sábado, 10 de julio de 2021

PESCADORES

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Dios nos ha elegido antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos (cfr Efesios1, 3-10: segunda lectura).

Esto significa que también hemos recibido la misión de ser apóstoles. Igual que los antiguos profetas (cfr. primera lectura: Amós, 7, 12-15)


Los cristianos, lo mismo que los apóstoles hemos recibido una Llamada universal al apostado (cfr. Marcos 6, 7-13).


Jesús durante tres años fue formando a aquellos Doce, que a la vez eran amigos suyos, aunque no todos perseveraron. 


El Señor no abandonó a ninguno, y siempre trató a sus Apóstoles con confianza, aún sabiendo que, en concreto uno le estaba traicionando.


Es cierto que la mayoría no fueron fieles en el momento duro de la Cruz. Porque todavía no estaban preparados. Incluso Simón, el que iba a gobernar la Iglesia. Pero pasado el tiempo estos amigos de Jesús dieron la vida por Él. 


El Señor quiere que nosotros también demos la vida por los demás con nuestro ejemplo y nuestra palabra.


Santa Teresa, con mucha simpatía dice que, le daba más devoción, y ternura, los que convirtieron almas  más que  los martirios: Pareciéndome que precia [Dios] más un alma que por nuestro ingenio y oración le ganásemos…, que todos los servicios que le podemos hacer. 


viernes, 2 de julio de 2021

PROFETA EN SU PUEBLO

El ser humano se acostumbra a todo: tanto al bien como al mal.

La gente de Nazaret se acostumbró a la presencia de Jesús. Esto es lo que pasa a la gente vulgar que no es capaz de darse cuenta cuando tiene a una persona extraordinaria (cfr. Evangelio de la Misa: Mc 6,1-6).

También a nosotros nos puede ocurrir que valoremos más a la gente con la que no hemos vivido. “Nadie es grande para su mayordomo” dice el refrán.

Jesús se queja de la falta de fe, que hace que no se descubra el paso del Señor por nuestra vida.

De todas formas siempre se nos dan oportunidades. Incluso la gente de Nazaret se dio cuenta de Jesús que hacía milagros, y de que hablaba con sabiduría, pero no lo valoraban, porque había vivido con él.

El Señor le dijo al profeta Ezequiel: Te hagan caso o no te hagan caso “sabrán que hubo un profeta en medio de ellos” (cfr. Primera lectura de la Misa: Ez 2,2-5).

Efectivamente de alguna forma nos damos cuenta de que algo pasa, pero sin fe resulta todo confuso, como les ocurrió a los de Nazaret, que se escandalizaban.

Hace falta tener los ojos puestos en el Señor (cfr. Salmo responsorial: 122) para valorar a las personas y a los sucesos de nuestra vida. Y esto se consigue en la oración mental. El verano es un buen momento para ejercitarse: mirar a Dios y sentirse mirado por él.

viernes, 25 de junio de 2021

PERDER PARA GANAR

 Hay quienes le achacan a Dios todo el mal que sucede, como si el Señor fuera el causante.

Es como echarle las culpas a un Padre de las travesuras que hace su hijo, cuando ya es mayor de edad.

Dios no hizo la muerte ni se goza destruyendo a los vivientes” (Primera lectura de la Misa: Sabiduría 1,13).

La cuestión es que en la actualidad Dios está puesto como en sospecha. Poca gente se fía de Él completamente.

Sin embargo los cristianos tenemos experiencia de lo bueno que es Dios, y que la peor ofensa es considerarle responsable de las desgracias que ocurren.

Es al revés: del mal que nosotros hacemos o que nos hacen, Él saca bienes. Nos libra de los peligros principales, aunque tenga que perder provisionalmente alguna batalla.

Señor sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa” (Salmo Responsorial: 29).

La táctica del Señor en esta tierra muchas veces es “perder para ganar”.

