viernes, 7 de agosto de 2020

TACONES LEJANOS

Hay personas que no aguantan que el Señor esté silencioso en el sagrario. Con lo que está cayendo querrían que su voz poderosa paralizase el mal. Parece que Dios en la actualidad no dice nada. No hace milagros como hacía en tiempos de los santos: ahora no habla. Pedro, que era el Apóstol de la fe –hemos leído en el Evangelio (cfr. Mt 14,22-23)– pidió al Señor poder andar sobre las olas en un mar revuelto. Y lo consiguió. Pero se hundió al ver que el viento venía en contra. Su poca fe interrumpió el milagro. Y el Señor le habló: –¿Por qué has dudado? En la actualidad para oír la voz de Dios necesitamos silencio. Pues Dios habla bajito. Su voz se hace sentir, como experimentó Elías, entre el murmullo de un vientecillo tenue (cfr. Primera lectura de la Misa: 1Re 19,9a.11-13ª). Cuentan que estaban en Torreciudad un grupo de chicas haciendo un rato de oración en la Capilla del Santísimo. Allí hay un crucifijo de gran tamaño, de bronce dorado, con una expresión de serenidad y viveza tan grande que parece que habla al que mira. Allí estaban estas chicas rezando en silencio, mientras se oía a lo lejos el ruido que producían unas señoras que visitaban el Santuario: con el típico sonido que hacen los tacones lejanos. Hasta que ese grupo de mayores decidió inspeccionar la Capilla del Santísimo, donde las chicas empezaban a ponerse nerviosas por el trasiego de las señoras. Iban entrando a la Capilla, mientras abrían la puerta y cuchicheaban. Y una de ellas, que parecía ser la más enterada, refiriéndose al crucifijo dijo a media voz, pero perceptible a todo el mundo, no sólo a la persona que le estaba enseñando: –Mira, ese es el Cristo que dicen que habla... Y en aquel momento, una de las chicas que había oído lo del «Cristo que dicen que habla», replicó con gracia: –Señora, habla si ustedes le dejan. Pues esto es lo que tenemos que hacer: dejar que el Señor pueda hablarnos. Para que no nos suceda como dice San Pablo, con pena, de «los de su raza».(cfr. Segunda lectura: Rm 9, 1-5). Aquellos elegidos que –en su gran mayoría– dejaron de oír a Dios, aunque pasaba muy cerca, pero sin tacones

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