sábado, 11 de abril de 2026

DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA



San Juan Pablo II inauguró el domingo de la Divina Misericordia, y murió la Víspera de ese domingo. El papa quiso canonizar a una santa polaca que recibió del Señor esa misión: –Habla de que soy misericordioso.


Hablando de este tema escribió el Papa Juan Pablo una encíclica que se titula «Rico en misericordia», porque Dios no es que sea misericordioso es que está lleno, «forrado» de misericordia.


Se ha considerado al santo como a la persona que ha alcanzado la perfección. Indudablemente los santos alcanzaron un tipo de perfección, pero no toda la perfección. 


El Salvador nos dice que busquemos la perfección del Padre. Ser perfecto como vuestro Padre celestial. La virtud más característica de Dios con respecto al hombre, es comprender al hombre. 


Tanto comprende Dios al hombre, que se hace como el mismo hombre, más aún, se hizo hombre. 


Pero no solamente llegó Dios a la humillación de hacerse material, sino incluso ha cargado con los pecados de los hombres, la basura del hombre, lo que más se opone a Dios que es Santidad. 


El Señor tiene un corazón misericordioso capaz de llevar las miserias de los hombres. Y el hombre si quiere parecerse a Dios, ser como Dios, tendrá que llevar las miserias de los otros hombres, comprenderlas y también intentar sanarlas. 


El cristiano no es el que vive una serie de virtudes, y alcanza con ello el grado de perfección y de felicidad. El cristiano es el que sigue a Cristo, se identifica tanto con Él, tiene una amistad tan grande, que llega a vivir su misma vida. 


La felicidad y la perfección vendrán después como consecuencia de lo primero, la identificación con Cristo, con su voluntad. 



Dios quiere misericordia

Como es sabido el Evangelio de San Mateo está dirigido a los judíos principalmente. Tiene especial relieve en este sentido las palabras que nuestro Señor dedica a los escribas y fariseos hablándoles sobre la Ley. 


En ese Evangelio aparece repetido un versículo del profeta Oseas, cosa curiosa pues en un texto tan corto llama la atención esa insistencia, poco frecuente. 


El versículo del Profeta en cuestión es el número 6 del capítulo 6, y dice así:  Misericordia quiero y no sacrificio (en Mt 9, 13 y en Mt 12, 7).


Dios prefiere la misericordia de los judíos más que los sacrificios. Jesús actúa con misericordia con respecto a los pecadores, porque eso es lo agradable a Dios. 


Y también Jesús como Dios, dice que el quiere lo mismo que su Padre: misericordia quiero y no sacrificios porque yo no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores. 


Lo más propio de Él es la misericordia: un Dios que es tierno hasta abajarse y tomar la miseria de sus criaturas más débiles. Jesús decía que nuestro Padre Dios hace salir el sol sale para todos (cfr. Mt 5, 45). 


Así debe ser el cristiano que aspira a la santidad: una persona con defectos, pero que sabe querer a todos, con las miserias que ellos tengan. 


A nosotros, muchas veces nos cuesta actuar así, pero no a Dios, que es más humano que nosotros. El nos ayudará, si se lo pedimos, a través del corazón misericordioso de su Madre.

martes, 4 de noviembre de 2025

LA ESPERANZA I



La esperanza de los cristianos

Los paganos de la antigüedad adoraban a unos dioses arbitrarios e injustos, que no prometían la felicidad en esta vida, y menos en la otra. 

San Pablo recuerda a los de Éfeso, cómo antes de su encuentro con Jesús no tenían «ni esperanza ni Dios» (Ef 2,12). 

El Apóstol sabía perfectamente, que ellos antes de convertirse habían profesado una religión, pero sus dioses eran poco fiables y sus mitos contradictorios. Por eso, a pesar de haber tenido unos dioses, estaban «sin Dios», y en aquel momento se encontraban con un presente angustioso y un futuro sin esperanza. 

