lunes, 2 de junio de 2025

PENTECOSTES, BORRACHOS SIN ALCOHOL

Casi todos los años se reúnen, en distintas ciudades, miles de personas para celebrar la llegada de la primavera haciendo un macrobotellón. Llegan de muchos sitios. Además de los universitarios de la ciudad, también llegan de otras provincias: Jaén, Almería, Madrid, etc.


Durante toda la tarde se ve un río de personas que van con la clásica bolsa de plástico con todo lo necesario.


El ambiente era de ilusión, de alegría por la que se va a armar.



BORRACHOS SIN ALCOHOL 


El día de Pentecostés también se reunieron miles de personas en Jerusalén para celebrar la fiesta de la cosecha, que se tenía cincuenta días después de la Pascua.


En griego, la fiesta de la cosecha se traduce con la palabra Pentecostés, porque se celebraba 50 días después de la Pascua.


Venían de Libia, Cirene, de la actual Irak. Casi todos eran judíos nacidos y educados en países extranjeros; por eso hablaban lenguas distintas. Aquello no dejaba de ser un espectáculo curioso.


En ese día los discípulos del Señor estaban reunidos en un mismo lugar, unidos por el miedo, que es lo más penoso que puede unir. Y, de repente, llegó el Amor de Dios (cf. Hch 2, 1-11).


«Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar» (Hch 2,4). Se llenaron del Espíritu Santo, que produce en el alma los efectos del vino y empezaron a hablar.


De esta manera pasaron aquellos primeros cristianos del miedo y de la tristeza a la ilusión, a la ilusión de la juventud, y así nació la Iglesia (cf. Prefacio de la Misa de Pentecostés).


En cambio, en los botellones: algunos pasaron del punto al coma, del puntillo al coma etílico.


Hay un filósofo español que ha escrito un libro que se titula: «Breve tratado sobre la ilusión».


En castellano la palabra «ilusión» tiene varios significados. Se habla de un «iluso» cuando una persona tiene ideas que no están fundadas en la realidad.


Pero también el término «ilusión» tiene una carga positiva: por eso hay cosas que llamamos «ilusionantes». Es la ilusión tan propia de los niños, los locos y los borrachos.


Precisamente uno de los efectos del alcohol es transformar la realidad y hacerte más expansivo.


Me contaron que algunos locutores de radio, antes de salir en antena, se toman un copazo, para tener así más facilidad de palabra.


¡Cómo cambia la cosa cuando se tiene el cuerpo entonado!


Pues el Amor de Dios, el Espíritu Santo, es como el vino que enardece, ilusiona y nos hace hablar con el lenguaje que la gente entiende, el lenguaje del corazón.


Los Apóstoles «se llenaron del Espíritu Santo y hablaron de las maravillas de Dios», nos dice el Libro de los Hechos.

Aquel día, los Apóstoles no se cortaron un pelo. De hecho, la gente que les escuchó estaba asombrada y perpleja. 


Tanto que se decían unos a otros: –«¿Qué puede ser esto?».


Y otros se burlaban diciendo: –«Están bebidos» (cf. Hch 2, 12–13).


Dicen, y es muy probable, que la cerveza la inventaron los monjes. Por algo sería...



ENAMORADOS 


Los Apóstoles estaban llenos del Espíritu Santo y, por eso, no les paró nadie.


San Pedro gritaría las maravillas de Dios en el idioma de la Capadocia. 


También Santo Tomás se pondría a hablar con fluidez la lengua de los medos, y San Mateo anunciaría el Evangelio como los bereberes del norte de África. 


Unieron a todos los que estaban allí hablando del Amor de Dios en distintos idiomas.


Todos recordamos cómo la civilización antigua levantó una torre que acabó separando a los hombres de Dios, y a los hombres entre sí, porque no hablaban el mismo lenguaje.


Eso fue Babel, el orgullo que condujo a la separación.


Es lo contrario de Pentecostés. Porque el Amor de Dios no tiene barreras. Nos lleva a hablar en el lenguaje que todo el mundo entiende: el lenguaje del afecto, del amor.


Pero el lenguaje es un vehículo; lo importante es el contenido. 


El mensaje que nosotros tenemos que transmitir es el Amor que Dios nos tiene (cfr. Hch 2, 11). El Amor de Dios, que es como el fuego.



EL FUEGO


El fuego aparece frecuentemente en la Sagrada Escritura como símbolo del Amor de Dios. 


El Señor quiere que su amor prenda en nuestro corazón y provoque un incendio que lo invada todo.

 

Era el fuego del amor de Dios, el Espíritu Santo, que poseía Jesús, y fue enviado a los Apóstoles el día de Pentecostés, y se posó sobre ellos en forma de lenguas de fuego


El Espíritu Santo no apareció en aquella ocasión como una paloma, y los Apóstoles salieron a hablar con esa nueva lengua de fuego, que les había dado el Señor, con el entusiasmo de los borrachos. 


Los Apóstoles fueron capaces de llevar ese fuego hasta el último rincón de la tierra, porque antes había prendido en ellos.


Como le ocurrió  a San Josemaría: en una viaje por el sur de la Península Ibérica, cuando contemplando las costas del norte de África desde la punta de Tarifa, exclamó: «¡Qué pena que Jesucristo sea tan poco conocido en esas tierras!... Quizá es que no se trabaja bastante».


Y el que le acompañaba, don José Luis Múzquiz, decía que otras personas solían hacer comentarios del estilo de ¡qué buena visibilidad hay hoy!, o ¡fíjate! si se ven las montañas, o ¡mira! se ven Ceuta y Melilla... 


Pero el comentario de San Josemaría fue el de una persona que estaba incendiada de amor de Dios. 


