lunes, 13 de febrero de 2012

EL COJO DE ALMA

Isaías habla de que el Señor hará prodigios: «Mirad que se realiza algo nuevo». La novedad fundamental es que borrará nuestros pecados (cf. 43, 18ss).

«Sáname, Señor, porque he pecado contra ti», dice el Salmo (40: responsorial).

Milagros en el cuerpo
Jesús durante toda su vida hizo prodigios, pero lo que más extrañaba no era las curaciones, sino que perdonara pecados (cf. Mc 2, 1-12).

En el Evangelio (de la Misa cf. Mc 2, 1-12) se nos habla de cómo un paralítico empieza a andar: incluso se lleva su propia camilla.

Y lo curioso es que el Señor no hace el milagro por la fe del enfermo, sino por la de los amigos que le llevaron.

Pero Jesús también cura a leprosos, resucita a muertos, y da de comer a miles de personas con unos poco alimentos.

También en nuestro tiempo el Señor sigue haciendo milagros. Uno de los que más impresionante es el del cojo de Calanda. Está bastante bien documentado este milagro que ocurrió en España: hay libros que tratan sobre él.

Se ha dicho que todos los incrédulos habían pedido siempre, como un desafío a los creyentes, el milagro de ver cómo una pierna o un brazo eran reimplantados.

Cuando Zola estuvo en Lourdes dijo con ironía: «Veo muchas muletas y ninguna pata de palo. Hacedme ver una pata de palo y entonces creeré en los milagros».

Sin embargo eso ya había sucedido, por intercesión de la Virgen, en Calanda. En ese lugar pobre y remoto, entre las 10,10 y las 10,30 de la noche del 29 de marzo de 1640, al campesino Miguel Juan Pellicer, de veintitrés años, le fue «reimplantada» la pierna derecha, repentina y definitivamente.

Un carro se la había destrozado, luego se le gangrenó y en el hospital público de Zaragoza se la amputaron, por debajo de la rodilla, a finales de octubre de 1637. Cirujano y enfermeros cauterizaron posteriormente el muñón con un hierro al rojo vivo.

Todo esto nos sirve para ver cómo el Señor interviene de forma extraordinaria, cuando Él lo ve oportuno. Pero también es bueno pensar que ordinariamente manifiesta su poder de forma silenciosa.

En la vida corriente, los milagros ordinarios de Dios se multiplican: hay que saber descubrirlos para darle gracias al Señor.

Pero lo verdaderamente importante es que nos perdona los pecados, aunque nosotros pensemos que lo prodigioso es la curación del cuerpo.

La parálisis del alma
Jesús dice a los que no creían en Él: –«¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico “tus pecados quedan perdonados” o decirle “levántate coge la camilla y echa andar”?».

Está claro que si el Señor hace milagros es para que veamos que tiene también el poder de perdonar los pecados.

Pero  a Jesús lo que primero le interesa es curar nuestra alma.

viernes, 10 de febrero de 2012

MOLOKAI


Nos cuenta el Evangelio (del Domingo: cf. Mc 1,40-45) que se le acercó un hombre que tenía una enfermedad bastante desagradable. Además era contagiosa.Y el Señor lo curó.

Imitar a Cristo
Lo nuestro es hacer como hizo San Pablo: imitar a Cristo (cf. 1 Co 10,31-11,1).

Por eso los cristianos de todos los tiempos se han preocupado de atender a los necesitados.

También en nuestro tiempo hay personas como la Madre Teresa de Calcuta, que dedican su vida a atender a los más pobres dentro de los pobres. Preocupándose por todo lo que necesitan: aliviando las enfermedades del cuerpo y del alma.


El padre Damián fue un religioso de la Congregación de los Sagrados Corazones que llegó a la isla de Molokai para servir a los leprosos que allí habían sido desterrados. Y falleció de lepra.

Este sacerdote por aliviar a unos enfermos, y que conocieran el amor que Dios les tiene, no dudó en ponerse en peligro de contraer esta enfermedad.

A nuestro alrededor hay personas que tienen dolencias en el cuerpo y en el alma.

Curar enfermedades del alma
Quizá las del alma son las más peligrosas: por curar las dolencias del alma el padre Damián no vaciló en ir a Molokai.

Y todas las enfermedades que causan la lepra del alma pueden ser curadas, porque el Señor quiere hacerlo: es Médico divino. La condición es que vayamos al sacerdote.