Hay un epitafio de esa época que muestra visión del mundo que tenían esa pobre gente, dice así: «iQué pronto volvemos a la nada, los que venimos de la nada!». «In nihil ab nihilo quam cito recidimus» (cf. Corpus Inscriptionum Latinarum, vol. VI, n. 26003).

La vida sería considerada como un corto paréntesis entre la nada y la nada. Este era uno de los grandes efectos de esa visión de la vida, su incapacidad de generar esperanza. 

En el mismo sentido, san Pablo les dice a los Tesalonicenses: «No os aflijáis como los hombres sin esperanza» (1 Ts 4,13). 

Con el paso del tiempo la religión del Estado romano acabó convirtiéndose en una «religión política», que consistía  en la practica de unas ceremonias, que se cumplían escrupulosamente. Y es que el racionalismo de esa época había relegado a los dioses al ámbito de lo irreal o mitológico. Lo divino se veían en las fuerzas de la naturaleza, pero no existía un Dios al que se pudiera rezar. 

San Pablo expresa esta situación cuando contrapone la vida «según Cristo», a una vida bajo el imperio de los «elementos» de la naturaleza (cf. Col 2,8). 

Como diciendo que no son los elementos de la naturaleza los gobiernan el mundo, la última instancia no son las leyes de la materia y de la evolución, sino la inteligencia, la voluntad, el amor: una Persona. 

Entonces nuestra vida no es el simple producto de las leyes y de la casualidad, sino que en todo hay una voluntad personal, hay un Espíritu que se ha revelado como Amor.


La esperanza de los cristianos

La fe en Jesús supuso una explosión de alegría en ese mundo cansado de la antigüedad. No era una creencia triste, sino que prometía la certeza de la salvación, de la liberación de ese mundo injusto (cf. Rm 8,24). 

La fe cristiana está tan imbuida de esperanza que, en muchos pasajes de la Sagrada Escritura, estas dos virtudes se identifican. Fe y felicidad también están unidas.

Así la esperanza fue un elemento distintivo de la fe de los cristianos: creían que su vida no acabaría en el vacío. 

Podemos decir también, que el Evangelio no era solamente una «buena noticia», una comunicación de contenidos, sino un mensaje que cambiaba la vida diaria. Jesús hizo que sus seguidores viviéramos una vida nueva, al mostrarnos ese camino esperanzador. 

Para los primeros cristianos el Evangelio no traía un mensaje socio-revolucionario como el de Espartaco. Jesús no era un combatiente por una liberación política como Barrabás. Lo que Jesús había traído, era algo totalmente distinto: el encuentro con el Dios vivo. 

Esta novedad del Evangelio aparece claramente en una carta personal, que san Pablo escribe en la cárcel, y la envía con Onésimo, un esclavo, que había huido. 

San Pablo devuelve el siervo a su dueño, a Filemón, escribiéndole: «Te recomiendo a Onésimo, mi hijo, a quien he engendrado en la prisión [...]. Te lo envío como algo de mis entrañas [...]. Quizá se apartó de ti para que le recobres ahora para siempre; y no como esclavo, sino mucho mejor: como hermano querido» (Flm 10-16). 

Aquellos hombres que socialmente se relacionaban entre sí como dueños y siervos, sin embargo, por ser miembros de la Iglesia, se habían convertidos en hermanos, y así se llamaban mutuamente los que seguían a Jesús. Pues habían vuelto a nacer, mediante el Bautismo. Y gracias a la fe vivían como hermanos, aunque por el momento las estructuras externas de la sociedad permanecieran iguales. Pero ellos fueron cambiándolas desde dentro. 

Los cristianos reconocen que la sociedad actual no es su ideal: son peregrinos en esta tierra y añoran su patria definitiva (cf. Hb 11,13-16; Flp 3,20), 

Pero la Carta a los Hebreos no habla solamente de una esperanza futura. Es cierto que los cristianos pertenecen a una sociedad nueva, en la que están en camino, pero ellos mismo la anticipan aquí en la tierra con su actuación.