También nosotros hemos de pensar con frecuencia en la expansión de la Iglesia, y repasar los lugares donde todavía no cunde el amor de Dios. 


A san Josemaría le removían mucho esas palabras del Señor: «fuego he venido a traer a la tierra». 


Y cuando era joven hasta las cantaba. Y empleaba muchas veces esta imagen del fuego para hablar de apostolado. 


Por ejemplo, decía que teníamos que ser como un brasa encendida que quema o al menos eleva la temperatura espiritual del ambiente en el que nos movemos. 


En algunas épocas del año es más fácil provocar un incendio. Basta con arrojar una colilla para que ardan hectáreas de bosque. Por eso las autoridades no dejan de advertirnos que hemos de extremar la precaución. 


En el apostolado, en cambio, no hay que extremar la precaución, sino propagar continuamente incendios, da igual la época del año en la que estemos. 


Lo único necesario para esto es que nos acerquemos  al origen de ese fuego, que es Dios mismo: –Ure igne Sancti Spíritus!


Esto es lo que han hecho los santos, no desperdiciar ninguna ocasión para encender fuego


Pero la vibración apostólica no depende de condiciones de simpatía o sociabilidad. Si faltase apostolado, quizá haya vida interior, pero será pobre, raquítica.


El fin de la Iglesia es la gloria de Dios y la salvación de las almas, éste es también nuestro fin. 


Y como han dicho los santos, lo leemos también en el epistolario de san Maximiliano Kolbe, la gloria de Dios consiste precisamente en la salvación de las almas, que cada uno salvemos almas. Con esto es con lo que el Señor disfruta.


Por eso, Jesús en la oración muchas veces nos dirá: –Cuantas cosas vamos a hacer entre los dos. Yo he venido a traer fuego a la tierra, y tú me ayudarás, como me ayudó mi 


Dice el último concilio que María pide con sus oraciones el don del Espíritu Santo 


En la Anunciación el Espíritu Santo ya había venido sobre ella, cubriéndola con su sombra y dando origen a la Encarnación del Verbo.


Su nueva misión de Madre se realizaría en el cenáculo de Jerusalén –dice Juan Pablo II– donde nacería el cuerpo místico de Cristo, que es su Iglesia.


La efusión del Espíritu Santo lleva a María a ejercer su maternidad espiritual de modo especial. 


María Esposa de Dios Espíritu Santo, es Madre de la Iglesia, a Ella le pedimos ahora que nos consiga el fuego de su Amor. 


Con Ella el Amor a Dios entra solo, como el buen vino, y va directo al corazón.




viernes, 23 de mayo de 2025

SINODALIDAD




VI DOMINGO DE PASCUA, CICLO C


El papa Francisco nos habló de la sinodalidad en la Iglesia, en todas la instituciones de la Iglesia.


Y el papa León, pretende conservar el legado de Francisco, hasta el punto de querer llevar hasta su sotana. 


León décimo cuarto, nacido en un país de inmigrantes, donde la diversidad es lo normal, nos ha dicho que no tengamos miedo a lo diferente.


Su programa se podría resumir en dos términos muy utilizados por san Agustín: amor y unidad. Eso son los dos como elementos que armonizan todas las diferencias, los distintos instrumentos de los que componen esta orquesta sinfónica, que es la Iglesia, con un metáfora muy querida por el obispo de hipona y fundador de los agustinos. 

La sinodalidad es una realidad con bastante tradición entre los primeros cristianos. 


Sabemos por el libro de los hechos  apóstoles (cf. 15,1-2s), que leemos como primera lectura de este domingo, que los Apóstoles se reunieron en Jerusalén para dar solución a los problemas que habían surgido entre los primeros fieles.


En aquella reunión sinodal buscaron la armonía. Aunque tenían motivos para enfrentarse unos contra otros, no lo hicieron, sino que respetaron las distintas sensibilidades, mientras no se opusieran a las Enseñanzas del Maestro.


Los Apóstoles y sus sucesores gozan de esa capacidad de unir, respetando las opiniones que no vayan en contra del Evangelio.


El amor y la unidad no podría darse con la testarudez propia de la falta de la inteligencia, que no está abierta a lo diferente. 


Lo cierto es que el seguidor de Jesús tiene que ser muy amigo de la verdad, que no es solo patrimonio nuestro.


Así que la Verdad no puede utilizarse como un arma arrojadiza, que impacte como una bofetada.


La verdad sin amor encuentra obstáculos para ser recibida. Pero incluso resulta dañina al que la lanza al rostro de los demás, porque no en vez de hacerle bueno le hace orgulloso.


Es una pena que la Verdad sea motivo de desunión. Aunque la Verdad nunca desune, lo que desune es la ignorancia y el orgullo.


Para eso quiso enviarnos Jesús el Espíritu Santo, que es Amor de Dios y nos enseñará todas las cosas como dice el Evangelio de la Misa de este domingo (cf. Jn 14, 23-29).


En la Antigüedad los hombres quisieron construir una torre altísima que llegara hasta el cielo. Hoy esto sería más o menos fácil. Pero aquellos hombres como cimiento de aquel gran edificio utilizaron su orgullo.


La cosa acabó mal y nadie se entendía, igual que sucede unas horas después de haber consumido alcohol, que no se sabe porqué siempre hay disputas.


En Babel no se entendieron, y hubo confusión, porque cada uno fue a lo suyo: podemos decir metafóricamente que no tenía un «habla común».


En el Apocalipsis se nos habla (en la segunda lectura de hoy) de otra construcción –una ciudad bellísima– que no sube de la tierra al cielo, sino que baja del cielo a la tierra. Porque desde allí el Señor nos ha enviado el secreto para entender la lengua de los demás: quererles.

 


FORO DE HOMILÍAS

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