parada esperando al 13, que es el que lleva al cementerio. Es una pena tener esa aspiración.

Los cristianos esperamos al que nos lleva al aeropuerto. Jesús que llega desde el Cielo.

Hace muchos siglos un profeta entusiasta decía: –«Ojalá rasgases el cielo y bajases» (cfr. Primera Lectura: Is 63, 19b)

Esto ocurrió hace más de dos mil años, en una pequeña localidad de Palestina. Ahora aguardamos la segunda llegada. Pero hay una diferencia.

Y es que a los santos le da un poco igual la fecha de esa segunda venida, porque no tienen curiosidad sino amor.

La primera llegada de Jesús no la vimos nosotros, y quizá tampoco la gloriosa nos tocará.

Es el corazón el que descubre, que no sólo hay dos venidas: hay llegadas diarias del Señor, y esas son las que tenemos que vigilar que no se nos escapen.

Sobre todo llega en la Santa Misa: allí se hace presente con su cuerpo. Y se queda en el sagrario. Nos puede ayudar a prepararnos para la Comunión decirle: –Ven, Señor.

Ir al Cielo esta es meta de nuestra vida. Pero si queremos subirnos al bus de Dios, que nos llevará a su Casa, necesitamos comprar el billete.

El billete nos lo va a regalar nuestro Padre del Cielo, con un poco de gracia. Nos lo regala en la oración, en la Misa, en la Confesión, y en otras de sus venidas frecuentes.

A mucha gente hay que preguntarle ahora que estamos en la parada:

–¿Tú esperas el mismo bus que yo?

Hemos de ayudarles a que levante su pensamiento al Cielo, como hizo San Pablo con los de Corinto.

El amor no tiene en cuenta «el que dirán». Por eso si queremos salir de la tibieza hemos de pedir: –Ven, Señor, a mis labios.

–¡Ven, Señor, Jesús, acompañado de tu madre!

jueves, 19 de noviembre de 2020

EL GRAN DIVORCIO


El año litúrgico acaba con la fiesta de Cristo Rey. Porque Jesús es el Señor de la Historia.

El género humano empezó con un hombre que quería ser Dios, y la historia terminará con la llegada de un Dios que ha querido hacerse Hombre.

Y «si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida» (1 Cor 15,20-26ª.28: Segunda lectura de la Misa).

Cristo vendrá como Dios, como Señor, como el Pastor de su Pueblo.

David, en el Salmo 22, dice que verdaderamente el Señor es el pastor de cada uno de nosotros (cfr. Responsorial de la Misa).

Este profeta que, además era rey de Israel, en su juventud se había dedicado a cuidar un rebaño, describe a Dios así.

Y otro profeta, Ezequiel, nos habla de que el Señor juzgará a sus ovejas (Primera lectura de la Misa: 34,11-12.15-17). Porque nos ha hecho libres: nadie nos obliga a hacer el bien. Y si hacemos el mal, también es porque nosotros queremos.

En este aspecto, el Señor es claro, como se lee en el Evangelio (de la Misa: Mt 25,31-46) «Se sentará en el trono de su gloria y separará a unos de otros». Jesús nos habla de una separación.

Todo esto me recuerda un libro que escribió un autor inglés que llevaba por título «El matrimonio entre el cielo y el infierno», en el que hablaba de que al final habrá una alianza entre Satán y Miguel, entre las cabras y las ovejas.

Y a este libro le respondió otro autor con una novela titulada «El gran divorcio». La tituló así porque no puede haber ningún tipo de matrimonio entre el bien y el mal.

No se arregla el error de una suma, pasándolo por alto y siguiendo: hay que rectificar el fallo, si no, el resultado es falso.

El mal ha de ser corregido, y es bueno que lo hagamos ahora que tenemos –¡cosa curiosa!– tiempo.

domingo, 8 de noviembre de 2020


El libro de los Proverbios alaba a una mujer que trabaja con profesionalidad: que actúa con previsión (Primera lectura: 31,10-13.19-20.30-31).


Sabemos que nuestra vida corriente tiene mucha transcendencia: no da igual hacer una cosa o no hacerla. No da igual una chapuza que una obra bien acabada.