Hay gente que dice que ellos se confiesan con Dios directamente, sin necesidad de ningún intermediario.

Y dice el salmo (31: responsorial): «Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado».

Nos preguntamos cómo hacer para que el Señor nos perdone: cómo confesarnos con Dios directamente, que sea Dios quien nos absuelva de los pecados.

Pues que más directamente, que como el Señor quiere. Y el Señor quiere que vayamos al sacerdote. Así es como nos absuelve Él directamente.

El sacerdote que nos dice: «Yo te absuelvo», pero nadie piensa que es el cura quien nos perdona…

Lo mismo que en la Eucaristía cuando dice el celebrante: «Esto es mi cuerpo», nadie piensa que es el cuerpo de don Manuel, sino del mismo Jesús.

La peor enfermedad
En el Sacramento de la Penitencia el Señor nos cura: basta que manifestemos los síntomas. Por eso la peor enfermedad es la hipocresía: el orgullo que lleva a disimular los propios pecados.

lunes, 30 de enero de 2012

ESTOY DE MÉDICOS. La fatiga, el cansancio, los agobios y la enfermedad son compañeros inseparables de nuestro viaje por esta vida.


El médico
En nuestra sociedad la figura del médico ocupa un papel relevante en la vida cotidiana.

En el libro de Job se nos habla de los días del hombre sobre la tierra, que están llenos de incertidumbres y malos ratos (cf. 7, 1-4. 6-7): noches en las que se cansa uno de dar vueltas en la cama hasta que llega la hora de levantarse. 


Alguien que sane el corazón partido
Todos vamos buscando que nos quieran, que nos curen nuestro corazón tantas veces desgarrado. Y a veces es complicado que alguien nos comprenda y sane nuestras heridas interiores. Para curarse las heridas del corazón –que son las que más duelen– el hombre ha recurrido a todo: estimulantes, morfina, viajes, e incluso comprar el afecto de otras personas. Pero el sexo en cuanto droga, promete mucho pero da poco, porque es un sucedáneo del verdadero amor. Solo Alguien que fuese Dios podría sanar nuestros corazones desgarrados. 
Por eso le repetimos al Señor que cure nuestras heridas internas, que son las más dolorosas (cf. Sal 146). 


Un hombre bueno
Lo que caracteriza a un hombre bueno es que es capaz de compadecerse (padecer con). La compasión es sinónimo de humanidad. Por eso san Pablo, que era muy buena persona, fue capaz de rebajarse por los demás: siendo libre, hacerse esclavo, y con los débiles sufrir sus debilidades (cf. 1 Cor 9, 16-19. 22-23). 


Un hombre que es Dios
Pero no pudo hacer más porque aunque era santo no era Dios. 
Es Jesús el que nos cura. Carga con nuestras enfermedades (Mt 8, 17). No solo se compadece de nosotros sino que nos cura. Toda la vida de Jesús se la pasó curando enfermedades (cf. por ejemplo: Mc 1, 29-39). Así que el Señor es médico, que cura todas nuestras dolencias. Por eso en nuestra oración le hemos de ver así con su bata blanca, y sin prisa para atendernos.

domingo, 27 de noviembre de 2011

LA NOCHE EN VELA


La palabra adviento significa «venida». Durante este tiempo nos preparemos para la llegada del Señor.

Los cristianos de todos los tiempos han pedido: –Ven Señor, no tardes.

No sabemos cuándo vendrá Jesús y por eso tiene interés para nosotros seguir el consejo que él nos dio: «velad» ( Mc 13, 37).

Hay llegadas diarias del Señor, y esas son las que tenemos que vigilar que no se nos escapen.

Sobre todo llega en la Santa Misa: allí se hace presente con su cuerpo. Y se queda en el sagrario. Nos puede ayudar a prepararnos para la Comunión decirle: –¡Ven, Señor, Jesús, acompañado de tu madre!

Quizá hayamos tenido la experiencia (2) de lo que es caminar en la noche durante kilómetros, alargando la vista hacia una luz en la lejanía.

¡Qué difícil resulta apreciar en plena oscuridad las distancias!

Lo mismo puede haber un par de kilómetros hasta el lugar de nuestro destino, que unos pocos cientos de metros.

En esa situación se encontraban los profetas cuando miraban hacia adelante, en espera de la redención de su pueblo.