Los sarcófagos de los primeros tiempos del cristianismo muestran visiblemente la visión de un mundo, conducido por un Dios personal. En esos enterramientos aparece la figura de Jesús mediante dos imágenes: la del filósofo y la del pastor. Jesús era el Logos de los filósofos o el Pastor de la Biblia.

El filósofo, en aquella época, era el que enseñaba la sabiduría: el arte de ser hombre. En los sarcófagos cristianos nos encontramos a Jesús, llevando el Evangelio en una mano y en la otra el bastón de caminante propio del filósofo. 

El Evangelio llevaba a todos los ambientes la verdad que los filósofos deambulantes habían enseñado en falso. Y como muestra esta imagen, por la predicación de los cristianos, tanto las personas cultas como las sencillas se encontraban a Jesús. Verdaderamente era él, quien nos enseña quién es en realidad el hombre. Él indica también el camino más allá de la muerte, y por eso lo ponen en los sarcófagos.  

Lo mismo puede verse en la imagen del pastor. Como dice el salmo: «El Señor es mi pastor, nada me falta... Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo... » (Sal 23 [22],1-4). 

El verdadero pastor es Aquel que es capaz de llevar a sus ovejas a través de los barrancos tenebrosos, el que conoce el como pasar por el valle de la muerte; Él mismo ha recorrido este camino, ha bajado al reino de la muerte, la ha vencido, y ha vuelto para acompañarnos en ese trance. Y por eso «nada temo» (cf. Sal 23 [22],4). Esta es la nueva «esperanza» que nació con el cristianismo.


La sustancia de la esperanza 

En la Carta a los Hebreos (v. 11, 1) se encuentra una definición de la fe unida con la esperanza. Dice así: «La fe es la substancia de lo que se espera y la prueba de lo que no se ve».

Los teólogos han entendido que la fe que Dios nos infunde es una disposición de nuestro espíritu, por la que nuestra inteligencia se siente inclinada a aceptar realidades sobrenaturales. Así, por la fe, estaría ya presente en nosotros la vida verdadera, aunque de manera incipiente, «en germen». Y precisamente porque esa realidad ya está presente la fe no da ya algo de lo que esperamos, y eso que recibimos representa una «prueba» de lo que aún no se ve. Por eso, la fe atrae el futuro dentro del presente.

En la Carta a los Hebreos (34,10) se habla a los cristianos que han padecido persecución, diciéndoles: «aceptasteis con alegría que os confiscaran los bienes, sabiendo que poseías  otra substancia».

Las propiedades, el sustento, la «sustancia», con la que se cuenta para la vida, es lo que se le quitó a los cristianos durante la persecución. Y lo soportaron porque habían encontrado una «sustancia» mejor, que nadie les puede arrebatar.

Se crea una libertad ante esta sustancia material, aunque los cristianos no negaran su importancia. Esta nueva libertad se puso de manifiesto a la hora del martirio, pero sobre todo en las grandes renuncias de algunos cristianos de todos los tiempos, que han dejado todo por amor a Jesúsº.

En estos casos se con-«prueba» que la «sustancia espiritual» a los que aquellos se acogen está ya presente en ellos y transforma la realidades de que las realidades presentes, gracias a su vida de entrega.  

La esperanza era ya una característica de los fieles en Israel, tantos siglos aguardando el cumplimiento de las promesas de Dios. Y luego, con la llegada de Jesús, la esperanza se transforma, porque él nos comunica la «sustancia» de las realidades futuras y así adquirimos una nueva certeza, que producirá en los cristianos una fortaleza y valentía nuevas, incluso ante la muerte. 

Pero la esperanza también sostenía su vida. Porque el anuncio del reino de Dios no solo era un mensaje «informativo», como el nombre de «evangelio» significaba, era un anuncio con fuerza para realizar un cambio y así lo expresaba esa palabra tomada de la legislación romana.