La libertad del hombre le hace perder alguna batalla pero todo resulta bien para los que le aman.

El Señor tiene mucho poder, tanto como Amor. Por eso dice la Iglesia:

nuestro Salvador Jesucristo destruyó la muerte y sacó a la luz la vida” (Aleluya de la Misa).

Es bueno que le pidamos todo. Las cosas espirituales y las cosas materiales. Como Jairo, que le dijo:
Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva” (Evangelio de la Misa: Mc 5, 21-43).

Pero Dios tiene la última palabra, no porque no quiera escucharnos sino porque sabe lo que sucede si nos toca la lotería.

Por eso hay que fiarse del Amor que Dios nos tiene.

viernes, 18 de junio de 2021

SENTIDO DEL SACRIFICIO


Los sentimientos del hombre son tan fluctuantes, como las mareas del mar. No podemos extrañarnos que haya en nuestra vida momentos de alta mar y otros de baja mar, tormentas y bonanza.

Ante las situaciones difíciles se puede reaccionar de distintas maneras: dramatizar, tomándose las cosas a la tremenda; o por el contrario, fiarse de Dios, que saca bien del mal.

SUFRIR CON CABEZA

Si te paras a pensarlo un poco. ¿Qué sentido tiene el tatuaje, perder kilos o echar horas a quemarse bajo el sol? Ninguno. Pero como dice un refrán: para presumir hay que sufrir.

Ir de compras y comprar barato debe ser una cosa muy costosa.

Hay personas que se sacrifican por vanidad:
-Me han mirado.
-¿Y qué? No se van a casar todos contigo, ni te van a echar monedas.

En esta vida todos se sacrifican. Pues, vamos a hacerlo por cosas que merecen la pena. Vamos a sacrificarnos por amor a Dios y por amor a los demás.

LA TEMPESTAD

En la vida de nuestro Señor no faltaron las dificultades. El Evangelio de hoy nos cuenta que mientras cruzaba con sus discípulos a la otra orilla del lago, “se levantó un huracán, y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua” (Mc 4, 35-40: Evangelio de la Misa).

Así fue la vida de nuestro Señor: en algunos momentos parecía que todo se hundía.

Esto me traía a la memoria lo que me contó un marino amigo. En una de las veces que dio la vuelta al mundo en el Juan Sebastián El Cano:

-Las olas, decía, eran de 14 metros. Fue la vez que peor lo he pasado y que más he rezado. Nadie podía dormir ni comer. Caminábamos por las paredes del barco. Ha sido la peor pesadilla de mi vida. Pero, gracias a Dios, después de dos días que parecían que no terminarían nunca, vimos la luz del sol.

Así fue la vida de nuestro Señor, aunque más que una tempestad en el mar fue que el Señor murió en la Cruz, pero resucitó (cfr. Segunda Lectura de la Misa: 2 Cor 5, 14-17). 

Los apóstoles estaban muy desconcertados, no entendían nada: “¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!” (Mc 4, 35-40: Evangelio de la Misa)

EL SEÑOR BENDICE CON LA CRUZ

Lo mismo le pasó a Job, que es figura de Cristo. Le pasó de todo. No sólo perdió a sus 7 hijos y a sus 3 hijas. También se quedó sin los 500 bueyes, las 7000 ovejas y los 3000 camellos que tenía. Se quedó sin nada.

Y cuando creyó que ya no podía sufrir más, vio con dolor que sus amigos le echaban en cara que no era una buena persona:

-si te pasa esto, le dicen, es porque Dios no está contigo.

El pobre Job estaba muy acosado, estaba como en una tormenta. Así se lo explica Dios. Le dice: -lo que te sucede no es culpa tuya, no te preocupes. Lo que pasa es que estás metido en una tormenta. (cfr. Primera Lectura: Job 38, 1. 8-11).

En la vida hay momentos de bonanzas y de tempestades. Hay que estar preparados. El que sale a la mar ya sabe lo que hay, sabe perfectamente lo que se puede encontrar.