El Señor en el Evangelio habla de la fidelidad en lo poco, en lo cotidiano, en lo que podemos hacer, no en lo imaginario (cfr. Mt 25,14-30)

Si somos buenos en la vida diaria el Señor nos promete el Cielo. Por eso no hay esperar cosas extraordinarias, que nos apartarían de lo verdaderamente importante.

Algunos cristianos de Tesalónica, pensando que el Señor iba a volver pronto, descuidaban el día a día. Y San Pablo les dice que la llegada del Señor no se sabe cuando será (1Ts 5,14-30: Segunda lectura de la Misa).

Lo que sí se sabe es que hay que darle valor al presente. Porque «el ahora» es lo que nos une a la eternidad.

La Virgen no hizo milagros, pero fue fiel al echarle sal al arroz y darle de comer a las gallinas.

Ella, en la vida corriente, estaba unida a Dios. Su único miedo era que algo le separara del Señor: este es el verdadero temor de Dios, del que nos habla el salmo (127: Responsorial). María no cayó en el error de separar a Dios de la vida diaria

Cuando estudiaba en la universidad, un profesor preguntó a las chicas que estaban en clase sobre el significado del titulo de una revista, «Ama», que por entonces leían muchas españolas:

–«Ama», ¿viene de amar o de ama de casa?

No supieron responderle... Y da igual.

Por eso la Virgen, cuando estaba en los detalles, era el «ama». Y no es de extrañar que cuando el Señor inspiró el libro de los Proverbios, donde se habla de la mujer 10, pensara en su Madre.

sábado, 7 de noviembre de 2020

TEMPLOS DE DIOS



«¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu Santo habita en vosotros?», nos dice San Pablo en la Primera lectura (1Cor 3,9c-11.16-17). Somos «templos de Dios»

Un templo es un lugar donde vive Dios. Es como un estuche que guarda una joya preciosa. Las personas que están en gracia tienen a la Santísima Trinidad dentro (cfr. 2Cro 7,16: Aleluya de la Misa). 

El mismo Jesús, cuando está hablando con los fariseos, se refiere a su cuerpo como si fuera un templo: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré» (cfr. Jn 2,13-22: Evangelio de la Misa). 

Él es el templo por excelencia. Su Cuerpo físico es el nuevo Templo de Dios. 

Todo el mundo entiende que, algo tan grandioso como una catedral o un sitio donde vive el Señor no puede estar sucio y descuidado. 

Él es muy sensible al pecado, a la suciedad que siempre deja cualquier falta, y más si es mortal. Conoce hasta la última mota de polvo que pueda tener nuestra alma. Sabe nuestros más ocultos pensamientos. Es el único que sabe lo que tenemos en el corazón. 

Como Dios sabe todo lo nuestro, es bueno pedirle ayuda, luces, antes de hacer nuestro examen de conciencia. 

Hablando con la gente, muchos te dicen que siempre se confiesan de lo mismo. 

En parte es normal que nos confesemos de lo mismo, porque uno es tan miserable que siempre tiene las mismas faltas, ni siquiera somos originales en eso. 

Siempre me acordaré de una anécdota que me hizo mucha gracia. Un día le preguntó una madre a su hijo de qué se confesaba, y éste, sin pelos en la lengua le respondió: –Yo siempre me confieso de lo mismo: de que tiro barro a los autobuses y de que no creo en el Espíritu Santo. 

Pero, a veces puede ser que no veamos más cosas porque hacemos rápido el examen de conciencia, sin pedirle ayuda a Dios o, si podemos, a las personas que nos pueden enseñar. 

Con motivo de los 50 años de sacerdocio de un obispo, se celebró una Misa en una de las basílicas romanas más bonitas y antiguas. 

Se trata de un templo precioso. Tiene un artesonado que es una maravilla, columnas centenarias, un baldaquino que señala con claridad el lugar del altar… Son bonitas hasta las rejas de las capillas laterales. 

Como es antigua, tiene casi dos mil años, mucha gente la visita. Por eso, antes de celebrar ese aniversario tan importante, se quiso dar una buena limpia al templo. 

Para eso fue un equipo preparado de personas, profesionales que la empezaron a limpiar a conciencia. 

