domingo, 15 de mayo de 2016

A LA MUERTE DE MI MADRE

Acabamos de escuchar como el Evangelio explica la muerte con la que San Pedro iba a dar gloria a Dios (Jn 21,15-19). Y todos los que seguimos al Señor pasaremos por un trance similar: es lo previsto por nuestro Padre del cielo para darnos la vida eterna.

Porque nosotros creemos en la resurrección. Afirmamos, como se lee en el libro de los Hechos, que un difunto llamado Jesús está vivo (cfr. 25, 13-21). Y que resucitaremos como Él.

En la Ciudad del Vaticano se sigue celebrando en jueves la fiesta de la Ascensión. En ese día los primeros cristianos de alguna forma se quedaron huérfanos. Porque Jesús se marchó al cielo (cfr. Lc 24, 46-53).

Y María, la Virgen, guardaría con cariño la ropa de su Hijo, e incluso la casa de Nazaret todavía conservaría su olor. Pero ya no podría acariciar sus manos grandes de carpintero, ni se encontraría con su sonrisa, ni escuchar el tono inconfundible de su voz… Se fue.

Pero el día de la Ascensión no acabó siendo un día triste, sino de gloria. Porque Jesús iba a recibir el premio por todo lo que sufrió por nosotros, especialmente en la cruz.

Todos los cristianos de alguna forma tenemos que hacer "nuestra" la vida del Señor. Por eso puedo decir que aunque he visto sufrir mucho a mi Madre, no ha sido un sufrimiento inútil. La habitación 392 de la clínica ha sido su Gólgota. Allí su agonía se ha convertido en oración.

Y precisamente mi Madre murió la víspera de ese jueves que reluce más que el sol.

Efectivamente mis hermanas tendrán que recoger con cariño su ropa, sus libros, las pinturas que hacía...

Pero ya no son unos días tristes. Porque ella se ha ido para recibir el aplauso de los  Ángeles y de los santos.

Me contaba mi hermana pequeña que una persona le llamó para darle el pésame y como es lógico le preguntó:
–¿Qué tal estás?
–Estoy contenta porque mi Madre ya está en el Cielo.
A lo que la amiga le respondió: –No te entiendo, ya me lo explicaras.

Humanamente hay cosas que son difíciles de entender. También a mí me pasaba de niño, que lloraba al pensar en el día de la muerte de mi madre.

Recuerdo que todas las noches se empeñaba en que tomara un vaso de leche, "porque tiene mucho calcio".

Y además siempre me veía delgado, y quería que comiese unas cosas, porque tenían muchas vitaminas, y las lentejas porque tenían mucho hierro. Y es que las madres en todo ven vitaminas, hierro y calcio.

Más tarde, después del rito de tomar la leche. Venía a mi cama y me decía bajito: –Reza está oración antes de dormir: Sagrado Corazón de Jesús en vos confío. Dulce Corazón sé la salvación mía.  

Pues en estos últimos días hemos sido sus hijos, los que al oído, le susurrábamos esa oración. Y mientras se la repetíamos me venía a la cabeza que precisamente estábamos  en la clínica del "Sagrado Corazón" de Jesús, en el que ella tanto confiaba.

Y claro está, como supernumeraria quería mucho a san Josemaría. Por eso durante estos días me he acordado de lo que él contaba:

Pidió que en el momento de su muerte le cantaran una canción. Una que había triunfado en san Remo, y que hablaba de abrir las ventanas al sol, que era ya primavera.

Efectivamente estamos en primavera, la época del año en la que la naturaleza parece que resucita... Mayo es el mes de las flores. Pero para mí Madre era, sobre todo, el de la Virgen.(Hoy celebramos una de sus fiestas preferidas).

Nosotros, sus hijos y sus nietos, a parte de rezar mucho le hemos cantado las canciones que a ella le gustaban. Especialmente "Amapola", que era la que grabó en un disco conjuntamente con mi Padre. Siempre estuvieron muy unidos  los dos.

La verdad es que se querían mucho. Pero a parte de que les gustara la música, no se parecían en casi nada. Por ejemplo mi padre era superpuntual y a ella había que esperarla siempre.

Me contó mi madre que de recién casados, una vez que fueron al fútbol se encontraron en el estadio ellos dos solos y un señor en la grada de enfrente.

A él siempre le gustaba llegar antes a los sitios. Y cuando iba con nosotros, los dos niños mayores, a Misa  los domingos, dábamos paseos, por lo menos media hora antes de que empezara.

Al preparar la homilía me vino a la cabeza que efectivamente el también se marchó antes, a los 65 años, y a mí madre como siempre, tuvo que esperarla:  ha fallecido con 90.

Como le tenía mucha devoción a san Josemaría, se fue a su Beatificación. Y a la vuelta  de la ceremonia se dedicó a saludar a unas y otras, y se perdió en el aeropuerto de Roma. El avión estuvo dos horas parado en la pista.

Lo que fue sorprendente es la reacción de la gente cuando llegó. Como eran personas muy buenas, para que no se sintiera incomoda al llegar la última, lo que hicieron es estallar en un aplauso.

Así me imagino que ha ocurrido cuando llegó al cielo mi Madre: que todos empezarían a aplaudir.

Termino con unas palabras  de D. Álvaro a uno de la Obra que estaba en nuestra situación. Le decía:

"No conviertas nunca a tu madre en un recuerdo. Tu madre, que está junto a Dios, te va a acompañar el resto de tu vida. Por tanto, habla con ella, pídele cosas, ruégale que te cuide como ha hecho en la tierra..."

Si le preguntarais a mis hermanos, os podrían decir que, de los seis, al que más quería mi Madre, era a mí.

Pero no por el carácter, o porque congeniara más conmigo. Era por el hecho de ser sacerdote. Ya podéis imaginaros con el cariño con que me miraba. Porque no me veía a mí. Veía al Señor.

Por eso, ya por las noches no tengo pesadillas pensando que se va a morir mi madre algún día. Precisamente esta semana  me desperté con un sueño muy bonito.

Estaba escuchando a mi madre, muy joven, cantando una canción en italiano. Y entonces me desperté.

Una de mis hermanas llevó al hospital una banderola grande de la Virgen, que tenía mi madre en su habitación. Y esas fueron sus últimas miradas, las  dirigidas a nuestra Madre.

Porque no estaba de acuerdo en esto de que madre solo hay una. Ella le decía a una de mis sobrinas, que Madre tenemos dos: la de la tierra y la del Cielo, y ahora están juntas.

A la Virgen le pido que todos los que estamos ahora aquí, nos encontremos también un día con Ella.

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