La fe es la sustancia de la esperanza por la que aspiramos a poseer la vida eterna. Pero ¿de verdad queremos vivir eternamente? Seguir viviendo para siempre –sin fin– parece más una condena que un don. Ciertamente, se querría aplazar la muerte lo más posible. Pero vivir siempre, sin un término, sería al final insoportable. Esto es lo que dice precisamente, por ejemplo, san Ambrosio en el sermón fúnebre por su hermano : 

La vida del hombre, condenada por culpa del pecado a “un sufrimiento intolerable, comenzó a ser digna de lástima: era necesario dar un fin a estos males[...] La inmortalidad, en efecto, es más una carga que un bien, si no entra en juego la gracia». 

Obviamente, hay una contradicción: Por un lado, no queremos morir. Por otro lado, sin embargo, tampoco deseamos seguir existiendo ilimitadamente. 

No sabemos lo que queremos realmente; no conocemos esta «verdadera vida» y, sin embargo, sabemos que debe existir un algo que no conocemos y hacia el cual nos sentimos impulsados.

sábado, 19 de julio de 2025

AMIGAS DE JESÚS




Jesús tiene amigos íntimos, también parientes, y conocidos. Nos cuenta el Evangelio que cuando Jesús iba a Jerusalén iba a Casa de un amigo suyo, Lázaro, que vivía en Betania, con sus dos hermanas, Marta y María, 


No es infrecuente que los hermanos se parezcan y al mismo tiempo sean muy distintos. Cada uno es cada uno. Marta es activa, diligente, hacendosa, está en todo, una buena ama de casa. Con ella se puede encontrar una casa que es un hogar donde todo está en su sitio. María es más apasionada, todo corazón, sensible, en su vida no caben medias tintas sino entrega sin condiciones, sabe querer.


Según nos cuenta el Evangelio María en una ocasión estaba sentada a los pies del Señor escuchándole embobada, mientras que Marta estaba atareada en un montón de cosas de la casa. 


Es fácil comprender a Marta. Es una mujer responsable. Está en los detalles, se ocupa en algo muy necesario que alguien tiene que hacer: dar de comer y beber a mucha gente, procurar que descansen. Se la vería subir y bajar, mandar y ordenar. Y en medio de esa actividad una inquietud le empieza a pasar por la cabeza. Primero sería una mirada a su hermana pequeña: Yo aquí haciéndolo todo y ésta tan tranquila.

Poco a poco iría juzgando a su hermana María con severidad. Hasta que llegó un momento que no comprendía nada. Claramente tenía razones, pero le faltaba darse cuenta que la inactividad de María era sólo aparente. No se dio cuenta que su trabajo de servicio permitía a los otros gozar de las palabras del Señor. Hasta que llega un momento en que no puede más, se planta delante de Jesús, le interrumpe, y se queja.


La sencillez de la queja de Marta es comprensible aunque revela falta de caridad. Con toda espontaneidad le dice al Señor: ¿nada te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo de la casa? Dile que me ayude.


La gente diría:  ¡Uh!... hija mía, como está ésta. Vaya genio que tiene.


Su queja va en contra de María, pero también afecta al mismo Jesús, por no darse cuenta de que ella era una mártir, y su hermana una comodona. Era la explosión de algo que había ido incubándose y que estalla de repente. Está realmente enfadada.


Gracias a la sencillez de Marta, y su queja explosiva, tenemos una de las enseñanzas más bonitas de Nuestro Señor. Jesús empieza a hablarle con cariño, repitiéndole el nombre, como si le dijese: —Mujer calma, claro que te comprendo, pero te has puesto nerviosa. 


No la riñe sino que la hace reflexionar: —tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas.

La diferencia entre ocuparse y preocuparse es enorme. Ocuparse es trabajar bien, sin pensar en uno. Preocuparse es dejar que se altere la imaginación, y se jalee al orgullo.


Sigue diciéndole el Señor: —En verdad una sola cosas es necesaria. 


Cosas importantes hay muchas en la vida, y Marta estaba haciendo una de ellas: procurar servir alimento y descanso. Pero conviene tener bien puesto el orden de los valores. Lo necesario siempre será lo más importante. Y sólo amar a Dios sobre todas las cosas es lo verdaderamente necesario. Hacer su voluntad.