Sacaron todo lo necesario para su trabajo, y allí empezó a correr el agua con jabón y productos de limpieza. Parecía que cobraba vida el salmo 45 cuando dice que «el correr de las acequías alegra la ciudad de Dios» (Salmo responsorial y cfr. Ez 47, 1-2. 8-9.12). 

Al ver el empeño con que trabajaban, uno de los que estaban por allí, al ver que estaban limpiando incluso los bancos por debajo, comentó sin mala intención que tampoco hacia falta tanto, que eso no lo iba a ver nadie. 

Y la persona que estaba allí dale que te pego, frotando, le respondió: –Es verdad, esto no lo ve nadie, pero quien sí lo ve es Dios. 

Nuestra Madre nos ayudará a descubrir las cosas que no van. 

Ella, que es la Inmaculada, nos dará luces para limpiar bien nuestra alma cada vez que nos confesemos.

viernes, 30 de octubre de 2020

¿CUÁNTO TIEMPO TENEMOS?



La vida eterna se ha comparado muchas veces a un banquete.

Esto me recuerda lo que me contaron de un niño gallego que tiene siempre un apetito devorador. Esto le viene de familia. El padre de Pepe –que así se llama este chico– le dijo un día a su hijo, en una de las ocasiones que lo llevó a un hotel: –Mañana desayunaremos de bufet. –¿Y qué es eso de un bufet? Le respondió el niño. 

Esa pregunta es parecida a la que nosotros podemos hacer: –¿Y qué será la vida eterna? 

Pues el Señor la compara con un banquete, porque la satisfacción que da la buena mesa todo el mundo la entiende. 

Cada vez se valoran más los buenos cocineros. Y para ganarnos la felicidad del Cielo el Señor nos concede un tiempo de prueba en esta tierra. 

Lo importante no es que uno sea inteligente, guapo, rico, etc. Lo importante es que aprovechemos bien esas cualidades para obtener la felicidad. 

El Señor en el Evangelio (de la Misa: Jn 14, 1-6) nos habla de que la felicidad, que disfrutarán los que vayan al Paraíso, será variada. Es como si nuestro Padre Dios hubiera preparado un bufet para nosotros, con la posibilidad de elegir lo que más nos guste. 

Aquí en esta tierra todo el mundo busca la felicidad. Esto es lo que tenemos en común todos lo hombres. Porque nuestra voluntad tiene un apetito devorador, igual que el de Pepe para las comidas. 

Los cristianos sabemos cuál es la forma de alcanzar la felicidad. El refrán dice que todos los caminos llevan a Roma. Pero en esto no se cumple el dicho. Indudablemente el alcohol, el sexo, las drogas... dan una cierta felicidad, por eso hay gente que paga. 

Pero la felicidad que proporcionan esas cosas es pequeña, y muchas veces dejan el corazón lleno de amargura. 

Para llegar a la felicidad plena sólo hay un camino: Jesucristo. Lo importante cuando uno se muere es si ha aprovechado su vida en la tierra para llegar a la meta. 

Cuando su Padre le explico a Pepe lo que era un bufet, el niño esperó unos segundos y preguntó: –¿Y cuanto tiempo tenemos?

lunes, 19 de octubre de 2020

LA PRINCESA PROMETIDA



Dios es el Amor por excelencia. Dios es la entrega absoluta. Cuando el Señor manda que amemos, nos dice algo que Él ya hace, porque está en su ser.

El Señor no tenía que mandar que los israelitas se quisieran a sí mismos, a sus novias, y a sus familiares. Para eso el ser humano no necesita mucha virtud: basta dejarse llevar por la naturaleza. 

En el libro del Éxodo (22,20-26: Primera lectura de la Misa) Dios hablaba para proteger a los débiles y a los que nos resultan extraños. Lo que Jesús pide es que amemos a todos y en todo momento (cfr. Evangelio de la Misa: Mt 22,34-40). A los extranjeros antes de que se nacionalicen, y a las novias cuando pasan a ser esposas maduras. 

El amor verdadero no hace distingos entre personas, ni circunstancias: quiere con sentimientos y también cuando no se poseen.