No podían decir, con una aproximación de cien años ni de quinientos, cuándo habría de venir el Mesías.

Sólo sabían que en algún momento la estirpe de David retoñaría de nuevo, que en alguna época se encontraría una llave que abriría las puertas de la cárcel;

que la luz que sólo se divisaba entonces como un punto débil en el horizonte se ensancharía al fin, hasta ser un día perfecto.

El pueblo de Dios debía estar a la espera.

Esta misma actitud de expectación desea la Iglesia que tengamos sus hijos en todos los momentos de nuestra vida.

Considera como una parte esencial de su misión hacer que sigamos mirando al futuro.

Cuando el Mesías llegó, pocos le esperaban realmente. Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron (3).

Muchos de aquellos hombres se habían dormido para lo más esencial de sus vidas y de la vida del mundo.

Estad vigilantes, nos dice el Señor en el Evangelio de la Misa. Despertad, nos repetirá San Pablo (4).

La Iglesia nos alerta con cuatro semanas de antelación para que nos preparemos a celebrar de nuevo la Navidad

«Ven, Señor, y no tardes».

Preparemos el camino para el Señor que llegará pronto.

Cercana ya la Navidad de 1980, el Papa Juan Pablo II estuvo con más de dos mil niños en una parroquia romana.

Y comenzó la catequesis:

–¿Cómo os preparáis para la Navidad?

Con la oración, responden los chicos gritando. Bien, con la oración, les dice el Papa, pero también con la Confesión.

Tenéis que confesaros para acudir después a la Comunión.

¿Lo haréis?

Y los millares de chicos, más fuerte todavía, responden: ¡Lo haremos!

Sí, debéis hacerlo, les dice Juan Pablo II.

Y en voz más baja: El Papa también se confesará para recibir dignamente al Niño Dios.



(ADVIENTO-I DOMINGO CICLO B)

(1) Colecta de la Misa del día. - (2) Cfr. R. A. KNOX, Sermón sobre el Adviento, 21-XII-1947. - (3) Jn 1, 11. - (4) Cfr. Rom 13, 11. -

lunes, 7 de noviembre de 2011

UNA MUJER BUENA ES FÁCIL DE ENCONTRAR


El libro de los Proverbios alaba a una mujer que trabaja con profesionalidad: que actúa con previsión (Primera lectura: 31,10-13.19-20.30-31)

Una mujer buena es fácil de encontrar. Está en nuestra casa: la madre de cada uno de nosotros. Sabemos que nuestra vida corriente tiene mucha transcendencia: no da igual hacer una cosa o no hacerla. No da igual una chapuza que una obra bien acabada.

El Señor en el Evangelio habla de la fidelidad en lo poco, en lo cotidiano, en lo que podemos hacer, no en lo imaginario (cfr. Mt 25,14-30)

Si somos buenos en la vida diaria el Señor nos promete el cielo. Por eso no hay esperar cosas extraordinarias, que nos apartarían de lo verdaderamente importante.

Algunos cristianos de Tesalónica pensando que el Señor iba a volver pronto descuidaban el día a día. Y San Pablo les dice que la llegada del Señor no se sabe cuando será (1Ts 5,14-30: Segunda lectura de la Misa).

Lo que sí se sabe es que hay que darle valor al presente. Porque «el ahora» es lo que nos une a la eternidad.

La Virgen no hizo milagros pero, fue fiel al echarle sal al arroz y darle de comer a las gallinas.

Ella en la vida corriente estaba unida a Dios. Su único miedo era que algo le separa del Señor: este es el verdadero temor de Dios, que dice el salmo (127: Responsorial). María no cayó en el error de separar a Dios de la vida diaria.

Cuando estudiaba en la universidad, un profesor preguntó a las chicas que estaban en clase, sobre el significado del titulo de una revista, «Ama», que por entonces leían muchas españolas:

–«Ama», ¿viene de amar o de ama de casa?

No supimos responderle... Y da igual.

Por eso la Virgen cuando estaba en los detalles era el «ama». Y no es de extrañar que cuando el Señor inspiró el libro de los Proverbios, donde se habla de la mujer 10 pensaba en su Madre.

FORO DE HOMILÍAS

Homilías breves predicables organizadas por tiempo litúrgico, temas, etc.... Muchas se encuentran ampliadas en el Foro de Meditaciones