domingo, 4 de mayo de 2008

EL OSCAR AL MEJOR HOMBRE

El Señor se encarnó para poder sufrir por nosotros. Porque Dios no podía sufrir, a menos que se hiciese hombre.

Hemos comprobado el amor que el Señor nos tiene: nada más hay que mirar sus manos y sus pies para emocionarse.

Por nuestro amor sufrió esas tremendas heridas, y muchas humillaciones.

Hoy celebramos el día de la Ascensión ( cfr Primera lectura de la Misa: Hch 1, 1-11). Ese día llegó Jesús a la Gloria y recibió todo el agradecimiento desbordante, que hasta entonces había estado conteniendo el cielo.

Empezando por Dios Padre, que se deshace en cariño y ternura, por la obediencia y la humildad de su Hijo hecho hombre.

Y los ángeles, que se maravillan, por servir a un Dios tan bueno. Y los santos que estaban allí con una emoción impresionante: sobrecogidos por un Amor tan fuerte.

Un Amor más grande que el dolor y la muerte. El Señor ha transformado esos dos productos del infierno. Dios, como hace siempre, del mal saca bien, y de un rio de maldad saca un océano de cariño.

¡Qué alegría más grande tener un Dios tan bueno! Dice el salmo que el Señor «asciende entre aclamaciones» Dan ganas de estar allí para aplaudir con fuerza (cfr Salmo responsorial: 46, 2). En agradecimiento por todo lo que ha hecho Jesús por cada uno.

Nosotros también somos hombres. Dentro de unos años llegará el momento de recibir el resultado del jurado, por nuestra actuación en este escenario de la Tierra.

Lo que más se valorará entonces será el cariño con que hayamos interpretado todo. Y si hemos sido capaces de trasformar el mal en bien. Esta es la verdadera ciencia del artista.

El Señor recibió el día de la Ascensión el óscar al mejor hombre que ha existido. Allí está desde entonces a la derecha de Dios Padre (cfr Segunda Lectura: Ef 1, 17-23)

Y nos ha dejado aquí para continuar con su misión. (cfr Evangelio de la Misa: Mt 28, 16-20). Consiste en llevar el secreto de la felicidad a todas las gentes del mundo.

Nuestra misión es que mucha gente gane su «estatuilla». Éste será nuestro mejor premio: el que ganen los demás.

Cuando entremos en el cielo –que es Hollwood– mucha gente elegante nos aplaudirá a rabiar, estatuilla en mano. Pues nosotros les ayudamos a ellos a ganarla.
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