El Amor con mayúscula nos llena de felicidad, por eso San Pablo habla de «la alegría del Espíritu Santo» (1 T 1,7: Segunda lectura). Porque precisamente el Espíritu Santo es el Amor de Dios en Persona. Y es que el amor, la entrega, es lo que da la verdadera alegría.

Un amigo quiso escribir un libro de poemas, y le aconsejaron que lo titulase «Amor verdadero» como tantas veces se repetía en una película. Pero luego el libro terminó llamándose «A palo seco». Porque en esta tierra en la que vivimos ahora, en muchas ocasiones el amor hay que ejercitarlo a contrapelo, como muy bien sabía la Virgen, que es la auténtica Princesa prometida.

martes, 13 de octubre de 2020

DIOS Y EL FUTBOL



Esta homilía podría titularse "Dios y el fútbol": cada cosa en su sitio. Dice el Señor en el Evangelio (de la Misa: Mt 22, 15-21): «Dad al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios».

Y es que en las realidades humanas no hay dogmas. Creer, lo que se dice creer, los cristianos tenemos que creer unas cuantas cosas: el Credo y poco más. 

La política, como el fútbol, o el mundo empresarial hay muchas formas de llevarlas a cabo; lo que hay que conseguir es que esas actividades no estén separadas de Dios. 

Que Dios esté presente en el mundo empresarial, en el mundo de la política o en el deporte depende, en gran medida, de los cristianos laicos que tienen que santificar esas realidades. 

Pero no se puede decir que haya remates de cabeza «cristianos» o saques de puerta propiamente «ateos», porque hay muchas formas en las que un seguidor de Cristo puede jugar al fútbol. Y todos los jugadores han sido creados por Dios. 

En el libro de Isaías se puede leer como el mismo Dios dice que un rey que no era judío había sido puesto por Él (cfr. Primera lectura de la Misa: Isaías 45, 1. 4-6). 

Ciro no era del pueblo elegido, y no hacía la política del rey de Israel. Porque el Dios del universo está por encima de esas decisiones humanas: verdaderamente Él gobierna a todos los pueblos (cfr. Salmo responsorial: 95). 

Por eso en la política puede haber tanta soluciones validas como personas, siempre que no se aparten de esa sana ecología que algunos llaman ley natural. 

De ahí que no puede haber un partido político que represente a los cristianos, porque en lo humano hay muchas opciones. 

Los cristianos no somos de carril único en estas materias. Cuando se ha intentado unir a Dios con un partido la cosa ha salido mal: Dios es de todos. «El hijo del hombre ha venido para dar su vida en rescate por todos» (Antífona de comunión). 

Pero puede haber decisiones que vayan en contra de la racionalidad, o del sentido común. 

Mucho ha hablado el Papa Benedicto XVI sobre los delitos contra la vida humana, porque eso no son ya decisiones políticas simplemente. Por eso dice san Pablo que los cristianos brillamos «como lumbreras del mundo» (Aleluya de la Misa), porque hay que manifestar el esplendor de la verdad, y el Papa lo hace. 

Siguiendo con el ejemplo de Dios y el fútbol, está claro: la Iglesia no hablará de fútbol, pero sí levantará su voz cuando en un estadio no se respete a los demás. Así damos a la UEFA lo que es de la UEFA y a Dios lo que es de Dios.

sábado, 10 de octubre de 2020

ALÉRGICOS AL ARROZ

 


El Reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo

El cielo puede compararse a una boda a la que estamos todos invitados (cf. Evangelio de la Misa: Mt 22,1-14). Es una boda especial. Si no vamos, le haríamos un feo muy grande al Señor: pues se casa su Hijo, que, además, es nuestro hermano mayor.

Por eso en las bodas que aparecen en las revistas del corazón, con frecuencia se habla del «gran ausente», de alguno de los hermanos que no va.

Pues la boda que ha organizado el Señor será una fiesta espectacular. Sólo pensar que la imaginación de Dios ha preparado un lugar especial para hacernos felices a nosotros, nos da idea de cómo será aquello.

Al Señor le hace una ilusión enorme que disfrutemos de lo mejor. Como a los padres la fiesta de Reyes de sus hijos pequeños. Es como si nos dijera ahora: «Tengo preparado el banquete (...). Venid a la boda».