Debemos prepararnos y construir nuestra casa sobre roca, sobre Cristo. Así, los sentimientos no son los que arrastran. Es la voluntad, la decisión, la que debe mantenerse firme y tirar de los sentimientos.

LA SOLUCIÓN ES EL AMOR

Pero no se trata de crecer en capacidad de sufrimiento, sino de crecer en capacidad de Amor. La persona que está enamorada de Cristo no tiene miedo al sufrimiento. A las madres no les importa soportar todo tipo de dificultades por amor a sus hijos.

El Señor es siempre la solución de nuestra vida. Así lo asegura el salmo: “gritaron al Señor en su angustia, y los arrancó de la tribulación. Apaciguó la tormenta en suave brisa, y enmudecieron las olas del mar.” (Sal 106, responsorial).

Una persona piadosa sale de todo, aunque sea poco fuerte, aunque se vea muy débil. Si es piadosa sale siempre adelante. Los que no se rompen es porque su amor a Dios es mayor que lo que tenían que padecer.

Jesús quiso que su Madre estuviera junto a Él en la cruz. Ella ante tanto sufrimiento, se fio de Dios.

viernes, 4 de junio de 2021

EL CUERPO Y LA SANGRE DEL SEÑOR


La fiesta del Corpus Christi la quiso Dios directamente para hacernos valorar la Eucaristía.


El libro del Éxodo nos habla de que Dios hizo un sacrificio de holocausto y tomó la sangre, diciendo: «Esta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros» (Primera lectura: Ex 24, 3-8).

Esta sangre es símbolo de otra que celebramos en la fiesta del Cuerpo y de la Sangre de Jesucristo, que se nos ha dado como alimento. El Señor dijo en la Última Cena «Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos» (Evangelio: Mc 14, 12-16.22-26). Anteriormente había dicho que debíamos beber su sangre para alimentarnos de Él. En el misterio de la Sangre y Cuerpo de Cristo está Jesús.

EL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO

Dice la Escritura que el hombre no sólo vive del pan natural, sino de otro tipo que es el pan sobrenatural.

A este alimento del Cielo es al que llamamos Corpus Christi: el Cuerpo de nuestro Señor que se nos da como «verdadera comida» y su sangre que se nos da como verdadera bebida (cfr. Jn 6, 55).

Dice San Pablo que el que come su carne y bebe su sangre vivirá una vida distinta y eterna: la vida de Cristo: «El que come de este pan, vivirá para siempre» (Aleluya). «El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él –dice el Señor» (Antífona de Comunión)

EL PAN DEL CAMINO

Este alimento nos lo deja el Señor para tener fuerza y superar las dificultades: los desánimos, el cansancio. En definitiva, nos lo da para llevar una mejor calidad de vida sobrenatural.

Nos deja un pan de esta vida que nos lleva a la otra. No sólo eso, sino que quería estar con nosotros hasta el fin de los tiempos.

BEBER SU SANGRE

Dios quería ser nuestro. Y para eso, se hace alimento, algo que se come y bebe y que llega a formar parte íntima de cada uno; se hace uno con nosotros.

Jesús quiso que el verbo comer apareciera en el Evangelio. Y lo hizo porque explica muy bien la unión que quiere tener con nosotros. No hay mayor unión que ésta.

Si lo pensamos, es impresionante. No hay varios Jesucristos, sino solamente uno: el que está en el Cielo es el mismo cuya carne comemos y cuya sangre bebemos. Sabiendo que siempre nos aprovecha, aunque a veces nos distraigamos.

Este Cuerpo y esta Sangre se formaron en la Virgen María. De alguna manera misteriosa Ella también está presente en la Eucaristía.

FORO DE HOMILÍAS

Homilías breves predicables organizadas por tiempo litúrgico, temas, etc.... Muchas se encuentran ampliadas en el Foro de Meditaciones