No sabemos que parábola le estaría contando Jesús a los invitados, cuando Marta interrumpió la tertulia. Pero sabemos por el Evangelio que el Señor siempre hablaba en parábolas, era su forma de predicar. 


sábado, 14 de junio de 2025

DIOS ES UNA FAMILIA


Hoy celebramos el misterio principal de nuestra fe, que no hubiéramos conocido si el Señor no nos lo hubiera dicho. Es la vida íntima de Dios la que viene a revelar Jesús.


Que Dios es Padre, que Dios es Hijo y que Dios es Espíritu Santo.


El Señor ha tenido paciencia hasta que ha podido decírnoslo. Si lo hubiera dicho antes, seguramente se hubiera pensado que hay tres dioses.


Al principio, Yavhé quería remarcar a su pueblo que era un solo Dios, que no había varios dioses. 


Nos cuenta el libro del Éxodo (34, 4b–6. 8–9) como Moisés cuando sube al monte Sinaí y le pide a Dios que esté siempre al lado de su pueblo, porque Israel es de duro entendimiento, de «dura cerviz». 


Efectivamente, el pueblo elegido no hubiera entendido en ese momento toda la verdad a cerca de Dios.


Una vez que asimilaron que Yavhé era Uno, con Jesús revela que es un solo Dios pero que tiene tres Personas.


Esto es difícil de entender si uno no tiene fe. Lo dice el Señor en el Evangelio para que el mundo crea (cf. Jn 3, 16–18). 


Hay muchas personas que ven con facilidad que Dios sea Uno. Son los creyentes de las tres religiones monoteístas: junto con los cristianos están los hebreos y los musulmanes. Los tres procedemos de la fe de Abraham.


En la Alhambra hay un poema en el que se explica, con mucha claridad, la fe de los musulmanes. El poeta dice que allí, la oración se dirigía «a un Dios solo».


Efectivamente, los musulmanes creen que Dios es Uno. Tanto lo remarcan que piensan que está solo. Y sin embargo Dios es una familia. Vive en familia desde siempre. 


El misterio de la Santísima Trinidad no es un invento de la teología. Nuestro Dios es tan grande que no nos cabe en la cabeza.


Claramente,  San Pablo en una de sus cartas desea que recibamos «la gracia» que nos ganó Dios Hijo muriendo en la cruz, «el amor» de Dios Padre que nos regaló la vida, y la unión con el Espíritu Santo (cfr. 2 Cor 13, 11–13).


Ésta es la fe católica, se dice en una oración muy antigua de la Iglesia: que veneremos a un solo Dios en la Trinidad Santísima y a la Trinidad en la unidad. (Símbolo atanasiano, n. 3).


Siempre están juntos. Ahora en sagrario están los Tres. Podemos aprovechar para hacer ahora, en nuestra oración, un acto de fe: –Creo en Dios Padre, creo en Dios Hijo, creo en Dios Espíritu Santo.


También adorarle: Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo… (Ap 1, 8).


O podemos decirle: «A Ti la alabanza, a Ti la gloria, a Ti hemos de dar gracias por los siglos de los siglos, ¡Oh Trinidad Beatísima!» (Trisagio Angélico). 


Es la letra de la canción de los ángeles, del Trisagio Angélico. Conocemos la letra pero no la música que debe ser impresionante. Si pudiéramos escuchar las canciones de los ángeles nos daría un ataque de belleza, aunque la letra fuera siempre la misma: –«Santo, Santo, Santo. A Ti la alabanza, a Ti la gloria, a Ti hemos de dar gracias por los siglos de los siglos, ¡Oh Trinidad Beatísima!».


San Josemaría tenía un truco para tratar a la Trinidad. Le servía hacerlo a través de otra trinidad, la de la tierra, a través de Jesús, María y José.


A ellos acudimos para que nos enseñen a buscar a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo. 


FORO DE HOMILÍAS

Homilías breves predicables organizadas por tiempo litúrgico, temas, etc.... Muchas se encuentran ampliadas en el Foro de Meditaciones