Y ¿mo será el cielo? Algo intuimos al escuchar e imaginarnos las palabras del salmo: «…en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas () Me unges la cabeza con perfume y mi copa rebosa» (22: responsorial).

Con solo escuchar estas palabras te relajas, igual que con las fotos que se ponen en las pantallas de los ordenadores, con los viajes que uno quiere hacer.

Dan ganas de quedarse allí para siempre, de decirle al Señor: –queremos ir allí «por años sin término» (cfr. Sal 22).

Pero, además, no podemos imaginarnos del todo lo que será aquello porque, como dice San Pablo, Dios todo lo organiza «conforme a su esplendida riqueza» (Flp 4,19).

LISTA DE INVITADOS

En esta fiesta, en la que el Señor echa la casa por la ventana, habrá manjares de todo tipo y vinos de la mejor calidad. Están invitados todos los hombres de todos los tiempos (cfr. Is 25, 6-10ª: primera lectura de la Misa).

Es la mayor lista de invitados a bodas que haya existido jamás. Millones de personas están invitadas porque hay para todos. A Dios esto de la crisis no le afecta.

Me decía un amigo que, cuando se casó su hija, su mujer le llegó con una lista de la gente que pensaba invitar.

Contaba asombrado que, con los malos tiempos que corren, le dijo como si nada: –Mira, Antonio, sólo de personas importantes que es fundamental invitar me salen 296.

Luego hay otros que si no vienen tampoco pasa nada, pero sería feo no decirles nada

Y terminaba diciendo este amigo, todavía con el susto en el cuerpo: –Como comprenderás, no fueron todos, claro.

 Sin embargo, el Señor tiene para dar y regalar. Es rico, muy rico. Su felicidad está en dar. Le gustaría desprenderse de todo con tal de vernos disfrutar.

Por eso son muchos los invitados al cielo, pero, por desgracia, no todos quieren ir, porque no se fían de Dios.

El diablo introdujo en el mundo la sospecha, insinuando que Dios no quiere nuestra felicidad, que lo que quiere en realidad, es tener súbditos.

Pero esto es mentira. Lo que pasa es que, como el diablo odia a Dios, y contra Él no puede nada, la emprende contra nosotros porque ve que el Señor nos quiere mucho.

El demonio quiere vernos infelices por toda la eternidad para fastidiar a Dios.

El pecado es decirle a Dios que no queremos cuentas con Él, que se guarde su invitación.

DI–FRAC DE BODA

La condición para entrar en el banquete es llevar traje de boda (cf. ABC, sábado 1 de octubre de 2011, p. 64s: un vestido de novia para Cayetana).

Lo mismo que cuando uno va a una boda no va de cualquier manera, pues al cielo tampoco. No sirve cualquier ropa. Ir de boda exige un tipo de prenda. Si vas en vaqueros, aunque sean caros y de marca, das el cante.

El traje de que nos habla el Evangelio se hace fundamentalmente con los sacramentos y con la oración.

Dios, con su gracia, nos va haciendo cada vez mejores. Y, si nos dejamos, nos hace santos. Ese es el traje a la medida para entrar en el cielo.

Ahora le decimos al Señor:

Ilumina los ojos de nuestro corazón para que comprendamos la esperanza del Cielo (cf. Ef 1, 17-18: aleluya de la Misa).

Hace años celebré una boda en una conocida basílica de Granada, la de San Juan de Dios. Fui un poco antes para preparar la ceremonia.

La verdad es que llegué demasiado pronto. Era la segunda boda que oficiaba en mi vida y quería antes pisar el terreno.

Entré en el templo y, como era de esperar, todavía no había llegado casi nadie. Sólo estábamos el novio, con su traje impecable, sus padres y yo.

Las personas que en ese momento estaban en la iglesia era evidente que no iban a asistir a la ceremonia, por la ropa que llevaban.

Tampoco es que fueran muy mal, pero se veía que no llevaban traje de boda.

¡Qué diferencia con las que aparecieron minutos después! Los hombres con el clásico frac oscuro, todos erguidos y tiesos, parecían maniquís.

Y las mujeres, parecía que también iban disfrazadas, con unos sombreros increíbles con lazos enormes por todos lados.

Todo eran telas de colores intensos y vivos, parecía que las señoras estaban envueltas en papel regalo.

Viendo a los que iban a la boda y a los que no, se podría decir, al estilo de la Escritura: Por sus trajes los conoceréis....

Y es que, al cielo no se puede ir de cualquier manera. Hay que ir muy bien.

A LA PESCADERÍA VESTIDA DE NOVIA

A veces a la gente le puede extrañar que, alguien como tú, haga un rato de oración e intente ir a Misa a diario. Muy de moda no está. Queda raro. Lo raro de no ser raro, decía San Josemaría.

También es verdad que cuando ves a una chica vestida de novia por la calle, la cosa canta un poco.

Incluso a ti te puede parecer exagerado ir todos los días a Misa o hacer la oración. Y tienes cierta razón. Es verdad, si quitas la boda el cielo, no tiene sentido hacerse un traje de organza.

A veces puede costar un poco la oración diaria, la Misa o la confesión frecuente. Pero luego no es para tanto. Lo mismo que unos zapatos nuevos siempre duelen, con el tiempo te acostumbras.

Aquí, en la tierra, a veces nos pasa como a las señoras mayores que van a una boda, que están deseando llegar a casa para quitarse los zapatos y la faja.

A nosotros, hay días que nos puede costar más rezar. Incluso que no queramos hacerlo. Y en el cielo no ocurrirá nada de eso: allí no habrá nada postizo, y desde luego ninguna incomodidad.

AVISO A LOS INVITADOS

Te cuento un sucedido gracioso. En una boda me dijeron los novios que diera el aviso de que no les echasen arroz es una cosa vulgar. Que podía decir que eran los dos alérgicos.

La forma más gráfica de explicar la alegría de la Gloria es pensar en la felicidad de los enamorados.

Parece que van siempre con el «puntillo cogido»: todo les parece maravilloso, porque es maravilloso amar y ser amado.

Casi todas las películas y novelas tienen su historia de amor, porque es lo que alegra al corazón del hombre, igual que el vino.

Te leo lo que escribe un amigo: «Por favor, te esperamos en el cielo. Se nos haría dura una eternidad sin ti».

Por eso es necesario que vayamos preparando nuestro traje. Sin él, nuestra presencia en el banquete no pega, desentona.

A la Virgen que es la Reina del cielo y que tiene muy buen gustole pedimos que, sea nuestra modista para presentarnos ante Dios como a Él le agrada. Bueno y también como a nosotros nos gusta: sin que te tiren arroz. Pero si te lo tiran haz paella.

sábado, 3 de octubre de 2020

KE KOU KE LE



El Señor quería que diésemos fruto (cfr. Aleluya de la Misa de hoy: Jn15,16) y nos ha puesto en la mejor viña. La primera viña del Señor fue el pueblo de Israel (cfr. Primera lectura: Is 5,1-7). No ha habido una nación como ésta en toda la historia de la Humanidad: tan mimada por Dios mismo (cfr. Salmo responsorial: 79). En el Evangelio Jesús nos habla de que Dios Padre envió a su Hijo a esta viña. Pero los viñadores del pueblo de Israel lo rechazaron «y lo mataron» (cfr. Mt 21,33-43). Y ocurrió que a ese pueblo tan querido por el Señor, se le quitó «el reino de Dios», y se le dio a otro pueblo que produciría fruto. Este nuevo pueblo, esta nueva viña de Dios, es la Iglesia, que ha dado muchos frutos de santidad. Esto es lo que verdaderamente debemos de «tener en cuenta» como decía San Pablo (cfr. Segunda lectura: Flp 4,6-9). Dar fruto es nuestra obligación. Porque el Señor nos ha enviado a cultivar su viña. Pero no sólo tenemos que quedarnos teniendo el mejor de los vino: hemos de comercializar nuestros productos. Pues el Señor nos ha enviado para que otras personas también prueben lo que da la verdadera alegría. Tenemos que llegar hasta la China y exportar allí la doctrina de nuestro Señor. Ahora muchas casas comerciales han querido hacer negocio. Por ejemplo, la marca Coca-Cola ha sido traducida al mandarín: se pronuncia como «ke ko ke le» y significa «deliciosa felicidad». Ojala los cristianos llevemos allí nuestro producto. La Virgen, fue verdadera israelita y primera cristiana. Y adelantó los milagros porque era la Madre del dueño de la Viña. Gracias a Ella Caná de Galilea estuvo a punto de convertirse en Caná de la Frontera

viernes, 25 de septiembre de 2020

SORDERA


Con frecuencia el pueblo elegido por Dios tenía debilidades, y el Señor les pedía que se convirtiera (cfr. Primera lectura de la Misa: Ez 1,25-28). 

Los buenos israelitas le daban gracias al Señor porque siempre tenía misericordia de ellos y les enseñaba el camino correcto (cfr. Salmo responsorial: 24). 

San Pablo, que era judío, habla a los cristianos para que tengan los mismos sentimientos de Jesús (cfr. Segunda lectura: Flp 2,1-11). Y los sentimientos del corazón del Señor son de humildad: se sometió al querer de Dios Padre, haciéndose obediente hasta la muerte. 

Porque la obediencia es prueba de la humildad. En nuestro caso, si queremos convertirnos y tener los sentimientos del Señor, hemos de hacer caso a Dios. Somos humanos y habitualmente nos molesta hacer la voluntad de otro. Y muchas veces lo que más nos molesta no es hacer una cosa concreta, sino que nos la mande alguien

Como estamos inclinados al orgullo, hacemos más a gusto lo que nadie nos manda. Y si tenemos que obedecer, nuestra primera reacción puede ser de rebeldía. Pero podemos rectificar tal y como dice el Señor en el Evangelio (cfr. Mt 21,28-32). 

A Jesús le agrada que recapacitemos. Por eso la conversión no puede darse sin la obediencia, que es una virtud que nos asemeja al Hijo de Dios hecho hombre. El verbo obedecer viene de otro verbo latino que significa oír. Obediencia procedería de audiencia

Algunas personas elegidas por Dios tuvieron debilidades, como es el que caso de David. Y hay gente que ha tenido experiencias como las tuvo este santo rey, que también fue pecador, pero se arrepintió. 

Otras personas en cambio querían hacer cosas buenas por Dios, pero no escuchaban la voz del Señor. Este fue el caso del primer rey de Israel. Y Dios no quería sus sacrificios sino su obediencia. La Virgen ha sido la persona que ha tenido el oído más fino: a Ella le pedimos nuestra conversión.

sábado, 19 de septiembre de 2020

LA PROPINA


Al hablar de algún monarca se dice que es «su graciosa majestad». 

Y no es que la reina de Inglaterra sea especialmente divertida, sino porque algunas cosas las concede, gratuitamente, graciosamente. 

Al no tener obligación de hacerlo: lo realiza movida por su generosidad. 

El Evangelio nos habla de un señor que da una propina generosa a algunos que trabajan para él (Mt 20,1-16). 

Pero los compañeros que no han recibido la gratificación se quejan de que sólo los que ganan menos han recibido un plus. 

Les parece injusto porque aquellos no han trabajado a jornada completa y acaban recibiendo lo mismo. 

Quizá muchos de nosotros hubiéramos dicho lo mismo que esos trabajadores del campo que protestaban. 

Y por eso el profeta Isaías dice que Dios tiene otra forma de pensar distinta a la nuestra (Primera lectura de la Misa: Is 55,6-9): «mis planes no son vuestros planes». 

El caso es que Dios no da porque tenga obligación, sino porque le da la gana. En definitiva es porque nos quiere. 

Amar es regalar, tienen como lema algunos grandes almacenes. Y ojalá que nos regalaran algo cuando vamos, en vez de tener que pagar. Pero el Señor no nos incita a regalar, para sacar negocio. Nos invita a pensar en los demás. 

Así actuaron los santos (cfr. Segunda lectura: Flp. 1,20c-24.27a). Nos imaginamos a la Virgen siempre dando, sin esperar nada: Ella si que es graciosa. 

viernes, 11 de septiembre de 2020

EXALTACIÓN DE LA GUILLOTINA



Sólo pensar que alguien pueda exaltar la horca o la guillotina nos llena de repugnancia.

Así podría pasarle a algunos cristianos de la primera hora: sentirían desosiego cada vez que nombraban el suplicio de cruz. Porque el Señor murió injustamente en él. Pero San Pablo no rechaza hablar de los padecimientos del Señor: los ve como un motivo de gloria (cfr. Segunda lectura de la Misa: Flp 2,6-11). 

Dice el refrán que es de mal gusto nombrar la soga en casa del ahorcado. Sin embargo los cristianos veneramos la cruz. Y si Jesús hubiera muerto en la revolución francesa hoy hablaríamos de la Santa Guillotina. Porque el patíbulo de la cruz, fue el trono desde donde el Señor nos manifestó que nos quería hasta ese extremo horrible. No porque sea una cosa agradable, sino porque fue el arma que utilizó para ganar nuestro amor. 

Jesús fue levantado por encima de la tierra, suspendido en un madero, y gracias a eso, nosotros tenemos la vida eterna (cfr. Evangelio: Jn 3,13-17).

Por eso la Iglesia exalta la Cruz de Cristo, la levanta como un estandarte. Porque los que la miren con ojos agradecidos serán salvados (cfr. Primera lectura: Nm 21,4b-9).

Los primeros cristianos hablaban de «padecer con Cristo». La Cruz se veía como una espada que se le arrebataba al Maligno: el Señor utiliza el arma del enemigo –el dolor– para vencerle. Y así nosotros si padecemos juntamente con el Señor, también con él ayudaremos a la salvación del mundo. 

sábado, 5 de septiembre de 2020

¿CANTAR LAS CUARENTA?

El cariño lleva a las madres a corregir continuamente a sus hijos. Cansarse de corregir es cansarse de querer. En el Evangelio vemos como el Señor corrige y reprende a sus amigos. Y enseña a hacerlo así (cfr. Evangelio de la Misa: Mt 18,15-20). 

El que ama la corrección ama la sabiduría. La persona inteligente es la que admite las correcciones. Por eso vemos que el Señor no entiende cómo no se corrige al que actúa mal (Ez 33,7-9: Primera lectura de la Misa). 

Ojalá escuchemos la voz de Dios (cfr. Salmo responsorial: 94) cuando alguien nos corrija: la voz de Dios que nos llega por muchos conductos. Se trata de escuchar lo que nos dicen y no querernos justificar rápidamente. Porque los cristianos debemos decir las cosas como las madres, no porque nos guste cantar las cuarenta, sino porque le queremos (cfr. Rm 13,8-10). 

Dice el poeta: 

Me duele el corazón cuando tu sufres pero no puedo dejar de corregirte.

La indiferencia juzga y no comprende. 

Un padre comprende, exige: por eso no puedo dejar de corregirte.

viernes, 28 de agosto de 2020

LÓGICA DIFUSA

 

Pedro no acepta que Jesús tenga que sufrir y morir (cfr. Evangelio de la Misa Mt 16,21-27) Hoy también el sufrimiento es la asignatura pendiente del Estado del bienestar. Este nuevo mesianismo tampoco entiende el valor de la cruz. Mucha gente se enfada con Dios porque permite el sufrimiento: no se entiende el valor de la contrariedad. Indudablemente muchas cosas no salen como Dios querría, pero todas (también las que Él no desea) sabe utilizarlas para el bien. La sabiduría de Dios sabe convertir las situaciones malas en buenas. Así debemos hacer nosotros en vez de quejarnos tanto. Ya se ve que su lógica es distinta a la nuestra. Hay profetas que se han quejado mucho, por ejemplo Jeremías (cfr. 20,7-9: Primera lectura). Y esto nos consuela, porque los santos tenían defectos, como nosotros. Ya se ve que en la tierra nuestra lógica siempre será un tanto difusa: por eso dice San Pablo que tenemos que renovar nuestra mente (cfr. Rom 12,1-2: Segunda lectura). Cada día necesitamos un plan renove del alma. Hemos de hacer como los santos, que aunque no siempre acertaban, hablaban frecuentemente con Dios. Y el Señor les corregía. María meditaba en su corazón las cosas que no entendía, y así se iba haciendo al querer de Dios, que como es bueno siempre acierta.

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